La dimensión económica de la violencia contra las mujeres

Autor: Galina Andrioli, Constanza

Fecha: 14-ago-2018

Cita: MJ-DOC-13648-AR | MJD13648

Sumario:

I. Introducción. II. El rostro femenino de la pobreza en la cultura sexista. III. Datos de las Naciones Unidades sobre la pobreza y el género femenino. IV. Desigualdad económica y violencia contra las mujeres. V. La dimensión económica del autovalimiento femenino. VI. Conclusiones. VII. Bibliografía

Doctrina:

Por Constanza Galina Andrioli (*)

«En todos los campos del mundo laboral, las mujeres siguen siendo ciudadanas de segunda clase». – Betty Friedan

I. INTRODUCCIÓN

El objetivo del presente trabajo es analizar la relación entre la cultura sexista y la mayor pobreza de las mujeres, para explicar los factores económicos que favorecen la violencia de género. En primer lugar, se describe el concepto de feminización de la pobreza y su relación con la cultura patriarcal. Se revisan algunas estadísticas de las Naciones Unidas que reflejan el menor acceso de las mujeres a la riqueza y los mayores obstáculos que impiden su pleno desarrollo humano. Luego, se interroga la relación entre la desigualdad económica y la violencia de género, y se puntualizan algunas previsiones de la Ley 26.485 de Protección Integral contra la violencia contra las mujeres. Finalmente, se formulan algunas propuestas para promover la equidad de género, desde el punto de vista económico, con la finalidad de dotar a los sujetos femeninos de los recursos materiales y simbólicos necesarios, para ejercer sus derechos humanos, en igualdad de condiciones con los hombres.

II. EL ROSTRO FEMENINO DE LA POBREZA EN LA CULTURA SEXISTA

La expresión «feminización de la pobreza» se ha utilizado para señalar que el mayor predominio de las mujeres, entre los seres humanos pobres, es una de las consecuencias de una cultura sexista, que discrimina a la mujer y favorece el dominio masculino. La mayor cantidad de mujeres pobres y las dificultades que padecen ellas, para obtener los medios necesarios para su subsistencia, está vinculada con su condición de género y la organización asimétrica de las relaciones sociales. Es un concepto utilizado hacia fines de la década de 1970, en los Estados Unidos, para referirse, en términos estadísticos, al deterioro de las condiciones de vida de las mujeres y al aumento de los hogares encabezados por ellas.La desigualdad de las mujeres en el sistema patriarcal disminuye sus posibilidades para obtener recursos económicos, tanto en el mercado de trabajo, como en la seguridad social y en los mayores aportes que realizan de un modo intangible a la economía familiar (1).

La llamada «cultura patriarcal» es una manera de organizar las relaciones entre los géneros, dándoles mayor poder a los hombres, atribuyéndoles roles que favorecen el dominio sobre las mujeres, a partir de las diferencias sexuales, ocultando que esa asignación de atributos es una construcción cultural, atravesada históricamente por condicionamientos históricos, económicos, políticos, ideológicos, y jurídicos, y asignándole a esa división un carácter esencialista, biologicista y ahistórico. «Patriarcado» es un término que proviene de vocablos, que en latín y en griego, significan ‘gobierno de los padres’ o ‘mando del padre’, y que se refiere a una manera de organizar la cultura, que ha colocado a las mujeres en una posición de subordinación respecto de los hombres. Desde el punto de vista histórico, ha sido usado para nombrar un «tipo de organización social en el que la autoridad la ejerce el varón, jefe de familia, dueño del patrimonio del que formaban parte los hijos, la esposa, los esclavos y los bienes» (2).

Este modo de organizar la sociedad exterioriza e institucionaliza el dominio masculino sobre las mujeres y la desigual repartición de poder a favor de los hombres, lo cual contribuye a mantener a las primeras alejadas de las posibilidades de acceder equitativamente a los medios indispensables para construir sus vidas de manera independiente. Por ese motivo, se suelen encontrar frases que expresan que la pobreza tiene rostro de mujer, o que el rostro de la pobreza es femenino (3).

III. DATOS DE LAS NACIONES UNIDADES SOBRE LA POBREZA Y EL GÉNERO FEMENINO

Tomando las estadísticas de las Naciones Unidas (4), las mujeres tienen menor acceso a las instituciones financieras y mecanismos de ahorro formales.Mientras el 55 por ciento de los hombres informa tener una cuenta en una institución financiera formal, esa proporción es de solo el 47 por ciento en el caso de las mujeres en todo el mundo. Sigue siendo desigual la participación de las mujeres en el mercado de trabajo con respecto a la de los hombres. En 2013, la relación entre hombres con empleo y población se ubicó en un 72,2 por ciento, mientras que esa relación entre las mujeres fue del 47,1 por ciento. En todo el mundo, las mujeres ganan menos que los hombres, en promedio ganan solo entre el 60 y el 75 por ciento del salario de los hombres. Se incluyen como factores coadyuvantes trabajos precarizados, vulnerables y familiares no remunerados. Esta situación es la expresión de una cultura sexista que promueve la dependencia económica de las mujeres, causa y consecuencia de las restricciones en el acceso al desarrollo económico, que es requisito indispensable de la autonomía y las posibilidades de sostener material y subjetivamente la propia existencia.

La desigualdad femenina también se traduce en la responsabilidad desproporcionada con respecto al trabajo no remunerado y de los cuidados que prestan a otras personas, en especial en el ámbito familiar. De acuerdo con las cifras de las Naciones Unidas (5), las mujeres dedican entre 1 y 3 horas más que los hombres a las labores domésticas; entre 2 y 10 veces más de tiempo diario a la prestación de cuidados (a los hijos e hijas, personas mayores y enfermas), y entre 1 y 4 horas diarias menos a actividades remuneradas. Esto significa una reducción del tiempo de las mujeres para dedicarse a trabajar afuera del ámbito doméstico, capacitarse, ganar dinero, participar en política, cuidarse a sí mismas y disfrutar de sus horas de ocio.Pese a algunas mejoras logradas durante los últimos 50 años, todavía existen diferencias entre los géneros, que cercenan la posibilidad de las mujeres de acceder a mejores trabajos, ocupar posiciones de mando en las empresas e instituciones públicas y privadas, capacitarse, llegar a cargos públicos que les permitan formar parte de los gobiernos de los Estados y contribuir a conducir los destinos de comunidad. En algunos países, aun persisten normas que les exigen la autorización de sus maridos para trabajar.

Los países de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) aprobaron la estrategia de género del Plan de Seguridad Alimentaria, Nutrición y Erradicación del Hambre 2025, en noviembre de 2016 (6). Siguiendo a Margarita Fernández, directora del Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer, las políticas que se han implementado para reducir la pobreza, no han podido equilibrar la desigualdad de las mujeres, con lo cual, se ha agudizado el rostro femenino de la misma. Por ese motivo, se trabaja en la planificación de nuevos programas, con compromiso internacional, para lograr un cambio en las condiciones sociales de las mujeres.

IV. DESIGUALDAD ECONÓMICA Y VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES

La violencia de género es toda conducta, de acción u omisión, que en forma directa o indirecta, en el ámbito público o privado, vulnera alguno de los derechos humanos de las mujeres, a partir de una relación desigual de poder. Esta asimetría en la distribución del poder es favorecida y sostenida por una cultura sexista, que coloca a las mujeres en una posición de desigualdad respecto del género masculino.«Sexismo» es el conjunto de mensajes, íconos, representaciones sociales, expresiones de tipo oral, escrito, gráfico o audiovisual, que naturaliza las diferencias construidas social e históricamente entre los géneros, justificando situaciones de desventaja de las mujeres, fundadas en su condición biológica (7).

La discriminación de las mujeres, que se traduce en menores alternativas para su desarrollo económico, laboral, y profesional es favorecida por la asimetría en el reparto de poder entre los géneros, lo cual a su vez, contribuye a perpetuar la desigualdad y a fomentar relaciones violentas. El rasgo saliente de la violencia de género es la desigualdad de poder en las relaciones entre los seres humanos a partir de sus diferencias sexuales. El menor acceso de las mujeres a las posibilidades de sustentarse económicamente, fomenta la existencia de relaciones asimétricas y contribuye a la violencia y al dominio de un género sobre otro.

La Ley 26.485 de Protección Integral contra la violencia contra las Mujeres define a la violencia de género como aquella que sufren las mujeres por su condición de tales. Entre los tipos de violencia, enunciados de un modo no taxativo, incluye la violencia laboral y también, la económica y patrimonial.

Violencia laboral es la que discrimina a las mujeres en los ámbitos de trabajo y obstaculiza su acceso al empleo por su condición de género, o quebranta el derecho de igual remuneración por igual tarea o función. Violencia económica es la que menoscaba los recursos patrimoniales de la mujer, a través de la perturbación en la propiedad o goce de sus bienes o derechos patrimoniales, o la limitación o privación de los medios indispensables para vivir una vida digna, o mediante el control de sus ingresos.

La violencia económica consiste en una serie de mecanismos de control y vigilancia sobre la conducta de las mujeres respecto del uso del dinero, a lo que se suma la constante amenaza de no proveer de recursos económicos.En los casos en que las mujeres tengan hijos y estos vivan con ellas, las necesidades de los menores se consideran comprendidas dentro de los medios indispensables para que las mujeres tengan una vida digna, con lo cual, no pagar la cuota alimentaria es una manera de violencia de género.

Si se analizan los datos de las Naciones Unidas mencionados «ut supra», se puede concluir que las mujeres, por su condición de género, y como consecuencia de los patrones culturales, tiene dificultades para ejercer sus derechos laborales, económicos y patrimoniales. Las mujeres tienen mayores obstáculos que los varones, para obtener y disponer de los medios que neces itan para subsistir, que comprenden la posibilidad de conseguir un empleo bien remunerado, una vivienda digna, alimentación, salud, transporte y educación, tanto para ellas como para sus hijos. La falta de independencia económica obliga muchas veces a las mujeres a mantenerse en situaciones de abuso emocional, en especial, en el ámbito doméstico y laboral (8).

En este sentido, la Ley 26.485 establece una serie de medidas para proteger a la mujer víctima de violencia económica en el ámbito doméstico, que incluyen, entre otras: a. prohibir al agresor enajenar, disponer, destruir, ocultar, bienes comunes de la pareja que convive; b. ordenar la exclusión del agresor de la residencia común, independientemente de la titularidad de la misma; c. reintegrar a la mujer al domicilio si se tuvo que retirar, previa exclusión de la vivienda del agresor; d. acompañar a la mujer que sufre violencia, a través de la fuerza pública, a su domicilio, a retirar sus efectos personales, e. pedir la fijación de una cuota alimentaria para sus hijos; f.solicitar la reparación de los daños y perjuicios que ha sufrido como consecuencia de la violencia.

Esta normativa incluye también otras medidas cautelares para denunciar y solicitar judicialmente el cese de la violencia de género, así como también, la obligación del Estado argentino, de desarrollar políticas públicas que hagan realidad la prevención, erradicación y sanción de todo tipo de violencia contra las mujeres.

V. LA DIMENSIÓN ECONÓMICA DEL AUTOVALIMIENTO FEMENINO

Para construir un mundo de seres humanos iguales en derechos, es necesario que los mismos cuenten con las mismas posibilidades para acceder a su pleno goce y ejercicio. Si a lo largo de los siglos, la cultura patriarcal ha sostenido a través de sus instituciones, una organización de poder, que favorece el dominio masculino sobre las mujeres, se debe trabajar en el despliegue de todas las acciones que contribuyan a romper ese desequilibrio, potenciando el desarrollo de los sujetos femeninos. Empoderar a las mujeres no es ni más ni menos que darles mayor poder, y dotarlas de los recursos materiales y simbólicos que hagan posible que sean dueñas de sus decisiones y puedan sostener condiciones dignas de existencia. Promover el autovalimiento femenino requiere ayudarlas a construir su independencia económica, darles posibilidades de acceso a su propio dinero, poder pagar sus cuentas, elegir dónde, cómo y con quién vivir. Una vivienda digna, un salario justo, la división de las tareas domésticas con equidad, en el marco de la pareja y familia que hayan formado, les permite disponer de su cuerpo, de su tiempo, y de sus vidas, en igualdad al género masculino.

Favorecer la construcción de relaciones democráticas entre las personas, dotándolas a todas de las mismas oportunidades para desarrollarse y crecer, es la mejor forma de contribuir a erradicar la violencia de género.Fomentar la distribución equitativa de los bienes materiales y simbólicos de la cultura, y las cargas domésticas, contribuye a generar mayores beneficios para la sociedad en general y las empresas en especial, quienes se benefician económicamente si les dan más oportunidades a las mujeres en los cargos de liderazgo, algo que ha demostrado aumentar la eficacia organizacional. Se estima que las compañías donde tres o más mujeres ejercen funciones ejecutivas superiores registran un desempeño más alto en todos los aspectos de la eficacia organizacional.

Promover el autovalimiento de las mujeres consiste en desplegar las acciones necesarias para que se habiliten a sí mismas, para ejercer los propios derechos, a trabajar, estudiar, disponer de los bienes propios, compartir los comunes de la pareja, disfrutar del tiempo de ocio, distribuir las tareas domésticas y el cuidado de los hijos, por partes iguales.

El Estado debe propender a la implementación de las políticas públicas que hagan posible que las mujeres víctimas de violencia de género reciban la asistencia integral que establece la Ley 26.485 y puedan trabajar en su autovalimiento personal. Se deben también instrumentar los programas de capacitación y educación que permitan prevenir y deconstruir los patrones sexistas, que persisten en la cultura patriarcal, a través de la desnaturalización de los roles estereotipados y la promoción del acceso de las mujeres a mejores condiciones de vida, en igualdad con sus pares masculinos.

VI. CONCLUSIONES

Existe una relación entre el género femenino, la cultura patriarcal y el menor acceso de las mujeres a los recursos necesarios para desarrollar su vida, en condiciones de equidad con los hombres.Estas dificultades se exteriorizan en la mayor incidencia de la pobreza entre las mujeres, favorecida por una cultura sexista, que discrimina a los sujetos femeninos por ser tales, y que ha sido llamada la «feminización de la pobreza». Los obstáculos que impiden a las mujeres obtener los medios indispensables para sostener su vida de un modo independiente y autónomo contribuyen a favorecer situaciones de dominio sobre las mismas, y a generar relaciones asimétricas, en donde circula la violencia y la desigualdad de género. Para construir una cultura de seres humanos iguales en derechos y erradicar la violencia de género, es preciso potenciar a las mujeres brindándoles los bienes materiales y simbólicos indispensables para su autovalimiento y sostenimiento, de modo de reposicionarlas frente al género masculino, y equilibrar la asimetría que promueve el patriarcado. Asimismo, requiere que se implementen programas educativos, que contribuyan a deconstruir una cultura que ubica las mujeres en un lugar de sometimiento, y a los varones en un sitio de dominio, a través de patrones sexistas. La ejecución de las acciones que promuevan el desarrollo pleno de las mujeres torna necesaria la participación del Estado y el cumplimiento de los compromisos asumidos internacionalmente, plasmados en la Ley 26.485 de Protección Integral contra la Violencia contra las mujeres y otras normativas.

VII. BIBLIOGRAFÍA

AGUILAR, Paula L.: «La feminización de la pobreza: conceptualizaciones actuales y potencialidades analíticas», en Revista Katálysis [en linea] 2011, 14 (enero-junio): [Fecha de consulta: 30 de agosto de 2017]. Disponible en: ISSN (2011).

GALINA ANDRIOLI, Constanza M.: «Cuando la pobreza tiene cara de mujer. Violencia económica de género», en Diario La Capital de Rosario. Martes 17 de enero de 2017. En digital: https://profesionales.lacapital.com.ar/Legales/7/339_Cuando_la_pobreza_tiene_cara_deEnero 23 de 3017.

GAMBA, Susana y otros: Diccionario de estudios de género y feminismos, 2.a ed. Buenos Aires. Biblos, 2007, p. 258.

MEDINA, Graciela: Violencia de género y violencia doméstica. Responsabilidad por daños.Buenos Aires, Rubinzal-Culzoni, 2013.

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(1) AGUILAR, Paula L.: «La feminización de la pobreza: conceptualizaciones actuales y potencialidades analíticas», en Revista Katálysis [en línea] 2011, 14 (enero-junio): [Fecha de consulta: 30 de agosto de 2017]. Disponible en el siguiente enlace web: , ISSN (2011).

(2) GAMBA, Susana y otros: Diccionario de estudios de género y feminismos. Buenos Aires, Biblos, 2.a ed., 2007, p. 258.

(3) GALINA ANDRIOLI, Constanza M.: «Cuando la pobreza tiene cara de mujer. Violencia económica de género», en Diario La Capital de Rosario. Martes 17 de enero de 2017. Disponile en el siguiente enlace web: https://profesionales.lacapital.com.ar/Legales/7/339_Cuando_la_pobreza_tiene_cara_deEnero 23 de 2017.

(4) Véase el siguiente enlace web: http://www.unwomen.org/es/what-we-do/economic-empowerment/facts-and-figures.

(5) Véase el siguiente enlace web: http://www.unwomen.org/es/what-we-do/economic-empowerment/facts-and-figures.

(6) Véase el siguiente enlace web: http://www.un.org/spanish/News/story.asp?NewsID=36262#.Wab1dYWsMb0.

(7) Véase el siguiente enlace web: http://www.saij.gob.ar/1011-nacional-decreto-reglamentario-ley-26485-sobre-proteccion-integral-para-prevenir-
ancionar-erradicar-violencia-contra-mujeres-dn20100001011-2010-07-19/123456789-0abc-110-1000-0102soterced.

(8) MEDINA, Graciela: Violencia de género y violencia doméstica. Responsabilidad por daños. Buenos Aires, Rubinzal-Culzoni, 2013.

(*) Abogada. Psicóloga. Mediadora. Docente en la Universidad Nacional de Rosario. Diplomatura en Criminología, orientada a la violencia de género. Facultad de Ciencias Sociales Universidad Nacional de San Juan.