Las pandemias: un nudo gordiano que se desata con prudencia.

MédicoFecha: 26-may-2016

Cita: MJ-MJN-92907-AR

«El individuo está hecho de informaciones además de materia y energía, eso es específicamente humano»

Henri Laborit

Por el Doctor Ignacio Katz

Para el desprevenido, la irrupción del virus del zika produce alarma y preocupación, mientras los gobiernos ensayan algunas medidas. Pero la alarma tuvo antecedentes en múltiples alertas que no se unificaron en una interpretación cabal para la anticipación y preparación necesaria para mejorar las medidas gubernamentales con tiempo y coordinación.

Existe un doble peligro que conduce igualmente a la pasividad: la inacción del estupor frente a un alarmismo apocalíptico y la indiferencia rutinaria frente a las alertas. Ni resignarse al fatalismo, ni desentenderse del asunto. Se trata, en cambio, de adquirir la prudencia de la sagacidad (virtud que no se corresponde con el vicio perverso de la astucia al servicio del propio interés).

Lo cierto es que a veces las alertas son detectadas, pero no se toman en serio por los responsables políticos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió a Europa y al mundo sobre el ébola, pero la mayoría de los gobiernos abandonaron a África a su suerte, obviando que las fronteras no son muros sino membranas. La alerta epidemiológica es una responsabilidad sanitaria indelegable de los Estados, pero en la cual la colaboración internacional resulta indispensable. La Directora General de la OMS, Margaret Chan, además, auguraba ya en octubre pasado otra epidemia: «La interrelación entre humanos y animales es tan cercana debido a la deforestación y otras causas que va a seguir habiendo nuevas infecciones emergentes».

Efectivamente, las pandemias no responden al azar, sino que están vinculadas a un uso de la naturaleza que genera su destrucción, pero sobre todo a un peligro para la propia vida humana. Por ello debe actuar la constante vigilancia sanitaria como control de riesgo que preserve la vida comunitaria y con ello la vida misma. No se trata sólo de una ética solidaria, pues en el área de la salud la solidaridad no alcanza. Se trata de un problema intrincado y complejo, de reales nudos gordianos que implican en forma simultánea a sectores que afectan a la ciencia, a la tecnología, a la producción, al comercio y al respeto a la vida humana.

La sociedad contemporánea informa sobre sus productos industriales, pero oculta sus procesos ecológicos, como señala W. I. Thompson parafraseando a Gregory Bateson cuando señala las Implicaciones de la nueva biología. Se celebra el crecimiento del PBI como si equivaliera al progreso mientras que se desentiende de la contaminación, o se la trata como un esquivo efecto colateral sin responsables directos. Lo que existe es una agresión planetaria que abarca, sin pretender exhaustividad:

a) el cambio climático, con el crecimiento del dióxido de carbono (CO2)

b) el desmonte (en nuestra región principalmente por el crecimiento de la soja)

c) la minería, que obliga a un control del impacto ambiental por ser una actividad de alto riesgo

d) el petróleo, que incrementa el efecto invernadero

e) las radiaciones (con su efecto estocástico, es decir, a mediano y largo plazo)

Pero no se trata de «cuidar la tierra» como simple residencia de una abstracta especie humana, sino de preservar la vida humana que constituye una unidad con la naturaleza. Si imaginamos, con Isaac Asimov (en su libro Fundación), un planeta sustituto para continuar la humanidad, pero en el cual se perseverase en el mismo sistema de vida, se reproduciría el problema.

Los biólogos James Lovelock y Lynn Margulis plantearon en la década de 1980 la «hipótesis Gaia», que considera al planeta como una unidad viviente, a «la tierra como una construcción biológica». La idea nos ayuda a comprender que los parásitos, los desechos, los metales, el calentamiento global, los animales, las personas, los ríos, todo está conectado y resulta poroso. No podemos detener el fluir de la vida, pero sí, en parte, regularlo, y sobre todo no destruirlo.

Tenemos, por caso, las inundaciones que en la Argentina se deben en gran medida a la deforestación de los últimos 25 años, que nos ubica entre los diez países que más han desmontado en dicho período, alcanzando en nuestro caso la pérdida de 7,6 millones de hectáreas. Además, según especialistas locales, este año El Niño podría causar la peor inundación en 30 años, provocando más de 100.000 evacuados y tres millones de hectáreas inundadas en seis provincias.

El insumo básico para el desarrollo humano es, antes que nada, el pensamiento. «Si queremos vivir en armonía con los demás seres vivos del planeta debemos aprender a pensar cómo piensa la Naturaleza», nos enseña Bateson. En este sentido, frente a la pandemia, podemos identificar tres niveles:

I. microcosmos ———————- virus

II. mesocosmos ———————- hombre

III. macrocosmos ——————– planeta tierra

En biología, a la inversa que, en la física, se procede de los efectos a las causas, con lo cual tenemos el determinante, el condicionante y el predisponente. Pero ante la contingencia de cada nueva epidemia, volvemos a observar la incoherencia social y la falta de precauciones indispensables como la aplicación de cuarentenas (que en estos casos alcanza con 7 días). En nombre de la libertad y el individualismo no se puede caer en un libertinaje irresponsable y egoísta de pretender un libre arbitrio y circulación. Los gobiernos deben exigir las medidas necesarias para preservar la salud de sus habitantes.

Ciertamente, como sostiene Chan, «la salud no debería ser sólo preocupación de los médicos», pero éstos tampoco son un actor más, no pueden renunciar a su responsabilidad profesional y ética debido a la asimetría de sus conocimientos. Podemos, en principio, aprender de la historia de las pandemias. La cuarentena es una medida de prevención y control indispensable, cuya aplicación data nada menos que de 1377. En el dominio veneciano de Dubrovnik, en la actual Croacia, ante la Peste Negra, los ingresantes debían permanecer cuarenta días aislados. Como resultado, esa zona no sufrió el azote de la peste que se cobró la mitad de la población europea.

La pandemia se define por ser una enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región. Entre las más letales de la historia se encuentran: la Gripe Española (1918-1919), que se cobró 50 millones de muertos, el VIH Sida que asciende a unos 25 millones, la mencionada Peste Negra del siglo XIV, la viruela, hoy ya controlada, el cólera del siglo XIX que pervive aún en nuestros días, la Gripe asiática de 1957 y la Gripe de Hong Kong 1968-69, que se cobraron unas decenas de miles de muertos, y las más recientes Influenza AH1N1 2009, la gripe aviar de 2003, y el síndrome de la vaca loca de la década de 1990.

En nuestro país, el dengue avanzó a partir de la segunda mitad de la década de 1990, si bien existen antecedentes ya en 1780. A partir de 2003 comenzó a expandirse por todo el territorio nacional hasta llegar en la actualidad a Tierra del Fuego. Es decir que, más que cualquier «comité de crisis», se necesita conformar un verdadero «gabinete de acción» permanente, con un «tablero de comando», siempre al servicio de una planificación estratégica integrada.

Albert Camus afirmaba que el siglo XVII fue el de las matemáticas, el XVIII el de las ciencias físicas, el XIX de la biología, y que el XX era el siglo del miedo. Que este siglo XXI no sea el de la negligencia.

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Ignacio Katz. Doctor en Medicina (UBA).

Director Académico de la Especialización en Gestión Estratégica de Organizaciones de Salud Universidad Nacional del Centro (UNICEN).

Autor de: «Claves jurídicas y asistenciales para la conformación de un Sistema Federal Integrado de Salud» (Eudeba, 2012).

N. de la R.: Artículo publicado en la revista Médicos N.° 91 (marzo de 2016).

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