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#Doctrina La muerte tiene mala prensa. Reflexiones a propósito del caso Martha Sepúlveda

Autor: Ciruzzi, María S.
Fecha: 12-nov-2021

Cita: MJ-DOC-16295-AR | MJD16295

Doctrina:

Por María S. Ciruzzi (*)

En un determinado estado es indecente continuar viviendo. Continuar vegetando cobardemente dependiendo de médicos y aparatología, luego de que el significado de la vida, el derecho a la vida se hayan perdido, debería producir un profundo desprecio en la sociedad. Quiero morir orgullosamente cuando ya no sea posible vivir orgullosamente.

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Nietzsche

El domingo 10 de octubre a las 7 de la mañana, Sepúlveda esperaba morir. A esa hora ya debía haber ido a la clínica Instituto Colombiano del Dolor, Incodol, en Medellín, se habría ubicado en un cuarto donde le habrían preguntado en varias oportunidades si entendía las consecuencias de su decisión y si estaba de acuerdo, y ella habría dicho que sí. Luego le habrían inyectado un sedante con otras sustancias y, sin consciencia, moriría por un paro cardiorespiratorio. «Inconsciente y sin dolor».

Luego, como la mujer lo había pedido, se haría una misa y se cremaría su cuerpo, todo el mismo domingo, día importante para una mujer católica como ella. Terminaría así con el sufrimiento que le produce la enfermedad por la que requiere ayuda para caminar.

Nada de eso ocurrió. Misa, cremación y encuentros familiares para recordarla quedaron suspendidos. Un comité científico de personas que ella no conoce, y que ya había autorizado antes su eutanasia, decidió que no sería así (1).

El 27 de octubre, la justicia concedió el amparo interpuesto por Sepúlveda y ordenó que las autoridades del IPS acuerden con la amparista la fecha del procedimiento (2).

¿Es la muerte un mal? ¿Es la vida un bien? Enunciados interrogativos tan breves tienen, sin embargo, una profundidad filosófica, jurídica y moral imposible de soslayar. La muerte vista como la deprivación de un bien (la vida) resulta falaz: no toda vida es buena porque cada uno de nosotros viene de distintos infiernos, de distintas experiencias que dotan a la vida de un valor determinado, individual e intransferible. Un argumento casi de Perogrullo: el suicidio.Más allá de obviar los planteos acerca de si el acto suicida es una manifestación de autonomía o de enfermedad mental (por no ser objeto del presente), lo cierto es que el suicidio nos emplaza en el lugar de quien detenta la vida pero no la desea.

Pero la vida y la muerte también son hechos culturales: la cultura occidental suele temer a la muerte, mientras que la cultura oriental y aborigen suele ver a la muerte como parte integral del proceso de vida. No la perciben ni como amenazante ni como menoscabo. «En torno a ese sentimiento se han erigido prohibiciones que, desde el punto de vista de la teoría de los derechos humanos y la filosofía política, contradicen los clásicos principios de autonomía y dignidad personal, dejando a las víctimas a merced de encíclicas y sentencias que señalan, en última instancia, que nuestra vida no nos pertenece y que sólo nos queda vivirla, aun bajo las peores condiciones y sufrimientos. La muerte, estiman quienes apoyan estas restricciones, es siempre un mal» (3).

Vemos que lo que caracteriza fuertemente a la muerte es la ausencia. No hay duda de que la ausencia es percibida como un mal, un daño, una merma. La pérdida del ser querido produce un vacío en los afectos. El arrebatamiento de lo que teníamos, no solo la imposibilidad de incorporar mayores bienes, es un elemento distintivo de la muerte. Sin embargo, ello no necesariamente implica que la vida sea un bien en sí mismo, o que sea un bien siempre, inmutable.

¿Qué se esconde detrás del deseo de «apurar la muerte», del deseo de morir?El magnífico artículo de Cristina Monforte-Royo et al (4) nos permitirá esbozar algunas herramientas de análisis en este punto en particular.

La primera cuestión a destacar reside en la dificultad de poder definir el concepto de «desear apurar la muerte» (WTHS, por sus siglas en inglés). Surgen dificultades en distinguir claramente entre un deseo general de morir, el deseo de adelantar la muerte y los pedidos de eutanasia o suicidio médicamente asistido. Por lo que resulta necesario poner en evidencia que, en muchos documentos y artículos, se utilizan -indistinta e intercambiablemente- expresiones tales como «deseo de morir», «querer morir», «deseo de apresurar la muerte», «deseo de una muerte temprana», «solicitud de muerte temprana», «solicitud para morir», «solicitud de eutanasia», «solicitud de ayuda al suicidio», entre otras (5).

La segunda cuestión, está referida a la etiología del deseo de morir. Algunos de esos factores incluyen el dolor, la depresión, la desesperanza, la sensación de ser una carga para los otros y la pérdida de la autonomía. Muchos aspectos socio-culturales también pueden jugar un rol importante en relación con el origen de tal deseo, como el acompañamiento, sostén y presencia familiar. El problema es que la información que se puede obtener al respecto abreva en fuentes totalmente subjetivas, ya sea el propio paciente o su entorno familiar o asistencial.

Seis son los temas fundamentales que Monforte-Royo y sus colegas han identificado como determinantes en la expresión del deseo de morir:

1) Como respuesta al sufrimiento físico/psicológico y espiritual: este deseo es un fenómeno complejo, de etiología multifactorial, que usualmente se dispara a partir de la exacerbación de los síntomas físicos y/o psicológicos, alcanzando una situación de distress emocional y desesperanza.

2) Como pérdida del ser: refleja una respuesta a la pérdida de las funciones, del control y del (auto)significado.La pérdida de las funciones corporales resulta un común denominador de todos los pacientes y en todos los contextos de salud (HIV, cáncer, cuidados paliativos y vejez). A medida que la enfermedad evoluciona, trae consigo deterioro físico, debilidad y varios síntomas físicos, y esto es acompañado por una progresiva pérdida de las funciones corporales, sea en términos de inhabilidad para el aseo íntimo, incontinencia, o dificultades al comer o respirar. El deterioro de las funciones corporales es percibido por los pacientes como una experiencia muy negativa, principalmente en los términos de dependencia física que conlleva. Esta dependencia en las tareas más simples se relaciona con un sentimiento de desesperanza y de distress emocional en el sujeto.

Esta pérdida de las funciones corporales, a su turno, lleva a la pérdida de los diferentes roles personales adquiridos en la vida (profesional, social, familiar, etc.). De hecho, el deterioro funcional y la dependencia restringen no solo las capacidades profesionales sino también la posibilidad de mantener sus relaciones sociales o su rol dentro de la familia, invirtiéndolos de hecho (los padres pasan a ser cuidados por sus hijos).

Junto con la pérdida de las funciones corporales aparece la pérdida del control, en la medida que la enfermedad avanza. Esta pérdida de control es percibida por el paciente en dos formas. De un lado, hay una pérdida de control sobre el cuerpo, unida a la declinación de las funciones físicas (dificultad para levantarse solo, o para caminar o comer, etc.). Del otro lado, esta pérdida se acompaña de una aún más grave para el paciente, que es la pérdida de control sobre la propia vida y el futuro.La pérdida de autonomía ocasionada por la extrema dependencia invariablemente lleva a la persona a sentirse como una carga para su familia y cuidadores, y en este sentido, la gran mayoría de los pacientes ha reportado sentirse «inútil», lo cual es expresado como «una sensación de pérdida de la dignidad». Los pacientes afirman que «la vida de esta forma no es digna», «que no eran así antes», y que «no quieren que los recuerden de esta manera» (6). Esta percepción lleva al propio enfermo a una «pérdida de (auto)significado».

3) Como expresión de temor: el tema del temor también se expresa en dos vertientes principales, temor al proceso de muerte y temor a la muerte inminente. En la medida que el paciente se hace consciente de su deterioro físico, siente que éste es peor aún que la misma muerte. Teme al proceso de muerte, en la medida en que éste importa miedo frente al dolor, a la exacerbación de signos y síntomas, al deterioro progresivo en las funciones físicas, todo ello unido al miedo de sentir que todo este proceso será intolerable. A su vez, el miedo a la pérdida del lugar social que detenta, a una mayor dependencia y a sentirse una carga contribuyen a dar forma a la idea de un futuro inminente con gran sufrimiento, lo cual resulta en una fuente inagotable de angustia y desesperación.

Por su parte, el miedo a la muerte inminente emerge cuando los pacientes toman conciencia de la proximidad de su propia muerte.La comprensión acerca de la inevitabilidad de la muerte junto con la conciencia de saber que no hay forma de volver atrás, produce muchísima angustia y lleva a sentimientos de gran desesperanza, de no tener opción alguna para el futuro, y a una sensación de «encontrarse en un túnel oscuro sin poder vislumbrar ninguna luz» o a un sentimiento de total parálisis.

4) Como expresión del deseo de vivir, pero no de esta manera (un «grito de socorro»): los pacientes entienden que una forma de obtener ayuda es haciendo notar el terrible sufrimiento y la gran angustia que el proceso de muerte les produce, y que requieren de la ayuda de sus afectos para poder lidiar con esto. Detrás de este deseo de morir, se esconde un deseo de comprensión y de contar con la compañía y sostén de otros en su propio sufrimiento y en el proceso de duelo por lo que ya se perdió.

5) Como una forma de control («tener un as en la manga»): muchos pacientes consideran la posibilidad de que su propia muerte sea una forma de ejercer el control sobre sus vidas. El deseo de determinar la propia muerte sería así un caso extremo, y tal vez único, de la manifestación del deseo de control. Cuando los pacientes perciben que les queda poquito tiempo, y que ya casi no tienen control sobre muchos aspectos de su vida, la posibilidad de decidir cómo y cuándo morir es vista por al gunos de ellos como todo lo que queda de su propia autonomía, como si fuera la última carta que les queda por jugar.En general, aquellos pacientes que han decidido apurar su muerte, como una forma de reafirmar su habilidad para tomar sus propias decisiones, reconocen sentirse más tolerantes con respecto al dolor y acerca de la incertidumbre del futuro, y en general, no suelen ejercer ese derecho, ya que el solo saber que cuentan con esa alternativa, les brinda tranquilidad y logran disminuir entonces la ansiedad.

Un trabajo más reciente (7) afirma que el deseo de acelerar la muerte que experimentan algunos pacientes que sufren una enfermedad avanzada es un fenómeno complejo para el cual no existe una definición mundialmente aceptada. Esta dificultad se origina en la falta de claridad acerca de los aspectos clínicos y terminológicos de esta entidad. Una de las mayores complicaciones estriba en la dificultad de poder discernir entre aquellos pensamientos acerca de la muerte en un contexto de sufrimiento y el deseo genuino de morir o de apresurar la muerte. A ello debe sumarse la naturaleza subjetiva de este deseo y las circunstancias que lo rodean que no solo pueden tener distinto significado para cada paciente, sino que además, ese significado puede ir cambiando en el tiempo, aún en un mismo paciente. De hecho, muchos pacientes experimentan numerosos deseos contradictorios a lo largo de la progresión de la enfermedad.Aunque en los últimos años se ha ido avanzando en la conceptualización de esta entidad, la complejidad del tema y la ambigüedad que afecta a la terminología que se emplea representa un problema no solo para los estudios clínicos de prevalencia o etiología, sino también sobre los aspectos éticos, legales y sociales involucrados.

En este trabajo se pudo determinar que el deseo de adelantar o anticipar la muerte aparece definido, primordialmente, como una reacción al sufrimiento en personas que padecen una enfermedad física grave o incapacidad seria, y que este deseo puede ser subyacente, estar presente pero no expresarse por el paciente, por lo que surge la necesidad de conversar acerca del tema, aun cuando éste no lo haya requerido abiertamente.

Uno de los datos más significativos llama la atención sobre dos situaciones que no serían consideradas como sinónimos dentro del concepto de «deseo de anticipar la muerte». La primera de estas situaciones, sería la aceptación de la muerte, en la esperanza de que será pacífica y sin sufrimiento, o con un grado de sufrimiento tolerable o aceptable. Dentro de esta categoría estarían incluidos los pacientes que perciben la muerte como un proceso natural en el contexto de su patología, esto es, algo aceptado, pero no necesariamente deseado. La segunda situación es el deseo de morir, pero sin desear apurar o adelantar la muerte. Tales deseos pueden estar asociados con la esperanza de disfrutar de una mejor vida en el más allá (deseos espirituales, religiosos o filosóficos acerca del tema), o con la idea de alivio o descanso, pero sin considerar planear seriamente una muerte anticipada (8).

Los límites que separan la vida de la muerte son, en el mejor de los casos, borrosos e indefinidos. ¿Quién podrá decir dónde termina uno y dónde empieza el otro? Sabemos que hay enfermedades en las que se produce un cese total de las funciones aparentes de la vida y, sin embargo, ese cese no es más que una suspensión, para llamarle por su nombre.Hay solo pausas temporales en el incomprensible mecanismo. Transcurrido cierto período, algún misterioso principio oculto pone de nuevo en movimiento los mágicos piñones y las ruedas fantásticas. La cuerda de plata no quedó suelta para siempre, ni irreparablemente roto el vaso de oro. Pero, entretanto, ¿dónde estaba el alma? (9).

No existe ningún derecho más inviolable, ni más cuidadosamente guardado por la ley, que el derecho del individuo a controlar su propia vida, libre de todo impedimento o interferencia por parte de terceras personas. Si se le brinda al ser humano el derecho a elegir cómo será su vida ¿por qué otros han de dictaminar cómo debe morir?

Estas situaciones nos enfrentan con el dilema de decidir brindar sustento legal a la eutanasia y al suicidio asistido y cuál sería el criterio más justo para legitimarlos. ¿Es solo el sufrimiento asociado a enfermedades terminales o incurables, o se incluirá también al sufrimiento intratable en sí mismo (físico, psíquico o existencial), independientemente de la patología en la cual se presente? ¿Cómo articular los principios bioéticos en las cuestiones al final de la vida frente a conductas que el mismo derecho penal sanciona como ilícitas? No debe olvidarse que la eutanasia es el homicidio piadoso consentido, esto es el procurar la muerte del paciente, a su propia requisitoria y con su consentimiento, con la finalidad de evitarle el sufrimiento para él intolerable. Tipifica para nosotros un homicidio simple, previsto por el art. 79 CP.

En este punto, debemos realizar una pequeña aclaración: desde el punto de vista bioético, la eutanasia de la que hablamos es siempre activa y voluntaria. La mal llamada «eutanasia pasiva», corresponde a la ortotanasia, esto es, la adecuación del esfuerzo terapéutico, frente a tratamientos fútiles o desproporcionados, de manera de permitir una buena muerte, la muerte a tiempo, sin adelantarla, pero sin postergarla sine die.Según John Stuart Mill (10) «el hombre que permite al mundo elegir por él su plan de vida, no tiene más necesidad que de la facultad de imitación de los simios. Pero aquél que escoge por sí mismo pone en juego todas sus facultades. Debe emplear la observación para ver, el raciocinio y el juicio para prever, la actividad para reunir los elementos de la decisión, el discernimiento para decidir y, una vez que haya decidido, la fortaleza y el dominio de sí para mantenerse en su ya deliberada decisión».

Por su parte, Feinberg (11) expone esta paradoja del siguiente modo. «Si el individuo que solicita que lo dejen morir goza obteniendo lo que desea, entonces no está deprimido y por lo tanto no tiene razón para morir. Si no se alegra, entonces es que tanto no quería morir. Ergo: no puede querer morir en ningún caso».

Lukas Radbruch (12) expresa que «todos acordamos que los cuidados paliativos no son el antídoto contra la eutanasia o el suicidio médicamente asistido, ya que existen algunos pacientes que, aún con un control óptimo de síntomas y un buen cuidado psicosocial, prefieren tener un control total sobre cómo terminar con sus vidas y a quiénes le solicitarían auxilio para este fin, ya que entienden que ésta es la única manera de ejercer plenamente ese control».

Timothy Quill sostiene que «los pacientes que padecen enfermedades graves desean tener control sobre sus propios cuerpos, sus propias vidas y manifiestan preocupación acerca del futuro distrés físico y psicosocial. Algunos de ellos consideran la posibilidad de acceso a una muerte médicamente asistida como la mejor opción para calmar esas preocupaciones» (13).

Dworkin (14) señala al respecto:«Alguien que considera que su propia vida irá empeorando si permanece atado a la muerte en una docena de máquinas por semanas o permanece biológicamente vivo por años como un vegetal, considera que muestra más respeto por la contribución humana a la santidad de la vida si realiza determinados arreglos por anticipado para evitarse tales situaciones. No podemos razonablemente argumentar que él debería sacrificar sus propios intereses en pos de respetar la inviolabilidad de la vida humana. Por el contrario, esta persona considera que morir es el mejor modo de respetar tal valor. Por lo que apelar a la santidad de la vida dispara en esta situación la misma cuestión política y constitucional que se nos presenta con el aborto. Una vez más, la pregunta del millón es si una sociedad decente elegiría la coerción o la responsabilidad, si tal sociedad procuraría imponer un juicio colectivo en materias del más profundo contenido espiritual para cada uno de nosotros, si se permitirá y les pedirá a cada uno de sus ciudadanos que realicen por sí mismos los juicios que definen su personalidad acerca de sus propias vidas».

Continúa: «El primero es una confusión acerca del tipo de intereses que las personas tienen acerca de cuándo y cómo morir. Muchos de los argumentos en contra de la eutanasia, presuponen que los pacientes que no padecen grandes sufrimientos, incluyendo aquellos pacientes permanentemente inconscientes, no podrían ser dañados significativamente si se los mantuviera vivos. Tal presuposición otorga bases al reclamo por el cual se exige a los familiares de un paciente inconsciente que demuestren que tal hubiera sido su deseo, es el argumento de la pendiente resbaladiza por el cual se afirma que la ley no debe permitir la eutanasia, y que los médicos serán corrompidos y su sentido de la humanidad atontado si se les solicita y permite matar.Cuando logramos entender cómo y por qué a la gente le importa su muerte, podemos observar que la presunción en la cual se basan cada uno de estos argumentos resulta falaz y peligrosa».

Finaliza afirmando que: «Se supone ampliamente que la eutanasia activa -los médicos matando a los pacientes que le solicitan morir- resulta siempre contraria al valor de la santidad de la vida, y debe ser prohibida por tal razón. Pero la pregunta que plantea la eutanasia no es si la santidad de la vida debe apoyarse en otros valores, como la humanidad o la compasión, sino cómo debe ser entendido y respetado el valor de la santidad de la vida. Las grandes cuestiones morales en torno del aborto y la eutanasia, que coloca a la vida entre paréntesis, tienen la misma estructura. Cada uno de ellos implica decisiones no solo acerca de los derechos e intereses de una persona en particular, sino acerca de la importancia intrínseca y cósmica de la vida humana en sí misma. En cada caso, las opiniones se encuentran divididas no porque haya personas que desprecien l os valores que otros privilegian sino, por el contrario, porque los valores en juego se encuentran en el centro de la vida de cada uno de nosotros, y nadie los puede tratar como si fueran tan triviales para permitir las decisiones en contrario de otras personas. Hacer que una persona muera en una manera que otros aprueban, pero que él mismo considera una horrible contradicción con su propia vida, es una forma devastadora y odiosa de tiranía. Determinar si es en el mejor interés de la persona morir de una manera o de otra, depende de tantas cosas especiales acerca de sí misma -como la forma y carácter de su vida y su propio sentido de integridad- que ninguna decisión uniforme y colectiva puede siquiera aspirar a satisfacer a cada uno de una manera decente».

«El dolor que mi padre experimentaba en los días finales no era exactamente físico. La medicación había hecho un buen trabajo previniendo el dolor.Cuando despertaba periódicamente, siguiendo la corriente de la conciencia, sonreía ante nuestras voces. Pero luego se apartaba y se daba cuenta que aún no había terminado. Asumía que la esperanza en que todas las ansiedades que su permanencia producía hubieran desaparecido, estaban ahí: los problemas con su cuerpo, sí, pero aún más difícil para él, los problemas con su mente, la confusión, las preocupaciones acerca de su trabajo inconcluso, sobre mamá, acerca de cómo sería recordado. Estaba en paz mientras dormía, no cuando estaba despierto. Y aquello que quería para las líneas finales de su historia personal, ahora que la naturaleza estaba constriñendo sus límites, era absoluta paz» (15).

Un viejo adagio dice que «no hay enfermedades sino enfermos». Dentro del amplio abanico de patologías humanas, las enfermedades neurodegenerativas, como en el Caso Sepúlveda, plantean desafíos enormes para la toma de decisiones. Una mente consciente atrapada en un cuerpo que se va deteriorando progresivamente, no por el paso del tiempo, sino por el inexorable deterioro que este tipo de enfermedad produce. El paciente, reitero, no solo es consciente de su deterioro sino especialmente sufriente de cada una de las funciones, habilidades y facultades motoras que va perdiendo, muy particularmente de la temida dificultad para tragar y para respirar.No es casualidad que la mayoría de los casos que han disparado el reclamo por la muerte asistida en todo el mundo tenga inicio a partir de una enfermedad neurodegenerativa o condición asimilable.

Si partimos de comprender que la vida es un derecho y que no existe derecho sin facultad de disposición; si observamos que la vida biológica es sustrato pero no fundamento de la vida humana; si por un momento logramos articular compasión y empatía con juridicidad; si somos capaces de sentir junto al otro, a quien sufre, en presencia y respeto, sin emitir ningún juicio de valor; entonces podremos ver en el prójimo a quien reivindica un acto de absoluta libertad, eligiendo la dignidad, su dignidad, por sobre el tiempo biológico de vida.

Los pacientes como Sepúlveda nos enfrentan con una realidad apabullante: vida y muerte son sustantivos solitarios, individuales, personales. Para hablar de vida y de muerte necesitamos un sujeto y un adjetivo. Es la vida y muerte de alguien, y es la dignidad de ese sujeto. No siempre aquello que a priori podemos considerar un bien lo es, no siempre el respeto a uno mismo como ser autónomo moral decanta al unísono con la vida.

La vida como destino, la muerte como elección. En general, nos resulta contraintuitivo que alguien pueda elegir la muerte. Nos han inculcado que la muerte es la negación y el fin de todo, mientras que la vida es su afirmación. Pero para ciertas personas, la muerte es el fin del sufrimiento, es el último acto de libertad, es la forma de despedirse de afectos sin dejarlo librado al azar. Hay oscuridad en la muerte, tal vez. Nadie ha vuelto de ella para contarnos de qué va la cosa. Pero sí sabemos que hay oscuridad en ciertas vidas.

No se sale vivo de la vida. Ello debería enseñarnos algo sobre la importancia de la muerte como acontecimiento y como opción.En definitiva, «hay momentos en que, incluso para el sereno ojo de la razón, el mundo de nuestra triste humanidad puede parecer el infierno, pero la imaginación del hombre no es Caratis para explorar con impunidad todas sus cavernas».

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(1) https://elpais.com/internacional/2021-10-16/la-eutanasia-cancelada-que-sacudio-a-colombia.html

(2) «Conceder el amparo constitucional para la protección de los derechos fundamentales a morir dignamente, la vida digna, el libre desarrollo de la personalidad y la dignidad humana, que la IPS Instituto Colombiano del Dolor S.A.S. ha vulnerado a la señora Martha Liria Sepúlveda Campo, razón por la cual se ordena a la citada IPS, cumplir con lo establecido por el comité científico interdisciplinario para morir dignamente, en acta emitida el pasado 6 de agosto del presente año, por medio de la cual, se le informa y reconoce a la tutelante, que cumple con los requisitos para ejercer su derecho a morir dignamente a través de la eutanasia según lo establecido por el precedente jurisprudencial»

(3) Zúñiga E. Alejandra. «¿Hay un mal en morir? Consideraciones éticas y jurídicas sobre la muerte inducida». Universidad de Valparaíso – Chile Universidad Diego Portales – Santiago, Chile. http://www.scielo.org.co/pdf/idval/v60n146/v60n146a02.pdf

(4) Monforte-Royo C., Villavicencio-Chavez C., Tomás-SábadoJ.,Mahtani-Chugani V., Balaguer A.-(2012) «What lies behind the Wish to Hasten Death? A Systematic Rreview and Meta-Ethnography from the Perspective of Patients». PloS ONE 7(5): e37117, doi:10.1371/journal.pone.0037117.

(5) Monforte-Royo C., Villavicencio-Chavez C., Tomás-Sábado J., Balaguer A. (2011). «The wish to hasten death: A review of clinical studies». Psycho-Oncology 20:795-804.

(6) CoyleN., Sculco L. (2004). «Expressed Desire forhastened death in seven patients living with advanced cancer: a phenomenologic inquiry». Oncology Nursing Forum 31:699-709; Mak YY, Elwyn G. (2005) «Voices of the terminally ill: uncovering the meaning of desire for euthanasia». Palliative medicine. 19:343-350; Nissin R., Gugliese L., Rodin G.(2009). «The desire for hastened death in individuals with advanced cancer: a longitudinal qualitative study». Soc.Sci.Med. 69:165-171; Pearlman RA, Hsu C, Starks H., Back AI, Gordon J.R., et al. (2005). «Motivations for physician assisted suicide». Journal of General Internal Medicine. 20:234-239.

(7) Balaguer Albert, Monforte-Royo Cristina, Porta-Sales Josep et al. «An International Consensur Definition of the Wish to Hasten Death and its Related Factors». PLOS ONE DOI:10.1371/journal.pone.0146184 January 4, 2016.

(8) Kelly B., Burnett P. Pelusi D., Badger S., Varghese F., Robertson M. «Terminally ill cancer patients’ wish to hasten death». Palliat Med. 2002;16:339-345. PMID: 9691706; Albert SM, Rabkin JG, Del Bene ML, Tider T, O’Sullivan I, Rowland LP et al. «Wish to die in end-stage ALS». Neurology. 2005;65:68-74. PMID:16009887; Ohnsorge K, Gudat H, Rehmann-Sutter C. «What a wish to die can mean: reasons, meanings and functions of wishes to die, redported from 30 qualitative case studies of terminally ill cáncer patients in palliative care». BMC Palliat Care. 2014;13:38. PMID: 25161387; Ohnsorge K., Gudat Keller HR, Widdershoven GA, Rehmann-Sutter C. «Ambivalence at the end of life: how to understand patients’ wishes ethically». Nurs Ethics. 2012; 19-629-641. PMID: 22990424

(9) Edgar Allan Poe. «El Entierro Prematuro». http://bibliotecadigital.ilce.edu.mx/Colecciones/ObrasClasicas/_docs/EntierroPrematuro.pdf

(10) Mill John Stuart. «Sobre la libertad. El utilitarismo».

(11) Feinberg. «Voluntary euthanasia and the inalienable right to life». En «Philosophy and Public Affairs». Nº 2. Winter. 1978.

(12) Radbruch Lukas. «Euthanasia, assisted suicide and palliative care – a never ending story». International Association for Hospice and Palliative Care Nerwsletter 2017; Volume 18, Nª 3

(13) Gostin Lawrence O. – Roberts Anna E.- «Physician-Assisted Dying, a Turning Point?». JAMA 2016, Vol 315, Nº 3.

(14) Dworkin Ronald. «Life’s Dominion. An argument about Abortion, Euthanasia and Individual Freedom». Vintage Books. A division of Random House, INC. New York 1994.

(15) Gawande Atul. Op.cit.

(*) Abogada, UBA. Posgraduada en Derecho Penal, UBA. Diplomada en Bioética, FLACSO. Especialista en Bioética. FLACSO.Doctora de la Universidad de Buenos Aires, Área Derecho Penal. Docente de grado, posgrado y doctorado, UBA. Miembro del Comité de Ética del Hospital de Pediatría SAMIC Prof. Dr. Juan P. Garrahan. Responsable Académica de las Áreas de Bioética y de los Derechos de los Niños, Niñas y Adolescentes del Observatorio de Salud, Facultad de Derecho, UBA. Investigadora del Instituto Luis Ambrosio Gioja, Facultad de Derecho, UBA. Investigadora del Conselho Nacional de Desenvolvimento Científico e Tecnológico, Brasil. Vocal Titular Primera de la Asociación Argentina de Bioética. Directora de tesis de Doctorado y Maestría, UBA. Docente invitada en universidades nacionales y extranjeras. Autora de libros, artículos y comentarios en cuestiones penales, médico-legales y bioéticas. Miembro de distintas sociedades, instituciones y academias científicas jurídicas, médicas y bioéticas. Posdoctoranda en Derecho, con la investigación «La criminalización de la Medicina al final de la vida: una mirada crítica, una propuesta superadora», Facultad de Derecho, UBA.

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