Hacia una nueva comprensión gnoseológica de la responsabilidad civil a la luz de la filosofía de Xavier Zubiri. Morea, Adrián O.

Autor: Morea, Adrián O. – Ver más Artículos del autor

Fecha: 19-jul-2017

Cita: MJ-DOC-11921-AR | MJD11921

Sumario:

I. Introducción. II. Gnoseológica clásica de la responsabilidad civil. III. Evaluación crítica del paradigma clásico. IV. Un replanteo de la cuestión. V. Dimensión cosmológica y teológica de la realidad de la acción dañosa. VI. Conclusiones.

Doctrina:

Por Adrián Oscar Morea (*)

I. INTRODUCCIÓN

El presente trabajo tiene por objetivo revisar el paradigma gnoseológico imperante en el área de la responsabilidad civil.

Los interrogantes que orientan nuestro interés científico trascienden los contenidos materiales propios de esta rama, incluso van más allá de las reglas y principios que gobiernan la conducta responsable y el deber de responder frente a otro.

Lo que cuestionamos aquí es el modo de ver, pensar y valorar el fenómeno resarcitorio. Nos ubicamos en una instancia de análisis que se proyecta sobre las estructuras primarias del pensamiento jurídico. Una instancia que determina el abordaje científico de la realidad social implicada en el objeto de estudio. Y que, por sobre todo, perfila el modelo cognoscitivo desde el cual el jurista se hace cargo de la problemática en cuestión.

Esta aclaración preliminar es suficiente para percatarnos de que el desarrollo de la exposición no podrá prescindir de un enfoque interdisciplinario en cuya lógica se integren el saber jurídico, sociológico, filosófico, teológico, etc. Pretender cumplir el propósito inicial exclusivamente desde la parcela del derecho sería condenar todo esfuerzo científico al fracaso, por cuanto la complejidad de la realidad abordada y la diversidad de aspectos que entran en juego en la hipótesis planteada piden a gritos el diálogo entre las diversas disciplinas científicas.

En favor del orden discursivo, principiaremos el desarrollo del tema con un panorama general de la cosmovisión clásica -que ha prevalecido desde la antigüedad hasta nuestros días- caracterizada por el modo unidireccional, individualista y antagonista de comprender la realidad subyacente en la responsabilidad civil. Nos serviremos de los aportes filosóficos de Xavier Zubiri para denunciar las anomalías que reflejan la crisis del paradigma clásico y la necesidad de un replanteo profundo. Seguidamente, daremos un nuevo paso que se encaminará hacia la presentación de un enfoque bidireccional, solidarista e integracionista de la responsabilidad civil.Y culminaremos con una inserción global del problema desde la dimensión cosmológica y teológica.

Queremos puntualizar además que, atento a las múltiples e inabarcables repercusiones que tiene esta particular compresión gnoseológica de la responsabilidad civil, nos centraremos exclusivamente en un aspecto, cual es el deber de la víctima de mitigar el daño. Creemos que es uno de los efectos más relevantes de la visión solidarista del fenómeno resarcitorio y también que este aspecto refleja nítidamente cómo influye el nuevo paradigma en la praxis jurídica concreta.

Por último, aspiramos a que el presente trabajo sirva no tanto para instalar un modelo determinado de concebir el fenómeno de la responsabilidad civil, sino más bien para motivar la reflexión sobre la cosmovisión desde la cual nos hemos acostumbrado a pensar la realidad implicada en el derecho de daños. Reflexión que nos servirá para cuestionar, suplantar, reformar y, en su caso, aceptar la concepción imperante, pero no ya desde el acatamiento ciego de la tradición, sino desde una fundamentación gnoseológica consciente.

II. GNOSEOLÓGICA CLÁSICA DE LA RESPONSABILIDAD CIVIL

La tradición romanista y francesa -heredera del derecho continental europeo de nuestro días- ha forjado una responsabilidad civil basada en la idea de que todo acto que cause un daño impone una reacción del orden jurídico tendiente a restablecer las cosas a su estado anterior -en la medida en que se verifiquen los presupuestos fundamentales (antijuridicidad, daño resarcible, factor de atribución y relación de causalidad)-(1).

Esta concepción se ha edificado en torno a un esquema analítico dualista: víctima-dañador. Esto significa que los roles de los actores de la relación jurídica delictual han sido bifurcados de modo tajante (2). Por un lado, el dañador, el autor del hecho productor cuyas consecuencias dañosas deberán ser reparadas.Y por otro, la víctima, el damnificado por la conducta del dañador, el que sufre las consecuencias del daño (3).

El propósito de este trabajo no apunta a suprimir ni a confundir estas dos categorías subjetivas fundamentales del sistema de responsabilidad civil. La patencia de estos actores deviene apodíctica no bien se realiza una somera observación de los hechos. Lo que es objeto de interrogación aquí es si corresponde trazar una dicotomía tan radical entre la víctima y el dañador, como si fueran dos polos irreconciliables.

Si bien la consideración de la culpa o hecho de la víctima -como eximente de responsabilidad- no fue ajena a la mentalidad jurídica antigua, medieval y moderna, puede notarse claramente que su aceptación jurisprudencial y doctrinaria siempre impuso como requisito que la propia conducta del damnificado sea causa exclusiva o concausa del daño. Es decir, sólo cuando la autoría del daño fuese atribuible total o parcialmente a la víctima, dicha actividad podría ser considerada por el orden jurídico.

Pero cuando la conducta de la víctima no tenía incidencia causal adecuada en la producción del resultado, la presencia de ésta se reducía a un papel puramente pasivo. En tales casos, la víctima se limitaba a padecer un daño que, en caso de haber responsabilidad civil, la hacía titular del derecho a percibir un resarcimiento de quien tenía el deber de responder por ese daño. El resto de su actuación perdía relevancia para el derecho.La doctrina continental clásica sostiene en tal sentido que, frente a un daño, la víctima debe asumir una conducta meramente negativa, consistente en no agravarlo con el propio comportamiento (4). Pero poco ha considerado la participación de la víctima en la acción dañosa desde una posición distinta a la autoría.

Huelga profundizar en un aspecto apenas explorado por la doctrina civilista contemporánea, cual es el rol que debe adoptar la víctima frente a la ocurrencia del daño. En particular si la víctima tiene o no un deber de adoptar las medidas necesarias para evitar la extensión indebida del perjuicio y en qué se fundamenta tal deber (5).

Actualmente, el argumento principal con que algunos autores han empezado a defender la idea de que la víctima no debe quedarse sentada y no hacer nada para minimizar las pérdidas que fluyen de un mal, es el principio de buena fe. A la luz de este parámetro, la víctima debe adoptar todas las precauciones que la razonable diligencia impone para reducir el daño (6).

III. EVALUACIÓN CRÍTICA DEL PARADIGMA CLÁSICO.

Como argumento jurídico, la buena fe es acaso uno de los elementos axiológicos que mejor justifica la existencia del deber de la víctima de morigerar el daño.

No obstante, entendemos que es necesario calar más hondo. Es necesario hurgar en el modelo cognoscitivo de la doctrina clásica. Revisar las estructuras mentales desde las cuales se ha gestado la comprensión del fenómeno resarcitorio, a fin de desarrollar una justificación adecuada e integral de la posición jurídica del dañador y la víctima frente al hecho al daño.

Aquí la referencia a la filosofía de Zubiri deviene fundamental. Este pensador contemporáneo ha tenido el mérito de poner en crisis los reduccionismos de la filosofía occidental desde un realismo fundamentado en la teoría de la inteligencia.

Zubiri supera la clásica separación sujeto-objeto y coloca a la realidad como dimensión trascendental por excelencia.Con máximo rigor, Zubiri insiste en dar toda la primariedad y principalidad filosófica a la realidad misma en el doble sentido de que la realidad es lo último y más abarcante y de que todo lo demás -ser, existencia, sentido, etc.- surge en y desde la realidad (7).

A la luz de estas reflexiones, podemos empezar a relativizar la separación rígida entre víctima y dañador, reposicionando ambas categorías subjetivas en el contexto más amplio de la realidad de la acción dañosa.

Cuando Zubiri se refiere a la trascendentalidad de la realidad, alude sin más a la apertura de cada una de las realidades a toda otra realidad. Frente a toda construcción metafísica que comienza dividiendo el mundo entre subjetividad y objetividad, hay que partir del hecho de que todas las realidades aprehendidas, incluida la propia, están actualizadas en la misma formalidad de la realidad. Lo radical es que en la aprehensión se actualiza en el mismo plano de realidad tanto la realidad propia, como la ajena o la de las cosas (8).

Desde esta perspectiva, no resulta insensato empezar a concebir a la víctima y al dañador como dos personas que, ante todo, integran y forman parte de la misma realidad. Sin perjuicio de la responsabilidad que le cabe al dañador y del derecho a la indemnización que le corresponde a la víctima, lo cierto es que ambos son, en alguna medida, agentes y pacientes del menoscabo, por cuanto participan y se relacionan con el entorno en el cual acontece el daño.

Así, la víctima no es un simple receptor del daño. No se limita a padecer la acción dañosa, sino también integra el cuadro de la acción. También es parte de la realidad en la que acontece el daño.Aun cuando no exista culpa de la víctima en la ocurrencia del daño, no puede soslayarse que el damnificado no es un espectador inmóvil, sino que está imbuido en la realidad de la acción dañosa.

Frente a la contingencia del daño, la víctima es capaz de obrar, es capaz de responder, en fin es capaz de desarrollar una conducta. Esa conducta no es irrelevante para el derecho, sino que debe ser especialmente ponderada a la hora de calibrar la procedencia y extensión del resarcimiento debido a la víctima.

De igual modo, el dañador no es exclusivamente autor del daño, sino también co-damnificado. No es un sujeto que observa la «realidad afectada por su conducta» como una situación ajena a sí mismo. El dañador está implicado en el contexto fáctico del daño. Al dañar a otro, daña su realidad circundante y, con ella, a sí mismo.

Allende el efecto reactivo del orden jurídico -no siempre eficaz en la práctica-, la conducta del dañador recibe su primera y más segura sanción en la decadencia del mundo del que forma parte.

Recapitulando el enfoque filosófico, puede advertirse que «la realidad de la acción» constituye el sustrato ontológico común en el que confluyen las realidades individuales. Dicho de otro modo, las acciones representan el estrato más aprensible de la realidad humana. Por ende, son anteriores a la distinción sujeto-objeto y en ellas se implican recíprocamente las realidades individuales (9).

Zubiri propone analizar la acción humana con las cosas para descubrir ahí en qué consiste su socialidad. La conciencia, el yo y el sujeto aparecen como momentos ulteriores respecto a la aprehensión primordial de la realidad. Y la aprehensión es uno de los tres momentos integrantes de la acción. Esto no significa que la conciencia o el yo carezcan de relevancia para la teoría social.Significa tan sólo que habrán de ser situados en su lugar respecto al estrato originario de la acción (10).

Correlativamente, consideramos válido interpretar que la figura de la víctima, el dañador y demás partícipes en el hecho dañoso conforman instancias subjetivas a posteriori de la «realidad de la acción dañosa».

Tal como hemos adelantado ut supra, existe una unidad interna en la acción a partir de la cual se entrelazan todas las realidades subjetivas individuales. Al decir de Zubiri: «Los demás no sólo se actualizan en cada uno de los momentos de la acción, sino que, al actualizarse en mis aprehensiones, sentimientos y voliciones, se insertan en mi vida, la dirigen y la modulan» (11).

No pretendemos con ello sostener que el rol de tales actores debe ser soslayado por el ordenamiento jurídico, sino por el contrario destacamos la conveniencia de ubicar la consideración de estos elementos en el contexto general de la realidad de la acción.

IV. UN REPLANTEO DE LA CUESTIÓN.

A partir de las consideraciones vertidas, cabe deslizar la siguiente propuesta gnoseológica.

En primer término, consideramos aconsejable abandonar la dualidad antagónica entre la víctima y el dañador como dos sujetos «en pie de guerra», como partes de una confrontación absoluta y polarizada -un agente y un paciente-.

Es preciso transitar hacia una nueva cosmovisión de la responsabilidad civil en cuya lógica la víctima y el dañador sean considerados a priori como partícipes solidarios en la acción dañosa.Es recién desde ese plano que el jurista debe determinar los derechos y obligaciones de tales actores, en función de la conducta observada, el daño sufrido, el nexo causal adecuado entre aquella conducta y el daño y los criterios de justicia adoptados por el orden jurídico.

En segundo término, es dable reputar al deber de la víctima de cooperar en la mitigación del daño no ya como una anomalía -por imperativo de principios jurídicos- al régimen legal de responsabilidad civil, sino como la consecuencia lógica de una comprensión holística de la realidad de la acción dañosa, como contexto ontológico común en el que intervienen la víctima y el dañador.

Cuando anclamos el análisis menos en los intereses particulares de la víctima y el dañador que en la realidad de la acción dañosa, estamos en mejores condiciones de alcanzar una solución justa. Desde tal plano, resulta más fácil correlacionar todos los factores que intervienen y entran en juego a la hora de juzgar la responsabilidad civil de una persona, especialmente aquellos que están directamente vinculados con el bien común.

Para la concepción tradicional, estructurada sobre la base de los intereses individuales de los actores, hablar de un deber positivo de la víctima de mitigar el daño resulta un exceso injustificado, por cuanto su razonamiento parte de un enfoque unidireccional.Y, precisamente, este deber se funda en un enfoque bidireccional, habida cuenta de que su finalidad no es sólo minimizar el perjuicio de la víctima, sino también el del dañador (12).

Desde este prisma global, también puede advertirse que el deber de minimizar el daño cumple una función óptima de prevención, en cuanto es un estímulo suficiente para evitar la inactividad del perjudicado y reducir la indemnización de los costos primarios de la reparación debida (13).

No puede obviarse que el criterio que limita el resarcimiento del daño evitable encuentra apoyo en la teoría del análisis económico del derecho, puesto que poner a cargo del causante-deudor el costo de la consecuencia dañosa que habría podido ser evitada por el damnificado-acreedor, configura una solución antieconómica, en contraste con los principios de racionalidad económica que sugieran valorar comparativamente los intereses en conflicto y colocar correctamente los recursos y los costos de los daños (14).

En esta fase de la exposición, resulta edificante retornar a la filosofía de Zubiri. El pensador español defiende la idea de que la plenitud de la cooperación reafirma el bien común. En tal sentido, la cooperación plena es el resultado final de la idea de cuerpo social no ya como simple organización, sino como solidaridad.

Esta idea no sólo responde a un postulado sociológico, sino también a un imperativo moral. En efecto, Zubiri concibe al hombre como una realidad sustantiva cuyo carácter consiste en tener propiedades por apropiación; en esta apropiación reside la realidad moral.Esta forzada apertura a la realidad se constituye de esta forma en principio de posibilidad ética y en fundamento de la misma, y presenta a su vez una estructura bien precisa que «consiste en hacerse cargo de la realidad». La realidad se le muestra al hombre como un encargo que propicia una praxis responsable desde la cual orientar una acción que se ha de encaminar a una cada vez mayor humanización del género humano (15).

«Plenitud de cooperación» y «hacerse cargo de la realidad» son las dos ideas fundamentales que aporta la filosofía de Zubiri para propiciar una visión solidarista de la responsabilidad civil. Una visión en la que tanto víctima como dañador estén vinculados por un deber positivo de colaboración.

Si la víctima se puede proteger a sí misma de las consecuencias dañosas, debe hacerlo. Este es un deber solidario hacia el copartícipe de la realidad dañosa. Quizás el más solidario de todos porque va dirigido hacia una parte que está en lo incorrecto.

Obviamente, este deber no es absoluto o indiscriminado. La morigeración del daño evitable es una conducta exigible a la víctima sólo con respecto a las medidas necesarias, razonables y proporcionadas para evitar la extensión del daño. En ningún caso, se le podría imponer a la víctima que arriesgue su vida para evitar el daño, que adopte paliativos superfluos, que arbitre medidas que resultan excesivamente onerosas para su situación particular. El Derecho no puede exigir lo heroico (16).

Pero lo relevante aquí es que los sujetos de la responsabilidad civil, desde su lugar respectivo y con responsabilidades diferentes, deben hacerse cargo de la realidad de la acción dañosa.

V. DIMENSIÓN COSMOLÓGICA Y TEOLÓGICA DE LA REALIDAD DAÑOSA.

Cuando nos referimos a la realidad de la acción dañosa no pensamos en una categoría abstracta creada al solo efectos de hallar un denominador común entre la víctima y el dañador.Muy por el contrario, dicha expresión alude a la dimensión ontológica principal de la responsabilidad civil.

La prioridad meta-jurídica de la «realidad de la acción dañosa» es evidente, pues la víctima y el dañador no pueden considerarse fuera de esta esfera.

Es interesante valorar cómo este enfoque se adecua a la cosmovisión de Zubiri y a la teología cristiana contemporánea.

Zubiri llega a sostener que lo único que tiene estricta esencia es el cosmos y no las cosas que hay en él: «Las cosas serían partes o fragmentos del cosmos, y por tanto no tendrían esencia […]Las cosas serían tan sólo momentos fragmentarios esenciales del cosmos» (17).

El cosmos, entonces, es la única sustantividad, la natura naturans de la que las cosas son sustantividades rudimentarias o natura naturata: «Las cosas no son estrictamente sustantivas; solo son fragmentos cuasisustantivos, un primordio de sustantividad, mejor dicho, un rudimento de sustantividad. Sustantividad estricta sólo la tiene el cosmos […] Esta naturaleza tiene dos momentos. Uno el momento de sus notas; las cosas naturales. Otro el momento de su unidad primaria. Esta unidad no es una magna natural, sino que es lo que debe llamarse el modo medieval, natura naturans, naturaleza naturante» (18).

Finalmente, Zubiri apela a la teología como instancia de justificación de la primacía de la realidad por encima de cualquier binomio subjetivo-objetivo.De tal modo, razona que «como todo acto, por minúsculo o intrascendente que sea por su contenido contribuye a hacer mi yo, mi relativo ser absoluto, resulta que todo acto es formalmente una toma de posición respecto de Dios (…) El hombre está implantado en la divinidad, metafísicamente inmerso en ella, precisamente porque cualquier acción suya es la configuración de un absoluto ser sustantivo».

De lo dicho, podemos inferir que Dios es ser racionalmente concebido como realidad plenaria, única y personal, que fundamenta el poder de lo real al que todas las cosas están religadas y en el que el hombre se apoya para vivir y ser persona.

Si extendemos estas conclusiones, podemos comprender que la visión solidarista de la responsabilidad civil encuentra sustento en el carácter relacional de la realidad cuya cohesión última reside en la divinidad como poder de lo real.

Por su parte, la Iglesia Católica, desde los primeros tiempos, ha reconocido la realidad de lo social como nexo aglutinante de las realidades individuales y como reflejo de la perfecta unión de las Personas Divinas. Así, la fraternidad de los hombres tiene como fundamento último el amor a Dios.

La persona humana, según el Catecismo, necesita resignificarse en la realidad social. Esta no constituye para ella un sobreañadido, sino una exigencia de su natural eza. Por el intercambio con otros, la reciprocidad de servicios y el diálogo con sus hermanos, el hombre desarrolla sus capacidades (19).

En la encíclica Caritas in Veritate, Benedicto XVI resalta que «solo con la caridad, iluminada por la luz de la razón y de la fe, es posible conseguir objetivos de desarrollo con un carácter más humano y humanizador. (…) Abre la conciencia del ser humano a relaciones recíprocas de libertad y responsabilidad». Más adelante, sintetiza esta idea en una frase fundamental:«la solidaridad es en primer lugar que todos se sientan responsables de todos».

En definitiva, el Sumo Pontífice concluye que «la revelación cristiana sobre la unidad del género humano presupone una interpretación metafísica del humanon, en el que la relacionalidad es elemento esencial» (20).

Este es el espíritu que debe animar la reinterpretación de la responsabilidad civil desde una óptica solidarista. La víctima y el dañador deben hacerse cargo de su realidad, pero también de la realidad del otro y de la realidad afectada por el daño.

La acción del daño penetra en el entramado individual y social, y ningún actor tiene derecho a cerrarse sobre su realidad particular.

En definitiva, es injusto proceder a determinar la procedencia y cuantía de la indemnización por daños y perjuicios sin entrar a considerar previamente cómo cada actor se ha comportado frente a la inminencia, actualidad y posterioridad del daño.

VI. CONCLUSIONES.

A lo largo de este trabajo, he concentrado el esfuerzo menos en el desarrollo in extenso de temas vastos (léase: responsabilidad civil, culpa de la víctima, daño evitable, etc.) que en la presentación de una nueva forma de enfocar problemas clásicos.

Es posible advertir que, en materia de responsabilidad, la elaboración de nuevas ideas es el resultado de una evolución paulatina. Acaso por la necesidad de asegurar reglas de juego claras y previsibles, es que subyace un espíritu conservador en el saber jurídico.

Con todo, el jurista crea institutos nuevos (ej. incorporación legislativa del daño punitivo), reforma presupuestos clásicos (ej. admisión de los factores objetivos de atribución), perfecciona la técnica jurídica con la que se evalúa la conducta del hombre en la realidad (ej. adopción de la teoría de la relación adecuada adecuada), introduce correctores que orientan la interpretación y aplicación de las reglas contractuales y legales (ej.la equidad como principio moderador del resarcimiento).

Ocurre que esta evolución técnica, normativa y axiológica contrasta con el estancamiento de la compresión gnoseológica de la responsabilidad civil. El desarrollo de la teoría de la responsabilidad civil ha estado tradicionalmente marcado por un enfoque individualista (que centra la mirada en la reparación del daño individualmente sufrido), antagonista (caracterización de la víctima y el dañador como sujetos enfrentados en pie de guerra), unidireccional (únicamente el dañador es titular de obligaciones y deberes emergentes de la relación delictual o cuasidelictual).

Es cierto que las últimas tendencias en materia de daños han contribuido a relativizar el enfoque clásico. Basta pensar en el surgimiento del derecho ambiental que entroniza, por encima del resarcimiento del daño individual, la necesidad de preservar el patrimonio colectivo -natural y/o cultural- desde la lógica de la prevención. La aceptación jurisprudencial del proceso colectivo como canal de protección de bienes supra-individuales. La mitigación del daño sufrido como deber impuesto a la víctima de un hecho ilícito contractual o extracontractual.

Sin embargo, estas tendencias han obedecido más a necesidades prácticas impuestas por cambios sociológicos profundos (ej.generalización de los contratos por adhesión, globalización de la economía, surgimiento de nuevos factores de riesgo en la prestación de bienes y servicios), y/o a la consolidación de principios jurídicos como fuente de derecho material directa (buena fe, abuso del derecho, razonabilidad, etc.). En ningún caso, a mi modo de ver, la aparición de estas figuras ha sido el fruto maduro de una reformulación orgánica del paradigma gnoseológico imperante en nuestra cultura científica en general, y jurídica en particular.

La filosofía de Zubiri nos aporta, desde una perspectiva general, un campo reflexivo fecundo para reconsiderar los cánones establecidos en el modo de pensar el derecho y la responsabilidad civil.

La prioridad filosófica de la realidad como dimensión última y abarcativa nos incentiva para destacar, en el ámbito de la responsabilidad civil, el protagonismo de la realidad de la acción dañosa como dimensión principal en la comprensión del fenómeno resarcitorio.

La realidad de la acción dañosa como fundamento ontológico de la visión solidarista e integracionista de la responsabilidad civil encuentra sustento cosmológico y teológico en la filosofía de Zubiri -basada en la idea de cosmos como sustantividad primaria- y en la teología cristiana contemporánea -basada en la unidad esencial del amor divino-.

Asimismo, la relativización de las categorías sujeto-objeto, ser-existencia, sentido – absurdo como derivaciones secundarias de la realidad se presentan como una consecuencia lógica del primer postulado.

Mutatis mutandis, es posible concluir que en el ámbito de la responsabilidad civil no corresponde realizar una separación rígida entre la víctima y el dañador como figuras contrapuestas e inconexas. Víctima y dañador son sujetos diferentes que forman parte de un mismo entramado. Entrelazan su ser y su actividad en la realidad de la acción dañosa.

Zubiri realza la idea de trascendentalidad de la realidad como atributo de lo real para abrirse a nuevas realidades.Sostiene que en el acto de la aprehensión se actualizan en un mismo plano todas las realidades, la propia y la de los otros. En tal sentido, el filósofo español explica que «la realidad de la acción» constituye el sustrato ontológico común en el que confluyen las realidades individuales. Por eso, las acciones representan el estrato más aprensible de la realidad humana.

Correlativamente, cuando en el ámbito de la responsabilidad definimos a la víctima y el dañador a partir de la realidad de la acción dañosa, caemos en la cuenta de que se trata de dos sujetos que son agentes y pacientes del menoscabo, por cuanto pertenecen al entorno en el que acontece el hecho dañoso.

Sin perjuicio de la responsabilidad del dañador y del derecho de la víctima a ser indemnizada, esta perspectiva nos permite advertir que, por un lado, la víctima no se limita a ser un simple receptor pasivo del daño, sino que también integra el cuadro de la de la realidad de la acción dañosa. Y, por otro, que el dañador no es tan sólo el autor del daño, sino también un co-damnificado por cuanto está profundamente implicado en la realidad afectada por el daño.

En síntesis, esta concepción integracionista promueve la identificación de la víctima y el dañador, ante todo, como partícipes solidarios en la acción dañosa. Por eso, frente a la contingencia del daño, el jurista no sólo debe estar atento a la verificación de los presupuestos de la responsabilidad civil, sino también a la conducta observada por la víctima como principio delimitante a la hora de calibrar la procedencia y extensión del resarcimiento.

Zubiri presenta una ética fundada en la idea de cooperación plena y de asunción de la realidad.La realidad se le muestra al hombre como un encargo que propicia una praxis responsable desde la cual orientar una acción que se ha de encaminar a una cada vez mayor humanización del género humano.

Estas ideas se convierten en la piedra angular de una concepción solidarista de la responsabilidad civil. Y, en particular, se erigen como fundamento del deber positivo de la víctima de mitigar el daño. No basta con que no lo cause o no lo agrave, es preciso incluso que, ante determinadas circunstancias, adopte las medidas necesarias para reducir el daño.

En definitiva, la víctima debe colaborar en la medida de lo razonable para extinguir o mitigar el daño.

Si no reparamos en esta realidad la responsabilidad civil quedará reducida a una liquidación de daños individuales. Una responsabilidad inspirada en valores individuales, pero ajena a aquellos valores colectivos que resultan necesarios para la realización de una justicia fundada en el bien común.

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(1) TRONCOSO, M. Isabel: «La obligación de tomar medidas razonables para evitar la extensión del daño», DSU Droit Civil Paris I, Master Droit Privé Géneral Universiad Paris II.

(2) Utilizo deliberadamente el término «actores» porque considero que, en la escena del daño, tanto la víctima como el dañador asumen un rol que, en mayor o menor medida, reclama una conducta determinada.

(3) PIZARRO, Ramón D. y VALLESPINOS, Carlos Gustavo, «Instituciones de Derecho Privado», Tomo 2, Ed. Hammurabi, Buenos Aires, 2007, pag. 587.

(4) BENITEZ CAORCI, Juan J., «La obligación de minimizar el daño», publicado en RC y S2009-VI-11.

(5) Como hemos anticipado, el deber de la víctima de mitigar el daño configura una noción diferente a la culpa de la víctima. Si bien las semejanzas son innegables, no puede desconocerse que el hecho del víctima es entendido como la causa o una de las causas del daño inicial y por lo general.

(6) DERAINS, Yves, L´obligation de minimiser le dommage Dans a jurisprudente arbitrale, pag.377 y 381 en Revue de droit des affaires internacionales, 1987.

(7) FERNANDEZ ZAMORA, Jesús A.: «La asunción de lo biológico, lo personal y lo moral en la realidad histórica», en Cuadernos de filosofía latinoamericana, Vol. 29, N 99, 2008.

(8) Cf. ZUBIRI, «Estructura dinámica de la realidad», Madrid, Alianza, 1989.

(9) GONZALEZ, Antonio: «Un solo mundo. La relevancia de Zubiri social para la teoría social», texto extraído del sitio web campus.claroline.net «Las acciones representan un ámbito de acceso a la realidad social anterior a la distinción entre objetividad y subj etividad, y por tanto anterior a las tentaciones tanto objetivistas como subjetivistas de las ciencias sociales. En realidad, tanto el objetivismo como el subjetivismo son explicaciones del hecho social y no su análisis primordial. Las acciones no constituyen algo ni subjetivo ni objetivo, sino algo actualizado en la aprensión primordial. Se trata de hechos que hay que analizar antes de proporcionar una explicación de los mismos».

(10) ELLACURIA, I.: «Filosofía de la realidad histórica», Ed. Trotta, Madrid.

(11) ZUBIRI, Xavier: «Sobre el hombre», Alianza Editorial, Madrid, España, 1986.

(12) Cf. REIFEGERST, Stéphan: «Por une obligatio de minimiser le dommage Puam», 2002, pag. 109.

Puede notarse, incluso, que la obligación de minimizar el daño responde al sentido común. Por ejemplo, si un vehículo que transporta productos congelados o perecederos sufre un accidente de tránsito, ¿Su responsable no debería tomar las medidas de conservación necesarias para evitar el deterioro inminente?

(13) Cf. FUENTES GUIÑEZ, Rodrigo: «El deber de evitar o mitigar el daño», pag. 223 en Revista de derecho de la Universidad de Concepción, N° 217, año LXXIII, 2005.

(14) VISINTINI, Giovanna Tratado de la responsabilidad civil

(15) SAMOUR, H. (2004): Zubiri y la filosofía de la liberación. En Nicolás, J.A. & Barroso O. (Ed. Balance y perspectivas de la filosofía de X. Zubiri.Granada; Comares).

(16) Asimismo la víctima que adopta medidas reductoras del daño tiene derecho a ser compensada por los gastos en los que hubiese incurrido en miras a la evitación del perjuicio. Cf. DE ANGEL YAGUES, Ricardo:, Tratado de responsabilidad civil, 3° edición, DeustoCivitas, Madrid, 1993, p. 845.

(17) SOLARI, Enzo: «El argumento cosmológico de Zubiri», Revista de Filosofía, Volumen 25, (2009) 115-141. Universidad Católica del Norte, pag. 128.

(18) ZUBIRI, Xavier (1962): «Sobre la esencia», Madrid: Sociedad de Estudios y Publicaciones, pag. 119.

(19) CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA, Capítulo Segundo «La comunidad humana», Artículo I «La persona y la sociedad» (1878 y 1879), Ed. Lumen.

(20) ENCICLICA «CARITAS IN VERITATE». Carta Encíclica del Sumo Pontífice Benedicto XVI sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad.

(*) Abogado (Diploma de honor), UCA. Especialización para la Magistratura. Doctorado en Derecho (tesis en preparación). Curso de posgrado en Derecho de Familia, Niñez y Adolescencia, UBA. Curso de posgrado en Gnoseología Aplicada a la Investigación, Programa de Formación de Investigadores. Coautor del libro «Derecho de Familia. Jurisprudencia comentada de la Cámara Civil y Comercial de Pergamino».

N. de la R.: Artículo publicado en Juris, Jurisprudencia Rosarina Online.