La abogacía es una profesión de contacto. López Miró, Horacio G.

Autor: López Miró, Horacio G. – Ver más Artículos del autor

Fecha: 6-mar-2017

Cita: MJ-DOC-10636-AR | MJD10636

Sumario:I. Presentación. II. La naturaleza dialéctica del proceso civil. III. La labor del abogado litigante.

Doctrina:

Por Horacio G. López Miró (*)

I. PRESENTACIÓN

La metáfora que da título a este artículo pertenece al Dr. Jorge F. Sánchez Almeyra -colega y amigo del Foro Rosarino-, y la he incorporado a mi archivo personal, pues entiendo que ella refleja -de manera soberbia- las condiciones materiales de la realidad en cuyo seno nos toca laborar.

II. LA NATURALEZA DIALÉCTICA DEL PROCESO CIVIL

Aun cuando el paso de los siglos ha modificado la naturaleza del proceso civil, transformándolo en un método de debate en lugar de un modo de combate, el mismo sigue siendo cruento, y algunas de las leyes del método dialéctico continúan gobernando su desarrollo, como lo hace -por ejemplo- la ley de la negación de la negación.

No se trata ya -como llegó a decir una escuela procesal romana- de vestirse y armarse para la guerra (1), pero, sin duda alguna, el objeto y fin de toda actuación abogadil es sostener la posición y el derecho de su cliente y derrotar al contrario, destruyendo sus argumentos y defensas. En fin, lograr que la bandera de su parte flamee victoriosa sobre las ruinas de la otra.

Los abogados no llevan adelante un proceso para hacerse amigos del colega de la contraria, ni de la contraparte misma, y en el ejercicio de su profesión harán todo lo legalmente posible para hacer prevalecer el derecho de su representado. La completa destrucción de las posiciones del adversario es condición indispensable para el triunfo de la propia pretensión.

En el juego pendular de afirmaciones y contradicciones, cada contrario aparece como negación del otro contrario. Cada negación tiene carácter objetivo, pues se materializa fuera de la conciencia humana y representa determinada relación de las cosas y fenómenos.La negación peculiariza el límite del ser de los objetos, tras el que termina el objeto dado y empieza el nuevo (2). En derecho procesal, esto significa que la posición asumida por una de las partes (actor o demandado), y la pretensión en ella contenida, tiene su límite en la contrapretensión sostenida por la contraria, existiendo -entre ellas- una relación objetiva y fatalmente antagónica, pues el triunfo de una de ellas significa la muerte jurídica de la otra, y la extinción de la primera es presupuesto irremplazable para la continuidad de la existencia de la segunda. En síntesis, para que una siga viviendo, la otra debe morir.

Muy esquemáticamente ejemplificado, diremos que la pretensión del actor es la primera afirmación que se postula al abrirse el proceso. Sin embargo, si la reacción del demandado consiste en negar lo afirmado por la actora, afirmando -a su turno- otro hecho distinto o simplemente limitándose a desconocer el primero, esta segunda afirmación se convierte, simultáneamente, en una primera negación.

Al tiempo, la sentencia que ponga fin al proceso superará esta primera contradicción original y -quiérase o no- negará aquella primera negación, alcanzando una decisión superadora, por lo que la sentencia se transforma dialécticamente en la negación de la negación.

III.LA LABOR DEL ABOGADO LITIGANTE

De la actuación profesional de los abogados en un proceso, podría decirse que durante su desarrollo y, en especial en las audiencias, debate uno con alguien que muestra una flor en una mano, mientras sostiene una piedra con la otra.

Terminada la audiencia, o el proceso todo, los abogados de las partes podrán reanudar sus anteriores relaciones personales, hasta el próximo encuentro, pero mientras la primera o el segundo sigan vigentes, deberá tratarse de una lucha sin cuartel, donde no se da ni se pide ayuda, clemencia ni favores.

Dentro del marco de la buena fe, y gobernado por las reglas procesales vigentes, los abogados darán lo mejor de sí para hacer prevalecer el derecho de su parte. Así, son válidas -y necesarias- las tácticas, maniobras y estrategias que puedan generar un perjuicio de fondo o procesal para la contraria. Por eso, lo que importa durante el desarrollo del proceso, no es la verdad real, sino la formal, para lograr que devengan aplicables los apercibimientos legales de cada carga procesal como, por ejemplo, el que corresponda por haberse dejado vencer el plazo para contestar la demanda o para el ofrecimiento de medios probatorios (3).

El conocimiento de las leyes procesales y su oportuna e inteligente aplicación es una cosa, y la obtención de una ventaja a través del fraude y el engaño, otra distinta. Mientras somos firmes defensores y partidarios de lo primero, condenamos sin concesiones lo segundo, impulsando la mayor sanción ejemplificadora para quienes incurren en tales prácticas desleales y tramposas. Hemos de admitirlo: hay abogados audaces, mendaces e incapaces.

Sin embargo de todo lo dicho, es claro que denunciar el equívoco del abogado de la contraria, en beneficio del derecho de nuestra parte, generará rispideces personales, momentos de tensión y -para el perjudicado- una importante sensación de frustración personal. Sobre todo, porque además de la ventaja obtenida y del mejoramiento de la posición de la parte representada por el abogado ganancioso, el perdedor deberá soportar las costas incidentales.Siendo muy difícil pedirle dinero al cliente para pagar las costas originadas en la propia torpeza procesal o en el desconocimiento del derecho de fondo, es de creer que el abogado deberá soportarlas con su propio peculio. Sobre llovido, mojado.

Hemos sido partícipes y testigos de casos en que uno de los abogados participantes en determinada audiencia ha puesto bien de manifiesto la supina falta de conocimiento de leyes procesales y de fondo, por parte del curial de la contraria. No apuntar el error cometido por el adversario hubiera sido traicionar el mandato recibido del propio cliente, haciéndose pasivo quien así actuare de las sanciones originadas en la violación del Código de Ética y hasta de una denuncia civil o penal, y posterior juicio de daños por responsabilidad profesional.

Se nos ocurre que, de situaciones como las que venimos comentando, pueden -al menos- surgir tres primeras conclusiones:

1. Que en el proceso deben participar sólo aquellos abogados que estén capacitados para ello, tanto desde el punto de vista del derecho de fondo como procesal, lo que claramente significa apartarse del caso cuando no se conozca el derecho aplicable.

2. Los abogados de las partes deberán entender que el proceso es un medio de debate, donde la victoria de una parte significa -insoslayablemente- la derrota de la otra, y donde no es posible obtener un triunfo sin que hayan existido encontronazos, contusiones y heridos por daños colaterales.

3. Terminada la audiencia, o el proceso, es posible que volvamos a encontrarnos con el mismo adversario una, varias o muchas veces más, por lo que no es recomendable manejarse con rencores ni odios o resentimientos personales.

Aun si ambas partes han litigado con conocimiento del derecho y en buena fe, habrá siempre un abogado ganador y otro perdedor. El primero cantará sus loas a la Justicia, y el segundo tratará de curar los golpes recibidos, recuperándose para una próxima vez. Claro está, que si el mismo resultado negativo vuelve y vuelve a repetirse, quizá fuera la hora de pensar en cambiar de profesión.Los derechos del cliente no son materia disponible o desechable, en manos de un abogado que no esté a la altura de los intereses en juego.

Difícil salir incólume después de una derrota, pues siempre habrá magullones que lamentar, por lo menos al propio orgullo, cuando no la dignidad vapuleada. La solución no es tomarse a golpes de puño con el colega de la contraria, a quien en última instancia habría que felicitar, sino retroceder sobre los propios pasos y preguntarse qué, cómo y cuándo se hicieron mal las cosas. Según nuestra opinión, no existe agravio alguno en consultar con otro abogado de mayor experiencia, cuando se cae en la cuenta de que la cuestión se está yendo de las manos.

Así visto el ejercicio de la abogacía, al menos para el abogado litigante, ¿no es razonable afirmar que se trata de una profesión de contacto?

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(1) Desde aquel punto de vista, la acción procesal era el mismo derecho, «casqué et armeé pour la guerre».

(2) BURLATSKI, F.: Materialismo dialéctico. Lima, Latinoamericana, 1988.

(3) Para un tratamiento más profundo sobre la verdad real y formal, véase nuestro trabajo: «De las mayúsculas y de las minúsculas. La contradicción entre la verdad real y la formal», en El Dial, mayo de 2008.

(*) Abogado litigante, se dedica exclusivamente a casos de responsabilidad civil médica, por la actora. Abogado argentino con título revalidado ante la Corte Suprema de Justicia del Estado de California, de los Estados Unidos.