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Septiembre… maestros, profesores y alumnos

maestraPor Roberto F. Bertossi (*)

«Por la ignorancia se desciende a la servidumbre,

por la educación se asciende a la libertad».

Diego L. Córdoba

En cada mes de septiembre, confluyen las efemérides de maestros (día 11)

profesores (día 17) y alumnos (día 21). Dichos sujetos activos y valiosísimos de

nuestra sociedad tienen por misión central enseñar y aprender, haciendo que los

deberes de civilidad como los derechos de ciudadanía se traduzcan en

capacidades efectivas para todo lo conducente al mejor desarrollo humano,

personal y comunitario y haciendo que las conserven.

Si bien no son favorables los vientos que soplan para los educadores, estas

vocaciones humanas abnegadas dedican su vida al «arte de educar» sobre

contenidos de programas de enseñanza y aprendizaje, padeciendo

crecientemente un destrato general, como una mezquina retribución, en particular,

lo que viene pauperizando lo fundamental de la educación, y consecuentemente,

la propia convivencia en la sociedad civil.

Hablamos de maestros y profesores que enseñan a escribir, a sumar, a leer y a ir

discerniendo la realidad, porque si bien «el saber no ocupa lugar», nada mejor que

el saber puede posicionar nuestra vida en el mejor lugar posible. Un saber para

ver mejor, para comprender el mundo, para adquirir conocimientos, autonomía e

independencia; no para ser un autómata, un robot o innominadas marionetas, sin

conciencia de sus derechos… un aprendizaje que nos facilite e instruya para la

vinculación entre personas, oportunidades e instituciones para el progreso y el

bienestar «de todos los todos del todo social».

El predominio de un utilitarismo recalcitrante con su esclavo predilecto, «el

consumismo presuntuoso», detesta todo lo que no produce valor en dinero, e

inútilmente pretende negar o ignorar que todo lo verdaderamente esencial (v. gr.,

la vida humana, la educación e incorporación de saberes, la libertad, la salud, las

ideas, el tiempo, el conocimiento, entre tantos otros bienes esenciales e

imprescindibles) el dinero no puede comprar.

Solo la educación es eficaz para resistir y combatir con éxito dicha mirada utilitaria

que desalienta e inhibe la búsqueda espontánea de saberes y conocimiento.

Podemos exhibir y considerar solo tres de las razones que justifican la utilidad del

conocimiento considerado inútil: 1. Los utilitaristas sostienen que con el dinero se

puede comprar todo, pero -como vimos- el conocimiento, no. 2. La educación

incrementa el patrimonio general, intelectual e intangible de quien aprende. El

dinero solo puede comprar mercancías. 3. La tercera, casi una consecuencia de la

segunda y elocuentemente autoexplicativa: Dos estudiantes llevan al colegio su

manzana y cada uno se alimenta con su fruto, dado lo cual ambos regresen a

casa sin su manzana. Pero si cada alumno llevó también una idea, la compartió e

intercambió, ambos regresarán a sus hogares -al menos- con dos ideas cada uno.

La educación es un derecho constitucional, que resulta operativo y de aplicación

inmediata, dado que solo dicha educación puede realizar a cada persona al

empoderarla para mejorar la razonabilidad de sus elecciones y decisiones vitales.

La educación es un tesoro y un activo que enriquece a todos sus protagonistas,

razón por la cual, el compromiso de un verdadero educador es que sus niños,

jóvenes o adultos, aprendan con placer, con alegría y atesoramiento de

apropiados y oportunos contenidos.

Así -entonces- ya no debemos menoscabar ni prescindir de maestros y profesores

entusiastas, dotados de esa vocación ejemplar y enaltecedora que hace de su

estadía docente, en el magisterio, un valor tan irrenunciable como innegociable, a

pesar de todas las dificultades, carencias, violencias, faltas de respeto y de

reconocimiento que atónitamente suelen afrontan con singular magnanimidad e

invalorable gallardía.

Conclusivamente y sin embargo, a la vocación probada de cada maestro o

profesor, siempre les merecerá interiormente la obtención de ese reconocimiento

único al ser «ellos» los autores y mentores de la buena formación de sus

estudiantes, los que reconocerán el valor de quien les abrió los ojos y su intelecto

para que pudieran entender y afrontar mejor el mundo y sus desafíos.

Finalmente, nada ni nadie como la educación y los educadores pueden

enseñarnos a hacer el mejor armado de nuestra valija, esa que acompañará el

viaje de nuestras vidas.

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(*) Investigador CIJS / UNC.

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