#Doctrina ¿Es siempre un daño morir? Eutanasia, principalismo y una crítica antropológica a la noción de daño

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Autor: Radosta, Darío I.

Fecha: 13-07-2026

Colección: Doctrina

Cita: MJ-DOC-18868-AR||MJD18868

Voces: EUTANASIA – DERECHOS INDIVIDUALES – ENFERMEDADES – RELACIÓN MEDICO PACIENTE – DERECHO A LA SALUD – AUTONOMÍA DE LA VOLUNTAD – DERECHO A LA INTIMIDAD – PRINCIPIOS BIOÉTICOS

Sumario:
I. Introducción. II. El principalismo como lenguaje común de la ética clínica. III. El problema de una concepción universalista del daño. IV. La solicitud de eutanasia como contexto moral específico. V. Eutanasia, beneficencia y no maleficencia. VI. Conclusiones.

Doctrina:
Por Darío I. Radosta (*)

I. INTRODUCCIÓN

En estos últimos meses, la posible legalización de la eutanasia en Argentina se ha vuelto a instalar en el debate público. La conformación de la Campaña Nacional por el Derecho a la Eutanasia (1), la presentación de diversos proyectos legislativos en el Congreso de la Nación (2) y la reciente realización de la primera eutanasia legal en Uruguay (3), han vuelto a poner en evidencia la necesidad de discutir los límites de la autonomía personal, el alcance de los derechos en el final de la vida y el papel que corresponde a los profesionales de la salud frente al sufrimiento humano.

En este contexto, una de las preocupaciones frecuentes frente a la legalización de la eutanasia, y que personalmente considero genuina y pertinente de ser abordada, no refiere a argumentos religiosos o jurídicos, sino a consideraciones provenientes de la ética clínica. Desde esta perspectiva, los profesionales de la salud suelen sostener, en ocasiones, que no podrían llevar cabo una eutanasia porque esta es una práctica destinada a provocar la muerte de un paciente, y ello iría en contra de los principios fundamentales que orientan el ejercicio de la medicina (preocupación que, insisto, me parece absolutamente legítima). La eutanasia aparecería, así, como una acción incompatible con la obligación profesional de no dañar y de preservar la vida.

El presente trabajo busca cuestionar esta afirmación. Más específicamente, se propone defender el argumento de que la eutanasia puede ser compatible con los principios de la ética clínica formulados por Beauchamp y Childress, marco normativo que continúa constituyendo uno de los lenguajes más extendidos y aceptados dentro de la bioética contemporánea. Para ello, se argumentará que la aparente incompatibilidad entre eutanasia y principalismo descansa sobre una concepción objetivista y universalista de la noción de daño. Desde una perspectiva antropológica, en cambio, las categorías morales adquieren sentido en contextos concretos de interacción social y experiencia humana.Considerado desde esta óptica, el acto de poner fin a la vida de una persona que experimenta un sufrimiento intolerable e irreversible no necesariamente constituye un daño. En determinadas circunstancias, puede incluso interpretarse como una acción benéfica y compatible con los principios fundamentales de la ética clínica.

II. EL PRINCIPALISMO COMO LENGUAJE COMÚN DE LA ÉTICA CLÍNICA

Desde la publicación de Principles of Biomedical Ethics en 1979, Tom Beauchamp y James Childress (2011) desarrollaron un marco analítico destinado a orientar la resolución de conflictos éticos en el ámbito sanitario. Su propuesta, conocida habitualmente como principalismo, se estructura alrededor de cuatro principios fundamentales: respeto por la autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia (4).

El principio de autonomía establece la obligación de respetar la capacidad de las personas para tomar decisiones informadas acerca de sus propias vidas. La beneficencia exige promover el bienestar de los pacientes. La no maleficencia obliga a evitar la producción de daños injustificados. Finalmente, el principio de justicia refiere a la distribución equitativa de beneficios, riesgos y recursos sanitarios.

La enorme influencia alcanzada por este enfoque se debe, en parte, a su capacidad para funcionar como un lenguaje común entre profesionales provenientes de diferentes tradiciones filosóficas, religiosas y culturales. Más que ofrecer una teoría moral exhaustiva, el principalismo proporciona un conjunto de criterios compartidos para analizar situaciones clínicas complejas. En el ámbito iberoamericano, Diego Gracia (2004) ha señalado que estos principios constituyen uno de los principales marcos de referencia para la deliberación ética en la práctica clínica contemporánea, al punto de convertirse en una suerte de lenguaje compartido para el análisis de conflictos morales en salud.

Sin embargo, cuando la discusión gira en torno a la eutanasia, suele afirmarse que estos principios entran en conflicto. Por un lado, el respeto por la autonomía parecería respaldar el derecho de una persona competente a solicitar ayuda médica para poner fin a su vida en determinadas circunstancias.Por otro, el principio de no maleficencia impediría a los profesionales intervenir activamente para provocar la muerte, dado que terminar con la vida de alguien constituiría necesariamente una forma de daño (que se vería, por la irreversibilidad de la muerte, como injustificado).

La consecuencia de este razonamiento es conocida: aun cuando aparezca como una decisión autónoma y legítima del paciente, la eutanasia seguiría siendo éticamente inadmisible porque implicaría una vulneración del deber profesional de no dañar. Sin embargo, esta conclusión depende de una premisa que debe ser sometida a examen crítico: la idea de que la muerte constituye siempre y en cualquier circunstancia un daño para quien la experimenta, o bien, que puede definirse objetivamente qué implica un daño (lo que es similar a considerar que el sentido del daño es independiente de todo contexto histórico y cultural específico en el cual se vehiculiza esa categoría).

III. EL PROBLEMA DE UNA CONCEPCIÓN UNIVERSALISTA DEL DAÑO

La idea presentada anteriormente descansa entonces sobre una comprensión particular de la noción de daño. En ella se presupone que ciertas acciones poseen un significado moral intrínseco y universal, independientemente de los contextos en los que ocurren. La muerte sería una de ellas. Quitar la vida a una persona constituiría necesariamente un daño porque la vida sería un bien objetivo cuyo valor no depende de las circunstancias concretas ni de las interpretaciones de los sujetos involucrados (5).

No obstante, esta manera de comprender las categorías morales presenta dificultades importantes. Desde hace décadas, las ciencias sociales han mostrado que conceptos aparentemente evidentes como persona, sufrimiento, dignidad, autonomía o calidad de vida no poseen significados fijos y universales. Por el contrario, son construcciones históricas, culturales e intersubjetivas que adquieren sentido en prácticas concretas de interacción (Geertz, 2003).

La antropología social ha contribuido de manera decisiva a evidenciar este carácter contextual de las categorías humanas.Las personas no experimentan el dolor, la enfermedad, la dependencia o la muerte a partir de definiciones abstractas elaboradas por la filosofía moral. Lo hacen desde marcos de significado construidos socialmente, atravesados por trayectorias biográficas, relaciones afectivas, expectativas culturales y experiencias corporales específicas. Como sostiene Geertz (2003), los seres humanos viven inmersos en tramas de significación que ellos mismos han tejido, por lo que comprender una acción o un valor moral exige reconstruir los contextos de sentido en los que adquieren significado. Desde esta perspectiva, categorías como daño, dignidad o sufrimiento no pueden entenderse como realidades universales independientes de las interpretaciones de los actores sociales.

Esta observación posee consecuencias relevantes para la bioética. Si conceptos como dignidad, sufrimiento o autonomía son construcciones situadas, resulta difícil sostener que la noción de daño pueda escapar a esta condición. Lo que una persona considera dañino para sí misma no necesariamente coincide con lo que otra persona experimenta como tal. Tampoco coincide necesariamente con las definiciones elaboradas desde instituciones médicas, jurídicas o religiosas.

Esto no significa que toda evaluación moral sea puramente subjetiva ni que cualquier decisión individual deba ser aceptada sin cuestionamientos. Significa, más modestamente, que las categorías morales deben interpretarse a la luz de los contextos concretos en los que adquieren significado. El daño no puede ser definido exclusivamente desde una perspectiva externa al sujeto que lo experimenta (ni se le puede imponer, sin que sea un conflicto ético, una significación del daño o el sufrimiento que no le sea propia o le haga sentido).

IV. LA SOLICITUD DE EUTANASIA COMO CONTEXTO MORAL ESPECÍFICO

Las solicitudes de eutanasia constituyen uno de esos contextos particulares en los que las categorías morales adquieren significados específicos. La antropología médica ha mostrado que el sufrimiento no puede reducirse a una alteración biológica objetivamente observable.Se trata de una experiencia profundamente humana que involucra dimensiones corporales, emocionales, sociales y morales (6). Kleinman (1988) y Le Breton (1999), en este sentido, sostienen que comprender el sufrimiento requiere atender a los significados que las personas atribuyen a su experiencia de enfermedad, dependencia y deterioro, y no únicamente a los indicadores clínicos mediante los cuales estas situaciones son evaluadas por los profesionales de la salud.

Quienes solicitan una eutanasia suelen encontrarse atravesando situaciones caracterizadas por sufrimientos físicos, psicológicos o existenciales que consideran intolerables. Con frecuencia, además, estos padecimientos se presentan como irreversibles y resistentes a las intervenciones terapéuticas disponibles. Lo que está en juego no es simplemente la proximidad de la muerte, sino la experiencia de una vida percibida como incompatible con los propios estándares de dignidad, bienestar o identidad personal.

En estas circunstancias, muchas personas llegan a considerar que la continuación de la existencia constituye una fuente de daño mayor que la propia muerte. Desde su perspectiva, el sufrimiento cotidiano, la pérdida progresiva de capacidades, la dependencia extrema o la imposibilidad de encontrar alivio transforman la prolongación de la vida en aquello que debe evitarse.

Si aceptamos que la evaluación del daño no puede desvincularse completamente de la experiencia de quienes lo padecen, entonces la situación adquiere una complejidad diferente. La pregunt a ya no consiste únicamente en determinar si provocar la muerte es dañino. También debemos preguntarnos si obligar a una persona a continuar viviendo en condiciones que considera intolerables puede constituir una forma de daño.

La respuesta a este interrogante resulta particularmente relevante para el análisis bioético. En efecto, si la continuidad de la vida es experimentada por el propio sujeto como una fuente persistente e irreversible de sufrimiento, entonces la identificación automática entre muerte y daño deja de ser evidente. El daño podría encontrarse precisamente en la prolongación forzada de una existencia que el individuo ya no considera compatible con sus propios valores y proyectos.

V.EUTANASIA, BENEFICENCIA Y NO MALEFICENCIA

A partir de estas consideraciones es posible reconsiderar la relación entre eutanasia y principalismo.

El principio de autonomía encuentra una aplicación relativamente directa en los casos de eutanasia voluntaria. Una persona competente, adecuadamente informada y libre de coerciones expresa de manera persistente su deseo de poner fin a su vida en determinadas circunstancias. Respetar esa decisión implica reconocer su capacidad para definir los cursos de acción que considera compatibles con sus valores fundamentales.

Más controvertida resulta la relación con los principios de beneficencia y no maleficencia. Sin embargo, la dificultad disminuye cuando se abandona una comprensión abstracta del daño y se examina la situación concreta de quien formula la solicitud.

Si el sufrimiento experimentado por la persona es intolerable, irreversible y refractario a las alternativas terapéuticas disponibles, entonces ayudarla a alcanzar el final de vida que considera compatible con su dignidad puede interpretarse como una acción orientada a promover su bienestar. En este contexto, la eutanasia deja de aparecer exclusivamente como una intervención destinada a provocar la muerte y pasa a comprenderse como una intervención destinada a aliviar un sufrimiento que el propio sujeto considera insoportable.

Del mismo modo, el principio de no maleficencia no exige necesariamente la preservación biológica de la vida en cualquier circunstancia. Lo que exige es evitar daños injustificados. Si la continuación de la existencia constituye precisamente aquello que la persona identifica como el principal daño que padece, entonces la obligación moral de no dañar puede adquirir un significado diferente.

Desde esta perspectiva, la eutanasia no sería una excepción a los principios de la ética clínica, sino una posible aplicación de ellos en contextos específicos y rigurosamente regulados. Lejos de contradecir la beneficencia, podría constituir una expresión de ella.Lejos de vulnerar la no maleficencia, podría representar una forma de evitar daños que el paciente considera intolerables.

Esta interpretación resulta consistente con los enfoques deliberativos desarrollados por Gracia (2004), quien sostiene que los conflictos éticos no pueden resolverse mediante la aplicación automática de principios abstractos, sino a través de procesos prudenciales de deliberación que tengan en cuenta las circunstancias particulares de cada caso. Desde esta perspectiva, la valoración moral de una solicitud de eutanasia requiere considerar la totalidad de los bienes, valores y sufrimientos involucrados, evitando soluciones simplificadoras que identifiquen de manera automática la preservación biológica de la vida con el bien moral.

Naturalmente, esta conclusión presupone la existencia de salvaguardas estrictas destinadas a garantizar la voluntariedad de la decisión, la capacidad de quien la adopta, la ausencia de presiones indebidas y la inexistencia de intereses espurios por parte de familiares o profesionales. Pero una vez satisfechas estas condiciones, la incompatibilidad entre eutanasia y ética clínica deja de ser evidente.

VI. CONCLUSIONES

Una de las objeciones más persistentes a la eutanasia sostiene que esta práctica resulta incompatible con los principios fundamentales de la ética clínica. Sin embargo, un examen más detenido del principalismo permite cuestionar esta afirmación.

La supuesta contradicción entre autonomía y no maleficencia depende de una concepción universalista del daño que identifica automáticamente la muerte con un perjuicio para quien la experimenta. Desde una perspectiva antropológica, en cambio, las categorías morales son construcciones intersubjetivas cuyo significado depende de sus contextos concretos de utilización.

Las solicitudes de eutanasia constituyen precisamente uno de esos contextos particulares. En ellas, la continuidad de la vida puede ser experimentada como una fuente de sufrimiento intolerable e irreversible. Cuando esto ocurre, la muerte deja de aparecer necesariamente como el principal daño posible. En determinadas circunstancias, el daño puede encontrarse en la prolongación obligada de la existencia.

Por esta razón, la eutanasia no debe ser entendida necesariamente como una práctica contraria a la ética clínica.Bajo condiciones rigurosas de voluntariedad, capacidad y control institucional, puede interpretarse como una acción compatible con los principios de respeto por la autonomía, beneficencia y no maleficencia. Más aún, puede constituir una respuesta ética frente a situaciones en las que el respeto por la experiencia moral de las personas requiere reconocer que el sufrimiento, y no la muerte, es aquello que se está tratando de evitar.

El debate sobre la eutanasia no enfrenta simplemente a quienes valoran la vida y quienes valoran la autonomía. También interpela nuestras concepciones acerca del daño, el sufrimiento y la dignidad humana. En este sentido, la antropología social puede aportar herramientas fundamentales para enriquecer una discusión que, lejos de agotarse en principios abstractos, involucra siempre experiencias concretas de personas que enfrentan el final de sus vidas. El aporte de la antropología social no consiste en reemplazar los principios de la ética clínica, sino en contribuir a una comprensión más compleja y contextualizada de las categorías morales que dichos principios pretenden proteger.

Referencias bibliográficas

Beauchamp, T. L., & Childress, J. F. (2011). Principios de ética biomédica (6.ª ed., T. Gracia, Trad.). Masson.

Geertz, C. (2003). La interpretación de las culturas (12.ª ed.). Gedisa.

Gracia, D. (2004). Fundamentos de bioética (2.ª ed.). Triacastela.

Kleinman, A. (1988). The illness narratives: Suffering, healing and the human condition. Basic Books.

Le Breton, D. (1999). Antropología del dolor. Seix Barral.

Radosta, D. y Paschkes Ronis, M. (2026) «Sufrimiento existencial y autonomía. Aportes a los debates sobre la eutanasia y el suicidio médicamente asistido en Argentina», en: Salud Colectiva. 22:1-8.

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(1) Se creó la Campaña Nacional por el Derecho a la Eutanasia | La tinta. Lanzaron la Campaña Nacional por el Derecho a la Eutanasia en Argentina: ¿de qué se trata?

(2) Particularmente los presentados por los diputados Nicolás Trotta, Esteban Paulón y Sergio Capozzi, y los senadores Carolina Moisés y Guillermo Andrada, que son los cuatro anteproyectos más recientes (Moisés y Andrada lo presentaron en conjunto).

(3) Uruguay realizó la primera eutanasia legal.Se realizó la primera eutanasia legal en Uruguay en una paciente oncológica de 69 años que cursaba etapa terminal.

(4) Por supuesto no desconozco la existencia de otras corrientes de reflexión ética aplicadas a la resolución de dilemas en la labor clínica, como pueden ser la casuística, la ética del cuidado, las éticas narrativas, la ética de la virtud o el enfoque de deliberación clínica desarrollado por Diego Gracia. Sin embargo, dada la extensión del escrito y la necesidad de enmarcar de manera comprensible el argumento, me centraré fundamentalmente en el principalismo (dada su relevancia y alcance).

(5) Afirmar esto no implica bajo ningún sentido aceptar que no existe valor en la vida humana o que el acto de terminar con la vida de otro deba ser considerado benéfico en cualquier circunstancia. A ambas ideas, tanto la vida como la muerte, el daño como el beneficio, les cabría el análisis crítico que estoy tratando de llevar como argumento en este apartado.

(6) En otro escrito (Radosta y Paschkes Ronis, 2026) he abordado la cuestión del sufrimiento existencial en las solicitudes de eutanasia con relación a los anteproyectos de ley presentados en Argentina.

(*) Doctor en Antropología Social – EIDAES/UNSAM. Especialista en Bioética – FLACSO. Diploma Superior en Bioética – FLACSO. Licenciado en Antropología Social y Cultural – EIDAES/UNSAM. Miembro de la Asociación Argentina de Medicina y Cuidados Paliativos: 2022 – 2024. Miembro de la Red de Cuidados, Derechos y Decisiones en el Final de la Vida de CONICET: 2021- actualidad. Miembro del Colegio de Graduados en Antropología: 2020 – actualidad. Director del Programa de Estudios sobre la Muerte y la Persona en el Final de la Vida (UNSAM): 2025 – actualidad.

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