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#Doctrina Las encuestas electorales y la racionalidad de las pasiones

Autor: Raimondo, Ezequiel

Fecha: 5-ago-2021

Cita: MJ-DOC-16082-AR | MJD16082

Doctrina:

Por Ezequiel Raimondo (*)

Se puede afirmar que las encuestas electorales de carácter científico, es decir, con toda una metodología específica que las sustenta, nacieron durante la década de 1930 en los Estados Unidos a impulso del periodista y matemático George Gallup. Desde aquellos tiempos hasta la actualidad su evolución y proliferación ha sido verdaderamente notable. De ser trabajos «de laboratorio» en búsqueda de predicciones de comportamientos políticos pasaron, en apenas 40 años (hacia fines de los 70), a transformarse en elementos de las compañas políticas en sí.

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De ser instrumentos orientadores para la toma de decisiones políticas o para la evaluación del impacto de determinadas políticas públicas en «mesas chicas» a las que se sentaban analistas, candidatos y funcionarios, las encuestas pasaron a ser investigaciones cuyos resultados son de dominio público gracias a la intervención de los medios de comunicación y, por supuesto, a intereses políticos circunstanciales que empujan hacia su publicitación.

La tradicional lógica del mercado electoral «piensa» a los electores como seres racionales que maximizan sus beneficios. Las encuestas nacieron a la luz de esta premisa y el tiempo ha demostrado con creces que la supuesta autonomía de la voluntad de los votantes no es más que eso: una mera suposición por demás falaz.

Si los electores se comportaran según este patrón actitudinal, los encuestadores no se equivocarían tanto y las democracias se hubieran vueltos previsibles, aburridas y, consecuentemente, menos democráticas.

Como bien afirmaba el economista Albert O. Hirschmann no todo es racionalidad ni libertad absoluta en el comportamiento humano ya sea a la hora de elegir un jabón en el supermercado o entre papeletas de varios candidatos a introducir en la urna. Existe una «racionalidad de pasiones» (1) que interviene como un objetivo mar de fondo que desplaza a la pura racionalidad a la hora de optar entre distintas posibilidades.Son las pasiones subyacentes las que «sabotean» la racionalidad clásica que fue el cimiento de los primeros desarrollos de las escuelas fundadoras de la metodología de la investigación social tendiéndoles trampas indescifrables a los encuestadores.

A ello se le suma el avance irrefrenable de los medios por los cuales la gente se comunica y a las dificultades que acarrea para la metodología el abordaje de tres factores clave: la aceleración de la movilidad comunicacional, la necesidad de abaratar costos y el aumento de la inseguridad ciudadana (fundamentalmente en los países latinoamericanos).

La aparición de la telefonía celular y el progresivo abandono de las líneas telefónicas fijas son un problema difícil de superar con éxito por parte de los encuestadores. Desde esta perspectiva, el nomadismo acelerado es enemigo del sedentarismo de antaño; la velocidad y la densidad del tráfico con el que lidiamos para comunicarnos, reforzada por nuestra más amplia y rápida capacidad de desplazamiento sumada a la más intensa conexión con el trabajo (para quien tenga la suerte de poseerlo) vuelven a los potenciales entrevistados más esquivos. Antes era más fácil realizar entrevistas domiciliarias; hoy esto se ha vuelto prácticamente imposible porque el tiempo apremia tanto para investigadores presionados por la coyuntura como para los impacientes sujetos investigados. Los elevados costos que implican los trabajos «de campo» y la inseguridad, que se ha vuelto una sombra objetiva tanto para encuestadores como para encuestados que temen ser víctimas de robos o desagradables hechos de violencia, es otro obstáculo.

La popularización de las encuestas también es un factor interviniente.Antes, ser entrevistado suponía una distinción halagadora, hoy representa una molestia que resta tiempo sin que apareje ningún beneficio para quien acepte responder.

Del gran prestigio que supieron tener las encuestas a la mutación negativa que supone el dicho popular que explica que la palabra «encuesta» en francés se dice «Lepifié», mucho tuvieron que ver las propias consultoras y sus titulares que sucumbieron a la tentación de pasar de ser asesores anónimos a panelistas «consagrados» de la televisión. Cruzar la línea del anonimato al servicio de determinado cliente para transformarse en gurúes televisivos degradó a la profesión partidizando a las consultoras.

Hay quienes defienden la tesis de que la publicación de los resultados de las encuestas no influye sobre el comportamiento electoral. Rebatir esto es muy sencillo: Es imposible que no incida sobre la formación de la conducta electoral si esos mismos resultados influyen poderosamente en la actitud política de los propios partidos o coaliciones al punto que logran que «suban» o «bajen» candidaturas modificando, de ese modo, el propio mercado electoral.

Es claro que las encuestas políticas deberían ser un instrumento indispensable para la planificación y el monitoreo de las campañas políticas modernas. Pero cuando una encuesta escapa del escritorio del político/candidato y toma estado público desvirtúa su función primitiva.Cada vez que una investigación se publica, se transforma en noticia y pasa a cumplir otra función que es la de incidir sobre la conformación del escenario simbólico-político de confrontación electoral.

En los últimos 30 años el fetichismo que se ha construido entorno a las encuestas es tan notorio que en más de una oportunidad el lector habrá visto a candidatos discutir sobre metodología y la probidad de tal o cual consultor y, de seguro, habrán sido testigos de consultores cuyos resultados de investigaciones calzan como anillo al dedo de candidatos determinados que -¡oh casualidad!- son quienes los contratan.

En un artículo que publiqué hace un tiempo, sostuve que «cuando los consultores juegan a los políticos y cuando los políticos juegan a los consultores, pierden ambos: unos arriesgando hasta límites poco convenientes su rol de asesoramiento técnico profesional, los otros apareciendo inseguros frente a la opinión pública como meros esclavos de la numerología» (2).

Esta discusión, que sobreviene cada vez que se aproximan las elecciones, se vuelve cada vez más evidente aportando a la confusión general.

La famosa «guerra de encuestas» no hace más que alterar el humor social predisponiéndolo de manera negativa hacia ellas. De allí que muchas personas cada vez sean más reticentes a participar de estas investigaciones, que la racionalidad de pasiones se encrespe, y que los encuestadores se parezcan cada vez más a adivinadores militantes que a científicos de profesión.

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(1) HIRSCHMANN, Alberto: Las pasiones y los intereses. Fondo de Cultura Económica 1978.

(2) «Las encuestas modifican opiniones». Artículo publicado por el Diario Clarín, 5/5/95, en la sección Opinión/Debates.

(*) Politólogo, USAL, Asesor en el Senado de la Nación Argentina.

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