Columna de actualidad: El insensato descuido de la casa común

Autor: Bertossi, Roberto F.

Fecha: 20-oct-2017

Cita: MJ-DOC-12265-AR | MJD12265
Doctrina:

Por Roberto F. Bertossi (*)

Cada día que pasa, se agota con mayor rapidez el tiempo para concientizarnos y comprometernos con la crisis ecológica actual, dado que, a pesar de su urgencia y gravedad, los remedios intentados desde lo local, lo regional y lo global no han logrado los objetivos perseguidos.

Es marcada e inaceptable la irresponsabilidad gubernamental por la postergación y un claro desfinanciamiento de una educación ambiental de calidad y permanente, en pos de un cambio de actitud respecto de usos y consumos del ambiente y de sus recursos naturales.

Proponemos una educación ambiental transversal que impregne a la gestión pública y la privada, con incentivos y castigos para revertir la inejecutoriedad del artículo 41 de nuestra Constitución Nacional, desairado a la fecha.

Una educación formal que se estructurará desde una metodología educacional normada a través de instituciones y programas de estudios, la cual deberá implementarse en todos los establecimientos educativos y académicos. Y también una educación no formal que no se planifica a largo plazo sino a corto o a mediano, que resulte así más flexible y apropiada a las necesidades de cada contexto geográfico específico.

Una educación ambiental informal que se despliega e implementa sin ninguna clase de estructura curricular, sin programas ni sistemas de evaluación.

A tanto desatino e ignorancia ambiental se suma ahora el franco despropósito del actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, quien afirmó -a pesar de las nefastas evidencias planetarias- que el cambio climático es un cuento chino. A propósito Mr. Trump, los huracanes como Irma, José o Katia (que se repetirán con mayor frecuencia e intensidad devastadora según científicos de la talla de Josep Peñuelas y Jofre Carnicer, Franck Roux de la universidad Paul-Sebatier de Toulouse, al suroeste de Francia o Valérie Masson-Delmotte, miembro del GIEC, grupo de referencia sobre el clima a nivel mundial y hasta el propio James Kossin, de la Agencia Estadounidense Oceánica y Atmosférica (NOAA)), pues claramente, ¡no son tales!La mayoría de los expertos consideran que existen evidencias suficientes de un aumento gradual de la temperatura del planeta, con graves consecuencias para el modo de vida de las poblaciones. Y se documenta bien el efecto de retención de calor del CO2, cuya concentración está aumentando en la atmósfera como consecuencia de la contaminación.

Se prevé que la amenaza -que implica la progresión de tal calentamiento- torne imposible la vida humana y en general de todas las especies de la biodiversidad, con lo que la Tierra puede convertirse en otro planeta muerto, como Marte, Júpiter o Saturno.

El consenso puede no ser total, pero el compromiso de los países del Grupo de los 20 (G-20) en cuanto a esta cuestión muestra la solidez de la posición defendida por el papa Francisco en la encíclica Laudato Si.

Lamentablemente, Estados Unidos, a través de su belicoso presidente, desautorizó la reducción drástica de las emisiones de CO2 por parte de su país, compromiso soberano que con responsabilidad había asumido al respecto su antecesor, Barack Obama.

Ello en nada modifica que afrontar de manera humana y sensata la cuestión climática nos exige implementar sin demora los principios de precaución y remediación ambiental.

En esa perspectiva, se debe invertir más y mejor en fuentes alternativas de energía, que reduzcan, autolimiten y remedien la emisión de CO2 y de gases similares.

Por último, ante la flagrante discriminación y violación de derechos y tratados que protegen al ambiente, a la competencia, al usuario y al consumidor, así como a los derechos de incidencia colectiva en general; ante el largo, pavoroso e irreversible agotamiento de los recursos naturales no renovables; ante el desmembramiento y la destrucción de la ecología planetaria; ante los páramos y desiertos nuevos de la deforestación masiva; ante la pérdida definitiva de mucha flora, fauna y otros recursos naturales; ante el parejo fracaso de cumbres, congresos, conferencias, garantías constitucionales y leyes específicas sobre el ambiente, las Naciones Unidas debieran sacudir su pusilanimidad ara proponerse como objetivo extraordinario y prioritario fuera del alcance de todo veto, la restauración ecuánime y equitativa de nuestra ecología, en todo cuanto aún fuere posible.

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(*) Investigador del Centro de Investigaciones Jurídicas y Sociales (UNC)