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Caso Nisman: cuando el sofismo y la persuasión son cuestión de estado.

nisman“El arte de la persuasión no está al servicio de la verdad sino de los intereses del que habla”


Por
Eduardo C. de Luján Auliu (*)

Distantes de la luminaria política y ciertamente pretensos de ajenidad a los efectos de lograr un estándar aceptable de observancia y objetividad. Así ha de tratarse, concebirse y analizarse el fallecimiento, reciente, del Sr. Fiscal Alberto Nisman.

La causa AMIA, tan cruenta como impune, es parte indiscutible del patrimonio argentino, pertenencia exclusiva del ser nacional, que estupefacto observa como independientemente de gobiernos, balanzas comerciales, multimedios y opiniones, la cuestión no encuentra respuesta definitiva a lo acaecido el 18 de julio de 1994. Una causa tan compleja como esquiva, que no puede ser resuelta, o en el peor de los casos, no se quiere resolver.

Con altísimos niveles de incredulidad y asombro, se asiste nuevamente en la República Argentina a una escena harto convulsionada, de cuestionamientos y crisis institucional, plagada de cruces inverosímiles que rozan la ridiculización del propio sofismo, aquel que otrora fuera enaltecido por notables como Eurípides, para luego caer en la desgracia conceptual de Píndaro.

Así las cosas, el sofismo de la clase política argentina ha caído en incontables casos al estrato más bajo de la dignidad y la lógica discursiva. Una vez más, la muerte, una instancia irreparable -y lamentable por cierto-, ha sido utilizada con fines políticos, efectistas y hasta podría decirse que insanos. El periodismo no es la excepción, pues, no obstante la corrección política que amerita el caso, la contienda verbal y escrita se libra indudablemente en portadas, comentarios y editoriales que no hacen más que complejizar la cuestión.

Habida cuenta de la repercusión del hecho, tal parece que cada ciudadano tiene una hipótesis de lo ocurrido, no obstante lo cual la masa parece separarse en torno a la motivación que el Fiscal hubo tenido al momento de –presumiblemente- poner fin a su vida, en caso de que así hubiere sido. Lo dicho, a ningún sitio conduce, o al menos no a un sitio noble, siendo que solo embebe de mayor notoriedad la actitud defensiva y ofensiva respecto de quienes fueran imputados por Nisman. Se exacerba la defensa de los representantes de gobierno o bien se amplifica la crítica a la gestión, pero nada sucede con el caso AMIA, que en tren de una lógica absurda pasa a segundo plano como otras tantas veces.

Que regresó antes de sus vacaciones porque temía su destitución, que pactó con medios críticos la difusión de material sensible, que tenía intereses creados contrapuestos al oficialismo, que el diario con mayor tirada a nivel nacional titulaba insidiosamente su primera plana, que los legisladores harían gala de toda su dialéctica en pos de la caída de tan pretensiosa denuncia. Nada de eso importa, o si, pero no es cuestión central. Es mera dispersión, persuasión de bajo calibre. Se habrá de discutir quien apretó el gatillo, quien pudo facilitar el arma mortal, quien pudo incidir en la decisión en caso de probarse un suicidio, quien se comunicó con el difunto antes de su muerte, pero ello no hace al caso AMIA. Porque más allá de la pretensión de anexar las causas en lo mediático, las víctimas del atentado siguen sin justicia, y al margen de cartas de repudio, solidaridad y demás sentimientos, el caso AMIA no ha sido resuelto, y con acontecimientos como el presente la sensación es que se está cada vez más lejos de la verdad, o al menos de que sea conocida.

Los medios no son opositores, son críticos. En esa lógica pueden -y para algunos deben- mostrar una realidad que no necesariamente sea del agrado de quien detenta la gobernación del Estado Nacional. Sin perjuicio de lo dicho, los medios críticos son privados, y sus potenciales calumnias e injurias están sujetas a la normativa vigente, sin limitación alguna de la libertad de prensa. Lo que deviene inconcebible es que funcionarios públicos y adeptos a una idea de país, intimiden solapadamente sin reparo a todo aquel que ose contrariar su versión de los hechos. Independientemente de si la denuncia elevada por Nisman fue de una inexpugnable veracidad, o bien se tratare de una falacia montada, fantástica y delirante de un fiscal con ansias de protagonismo -como parte del arco político describió-, en una sociedad con pretendido civismo no debe haber ni un mínimo resquicio para la opresión de quienes no comulgan con una ideología.

Lo que quedará en breve, después que la autopsia hable, los presidenciables ofrenden sus discursos, los periodistas elucubren y teoricen, y la clase política valore de acuerdo a su signo el hecho e intenten alzarse con la razón, será más injusticia, y la frustrante sensación de que cuando se habla del atentado a la AMIA, el aire se espesa de manera tan irremediable como temible.

(*) Abogado, UBA. Periodista. Especializando en Derecho del Trabajo, UBA. Coordinador de Laborjuris, suplemento de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de Microjuris.

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