Una testigo vio cuando «Liliana» Medina pagaba por Marita

La horrorosa historia de Andrea D. (32) podría empezar de muchas maneras, todas estremecedoras. El principio de su declaración, hoy a la mañana, impactó hasta a los propios acusados de secuestrar y prostituir a Marita Verón, y provocó un murmullo en la sala.

Cuando el presidente del tribunal le leyó sus nombres, dijo conocer a los nueve imputados de La Rioja, pero no a los cuatro de Tucumán. Sin embargo minutos después, cuando el defensor de María Jesús y Víctor Rivero los hizo poner de pie, la joven no dudó: «A la señora la conozco».

 «La conocí en el (prostíbulo) Candy, (y) en la casa de ‘Liliana’ (Medina), porque yo escuchaba cuando ella le tiraba los contactos, para que ella consiga chicas para ‘Liliana’. Dos o tres veces la vi». Rivero está acusada de ordenar a su hermano el secuestro de Marita Verón. Ya en abril, el testigo Julio Mohfaud la había vinculado con el tráfico de mujeres a La Rioja y Catamarca. En la casa de Medina, en cumpleaños familiares, la testigo también vio dos veces a la ex pareja de Rivero, Rubén «La Chancha» Ale, aunque no supo decir a qué se dedicaba.

 Cuando tenía 15 años, Andrea fue secuestrada en una calle de Aristóbulo del Valle (Misiones), por los imputados Carlos Luna, José «Chenga» Gómez, su medio hermana Patricia Medina y Antonella Smith. Le ataron las manos, le pusieron un revólver en la cabeza y la llevaron a La Rioja, sin escalas ni para ir al baño. Durante un tiempo fue esclava sexual del «Chenga», en Candy, y luego se la pasó a su madre, «Liliana» Medina, quien la tuvo como esclava doméstica y los fines de semana la prostituyó en Candilejas y El Desafío.

 Ocho años permaneció cautiva, hasta que pudo escapar. En esa impunidad de sus captores, Andrea presenció el momento en que Medina pagó por Marita Verón. Frente a la casa de Medina en las afueras de La Rioja, vio bajar a la víctima de un auto blanco, conducido por un hombre a quien describió, y acompañada por una mujer. Sin titubear, con voz firme, sin discrepancias respecto de sus declaraciones de marzo y abril de 2004, narró situaciones terribles, sin que el llanto le hiciera perder la entereza.

 «A Marita la dejó esta señora ahí, y antes de que se vaya, (Medina) me pidió que vaya a sacar una plata que estaba en la caja fuerte; mientras la sacaba, me miraba. Le entregó la plata a esta señora». Medina «me presenta, dijo que yo me llamaba Yanina –el nombre de fantasía que le habían impuesto–, y me dijo ‘Ella es Marita'». En un momento en que quedaron a solas, «me preguntó si yo tenía chicos. Yo le contesté que sí, un bebé. Me dijo que ella había dejado una beba con su mamá, en Tucumán».

 Andrea describió bien a Marita, de aspecto diferente esa misma noche y la siguiente, cuando ya la habían llevado a teñir y le habían puesto lentes de contacto celestes. «A Marita Verón la llevaron al Candilejas, que es de ‘Liliana’ Medina, para que ella vaya a prostituirse, por supuesto –apuntó la testigo–. Pero la veía que no era una chica que ‘trabajó’. Yo la notaba nerviosa, con los ojos rojos, que estaba con ganas de llorar. La vi dos días y no la vi más». La joven supo que Medina después vendió a Marita a uno de sus hijos, «El Chenga».

 Tiempo después, Andrea estaba con Medina cuando, en un programa de televisión conducido por Guillermo Andino, vio a Susana Trimarco y Daniel Verón. «‘Liliana’ se reía y se reía. Dijo que los padres de Marita eran unos boludos, porque la buscaban y ella estaba en España. Después me dijo: ‘No digas nada’, como siempre me amenazó que me iba a matar si yo hablaba».

 Según la testigo, unos días después, Medina le ordenó sacar 50.000 pesos de una caja fuerte, «para dar al doctor Leiva, que le iba a dar al doctor Blasco, para tapar una denuncia que le habían hecho a ella en Tucumán, (…) por Marita Verón».

 La testigo describió en detalle las funciones de cada uno y cada una de quienes intregraban la red de explotación sexual y trata. De Azucena Márquez –conocida como «Doña Claudia»–, dijo que «también ‘trabajaba’ con ‘Liliana’ en el Candy; venían ‘trabajando’ de chiquitas las dos, de 13, 14 años, de prostitutas, y así se hicieron los locales».

 La joven fue muy clara respecto de la compraventa de mujeres y describió los contactos que tenían los miembros de la red, también con San Juan, Mendoza y España. «No sé decir el nombre de la persona que traía a las mujeres. Venían los ‘fiolos’, que traían las chicas –dos, tres chicas– para ‘trabajar’ en el Candy; por ahí veía a las chicas, y por ahí no las veía más». Del mismo modo, vio mujeres embarazadas, se enteró de que algunas habían dado a luz, pero no supo nada de esos bebés.

 Pero también presenció cómo «Medina y ‘Claudia’, cuando estaban embarazas de 3 meses, 5 meses o más, las hacían abortar».

 En la memoria de Andrea no hay fechas –»Me hicieron perder mucho tiempo, en el cual no pude estudiar (es analfabeta), ni tener otro oficio, otros trabajos»–, pero sí escenas marcadas con un hierro candente. Recordó que «en el Candy había una brasilera que hacía dos meses que estaba ahí y se quería ir a su casa, y lloraba, y (Medina) nunca la dejaba ir (…). Un día subió allá arriba (al segundo piso) con ‘El Chenga’, y la discusión fue fuerte. La chica la amenazó que la iba a denunciar porque no la dejaba volver a su país. ‘Liliana’ la agarra, le pega, la desmaya y la tira allá abajo, a un patio del Candy».

 «Me llama arriba para amenazarme –continuó la testigo–, que si yo abría la boca me iba a hacer lo mismo. A la noche veo que cruzaban con carretillas por adentro del negocio, se veía que llevaban una bolsa negra de residuos. No vi cómo la cargaron, ni en qué auto la llevaron».

 Sin documento porque Medina se lo había quemado en su presencia, golpeada casi todos los días por su captora, Andrea también fue obligada a ingerir grandes cantidades de bebidas alcohólicas, y a aspirar cocaína los fines de semana, antes de ser puesta a disposición de los consumidores de sexo. Varias veces intentó escaparse, sola y con otra chica. «Yo pedía a Dios que me ayudara, que algún día iba a salir de ahí. No fue tan así, pero al menos me pude reencontrar con mi familia».

 En mayo de 2003, un «cliente» remisero la ayudó a huir y la dejó en Patquía. Perdida, un automovilista la entregó a Mimos, un prostíbulo de Nonogasta, cuyo dueño, Raúl Pierri, prometió pagarle para que pudiera volver a su hogar, pero la explotó. Cuando Pierri fue detenido por la causa Marita Verón, la hizo declarar lo que le había contado. Así fue como conoció a Susana Trimarco, quien la ayudó a reencontrarse con su familia.

 «Cuando bajé del micro, yo no la conocí a mi mamá», admitió. Su hija bebé, que había quedado con ella, «como mis padres no tenían cómo criarla, se la dieron al padre de ella (el novio de Andrea) y a la abuela paterna. Pero ellos se mudaron a Brasil y tardamos mucho en encontrarlos». Recién hace nueve meses, la joven pudo reencontrarse con su hija.

Fuente: www.clarin.com.ar

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: