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#Doctrina Anotaciones sobre una audiencia de alimentos provisorios

Autor: Prola, Juan I.

Fecha: 18-may-2021

Cita: MJ-DOC-15954-AR | MJD15954

Sumario:

I. Introducción. II. El conflicto doméstico. III. Observaciones de campo. III.a. Datos. III.b. La estrategia del tribunal. III.c. El desarrollo de la audiencia. III.d. La evaluación del conflicto. IV. Epílogo.

Doctrina:

Por Juan I. Prola

I. INTRODUCCIÓN

Las líneas que siguen parten de la idea de entender el proceso de familia como una vía a través de la cual se expresa el conflicto doméstico, y tienen como meta la actualización de la función de pacificación social del poder judicial. Bajo tal perspectiva, puede observarse que existen ciertos conflictos particularmente indóciles a la solución jurisdiccional en los cuales no hay coincidencia entre el objeto del litigio y el objeto de la disputa.

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Por el primero habremos de entender el contenido de la pretensión, la prestación jurídica concreta a la que el actor o el demandado aspira, o puede aspirar según el catálogo de acciones que el sistema jurídico le ofrece. Por objeto de la disputa, entendemos al objeto real del conflicto, aquello que, en los hechos, es la relación de fuerzas que se dirime en la reyerta. Cuando objeto del litigio y objeto de la disputa coinciden, el proceso puede ser útil para resolver el conflicto y lograr el fin de pacificación social. Si no hay tal coincidencia, o la coincidencia es parcial, entonces difícilmente se consiga anular el conflicto y uno de los propósitos funcionales del sistema judicial habrá fracasado.

De cierto modo, esta ponencia viene a desarrollar una visión ya insinuada en el artículo publicado por Microjuris, «Lo pretendido y lo querido en los conflictos de familia ». A diferencia de este último, el estudio de hoy se enfoca principalmente en la fase objetiva de los conflictos domésticos. Se trata de observaciones derivadas de un caso concreto, que se presentó a través de una audiencia por alimentos provisorios. Es decir, tiene un enfoque de estudio u observación de campo, con las ventajas -y desventajas- de la inmediatez entre el observador y el fenómeno observado.En ellas, me parece, puede verse cómo se presenta en la práctica la diferencia entre las categorías de objeto del litigio y objeto de la disputa.

Dicho esto, hemos de recordar que desde el punto de vista normativo existe una directiva muy marcada y precisa de carácter procesal en favor de la solución pacífica de los conflictos (art. 706, inc. a , CCN). La ley no aclara a qué llama «resolución pacífica de los conflictos», pero se entiende que debe evitarse que las intervenciones del Estado se excedan en rigurosidad. Además, la solución pacífica de los conflictos suelen ser, casi siempre, los acuerdos a los que arriban por sí mismos los protagonistas del entuerto. Mas, para que esos acuerdos puedan lograrse es necesaria una equiparación de fuerzas entre las partes en pugna. ¿Qué pasa cuando ese equilibrio no se presenta? ¿Qué pasa cuando ese equilibrio se ve amenazado en convertirse en un mero dogma vacío de contenido, sólo formalmente operativo en el proceso judicial? ¿Qué pasa cuando el objeto real de la disputa queda velado por el sentido común? Esta son algunas de las preguntas que pone en juego el caso.

Finalmente, el artículo no pretende en modo alguno agotar el tema o encontrar respuesta a la multiplicidad de interrogantes jurídicos que abre. Su principal propósito es de orden práctico, ya que intenta dar a los operadores del derecho herramientas que faciliten el alcance de esa función de pacificación social del sistema de justicia a la que hemos aludido.

II. EL CONFLICTO DOMÉSTICO

Desde el punto de vista subjetivo, el derecho tal como lo conocemos es fruto de la modernidad, del pensamiento moderno, de la codificación napoleónica. Es un derecho pensado para el cogito cartesiano, no para el inconsciente freudiano.Por este motivo, lo que la persona humana quiere suele no coincidir con lo que el sujeto jurídico pretende y esto, en parte, se produce porque el abanico de pretensiones que cataloga el sistema jurídico sólo contempla la fase racional de las personas, mientras que las relaciones de familia o las relaciones domésticas no se establecen sobre interacciones racionales -o no exclusivamente sobre ellas-, sino también -y principalmente- a partir de aspectos emocionales bastante alejados de la razón, y donde entran a jugar factores atávicos, culturales, preferencias individuales, de choque de personalidades o caracteres, y un sinnúmero de otros elementos.

En pocas ramas del derecho entran en discusión los componentes psicológicos de las personas como en el derecho de familia. Los conflictos que aparecen ahí, por más que los caratulemos fríamente como «Demanda de Alimentos», «Fijación de régimen de visitas», «Divorcio», etcétera, configuran verdaderos dramas que se opacan con el sistema binario de justicia (tiene derecho/no tiene derecho). La cultura de la litigación lleva a que las personas busquen que un tercero -el juez- diga quién está en posesión de la justicia. Mas resulta que en las relaciones de familia, salvo por una ficción legal, difícilmente pueda decirse que alguien está el lugar o en la posición de la justicia. Los vínculos de convivencia suelen generar conflictos por muchos motivos y pocos de ellos tienen que ver con la justicia. Antes bien, suelen surgir de las maneras en que se relacionan las personas y cómo estas relaciones las afectan en sus emociones y sentimientos; de los componentes pasionales de la personalidad de cada individuo; de las cargas, beneficios y valores culturales que intervienen en la vida cotidiana de las personas; etc. Dadas las características de las relaciones domésticas, el acuerdo de los involucrados suele ser mucho más eficaz para la solución del conflicto que la imposición judicial.

III. OBSERVACIONES DE CAMPO

III.a.DATOS

La observación está hecha desde la perspectiva del tribunal, es decir, de un tercero imparcial que participa del fenómeno observado. Se trata de un grupo familiar clase media. Audiencia por apelación de cuota alimentaria provisoria. Sujetos participantes de la audiencia: El marido (lo llamaremos M); la abogada de M (a quien llamaremos AM); la esposa (E); la abogada de E (AE); juez y secretaria. El tribunal previamente había entrevistado a los hijos menores (9 y 14 años) por su condición de sujetos activos de la obligación alimentaria. Dado que la entrevista de los menores no sugería motivos para que los padres mantuvieran la virulencia de la disputa procesal, se decidió citarlos para intentar una conciliación.

III.b. LA ESTRATEGIA DEL TRIBUNAL

La convocatoria a los progenitores lucía razonable, ya que en una primera mirada parecía haberse alcanzado cierto equilibrio en la relación cotidiana de cumplimiento de la obligación alimentaria, que no se correspondía con sostener una discusión judicial por una cuestión provisional que, en los hechos y el tiempo transcurrido, se mostraba consolidada de manera satisfactoria para todo el grupo familiar. Ahora bien, si tal situación era real, el dictado de una sentencia que alterase -y además lo hiciese por una vía provisional- ese delicado equilibrio, podía traer más problemas que soluciones. Por otro lado, si la situación económica estaba consolidada, ¿cuál era el sentido de seguir adelante con el tema alimentario? ¿Por qué preocuparse por lo accesorio y no ir directamente a lo principal, si en el tiempo que llevaban litigando por la cuota provisoria -más de un año- todavía no habían conseguido llegar a una sentencia definitiva sobre lo principal? Había en E una llamativa insistencia en seguir adelante, en abrir una segunda instancia de conocimiento, que contrastaba con esa situación en apariencia consolidada. Insistencia que se volcaba en las postulaciones de su apoderada en el expediente.Esta acción, por otra parte, cuestionaba fuertemente la imagen de estabilidad, paz y armonía que se había traslucido en la audiencia con los hijos de la pareja. Dado el tiempo que llevaba el litigio entorpecido por las articulaciones de las partes -todavía enfrascados en la actividad probatoria principal y discutiendo simultáneamente una cuota provisoria-, y en atención a las limitaciones procesales del tribunal de alzada -cuya jurisdicción se ve acotada al motivo de la convocatoria-, se decidió llamar a una audiencia con el propósito de ofrecerles a las partes una solución acordada que cierre la totalidad de la discusión. Algo a lo que sólo las partes por voluntad propia tenían acceso, pues no se estaba en condiciones procesales de dictar una sentencia sobre lo principal. De manera que el tribunal hizo saber desde un primer momento en la audiencia tal circunstancia.

III.c. EL DESARROLLO DE LA AUDIENCIA

Impuestos del motivo de la convocatoria y tras unas breves intervenciones de las letradas, M. pidió la palabra y comenzó a expresarse. Su discurso no era muy diferente al promedio en tales circunstancias. Manifestaba que su intención era siempre cumplir, que tenía la mejor voluntad de hacerlo, que ofrecía una determinada cantidad de dinero semanal en mercadería. Esto hacía una cuota casi igual a un salario, mínimo vital y móvil. E. dice estar conforme con eso. M. explica también que el mayor de los hijos va y viene con total libertad entre los domicilios de ambos progenitores y que el menor vive con la madre. Se explaya largamente sobre esto, refiere haberse retirado de la vivienda que habían construido con E., paga la obra social de uno de los hijos y reitera que todo lo que hace lo hace por ellos. Enfoca con mucho énfasis un ataque personal hacia la abogada de E., a quien señala como la responsable de frustrar los acuerdos.Tras una breve discusión entre las dos letradas y con alguna intervención ocasional de M., el tribunal insiste en oír a E., quien hasta ahora sólo había dicho que estaba conforme con lo ofrecido, y cuya intervención, en tal caso, clausuraba la discusión y cerraba el acuerdo, al menos en lo que a cuota provisoria se trataba. Por lo que no parecía tener mucho sentido el debate en el que se habían enfrascado las abogadas y M.

Devuelta la palabra a E., ésta manifestó que lo que M. decía hacer, lo hacía, pero que la casa necesitaba también otras cosas que no eran mercadería. Hasta este momento el discurso del marid o se había mostrado dentro del promedio, y traslucía cierta base de sentido común en su forma de pensar y encarar la situación. En este punto volvió a abrirse la discusión, principalmente porque, si bien M. no interrumpió directamente, comenzó a dirigirse a su propia abogada en voz tan alta que E. no pudo seguir hablando. Esto provocó la intervención de A.E., por lo que el debate fue subiendo de volumen e intensidad y obligó a la intervención del magistrado llamando al orden. En medio de todo esto se alcanza a oír a E., que se dirige a su letrada -quien, ofuscada por el trato recibido de parte M., proponía terminar ahí mismo la audiencia- y le dice que quiere seguir hablando ahora que ha conseguido alguien que la oye, en referencia al tribunal. Esto cambió todo, ya que el juez advierte una necesidad de expresarse en ese ser humano, y esto probablemente le permita entender mejor el conflicto sobre el que se tiene que expedir. Es que la necesidad de expresarse de E. era incompatible con haber manifestado su acuerdo minutos antes. Quien ya tuvo la oportunidad de expresar su conformidad con una propuesta, da por cerrado el asunto.Sin embargo, E., lejos de darse por satisfecha, parecía haber encontrado un canal a través del cual manifestarse, poder decir algo que tenía callado. Esto que no había podido expresar hasta ahora, sin perder la forma jurídica original del reclamo, sugería una zona oculta del conflicto doméstico, algo del conflicto que aún no había conseguido salir a la luz, o que sólo mostraba su fase jurídica a través de la discusión por la obligación alimentaria provisional.

Restaurada la calma en la audiencia, E. retoma la palabra y explica que a veces no necesita diez cajas de ravioles o dos cajas de gaseosas, la cuestión alimentaria no reside en proveer de carne, milanesas o leche exclusivamente. Existen cosas que es necesario arreglar en una casa, que ella tiene que pagar la niñera, traslado, cable y psicopedagoga de uno de los niños, etc. Esto da un giro a la cuestión. Es que no parece razonable que la provisión de alimentos, a más de ser en especie -como si la obligación alimentaria se agotara en la comida-, no responda a las necesidades de alimentación de los menores. Dadas las condiciones socioeconómicas de los litigantes, era insostenible que la obligación se cumpla dando una cantidad exorbitante de los mismos alimentos. La pregunta formulada por E. -«¿Para qué quiero yo diez cajas de ravioles o seis kilos de pata/muslo de pollo?»- era de una sensatez tal que no tuvo réplica de parte M.A.E. planteó entonces por qué la obligación tenía que ser en especie y no en dinero, para que E. pudiera ir ella misma a comprar lo que necesitaba para los chicos. Fue curiosa la respuesta de M a este interrogante, se dirigió a E y le dijo: «Vos sabés por qué voy yo al supermercado». Frase que repitió en varias ocasiones en los minutos siguientes. Como E. nunca respondió a eso, M. terminó por aclarar que él iba al supermercado porque ella compraba en el almacén de barrio.Esto significaba, en el contexto en que se dijo, que E. era alguien incapaz de sostener una economía familiar, porque compraba en un lugar más caro que donde compraba M. En las siguientes intervenciones de M. pudo observarse que si bien ya no convivía con E., era quien establecía los términos en que se llevaba adelante la vida cotidiana en el hogar que había dejado. Se fue a vivir a otro lado, pero siguió ejerciendo la potestad en la casa que dejó. Esto se manifestaba principalmente en la circunstancia que M. sólo le entregaba dinero a su hijo mayor, compraba la mercadería que alimentaba a los menores, pero jamás permitía que E. se hiciera cargo de la economía hogareña, ni siquiera eligiendo qué darles de comer a los menores. Todo esto mostraba algunos signos misóginos en M. y cierto carácter sumiso en E., que establecía una relación de dominación entre ellos en la que M. imponía su voluntad sobre E. Ella no podía estar en desacuerdo con él, no podía decirle que no. Por eso, cuando el tribunal pidió expresamente oírla, ella se sintió empoderada y pidió que la dejen seguir hablando. Necesitaba ser oída, no importaba tanto si se llegaba a un acuerdo por la cuota alimentaria provisoria. La principal razón por la que E. le dijo a su abogada que quería continuar en la audiencia era para poder decir lo que tenía guardado, ahora que su voz era oída.

Por eso también el ataque M. a AE. No es que la letrada frustrara los acuerdos, sino que ella era el vehículo por el que se expresaba la parte de E. que no conseguía salir en las discusiones con M., y en las que terminaba diciendo a todo que sí. De modo que la abogada era, para M., el símbolo de la parte de E. que él no podía controlar. Fue tan fuerte la embestida de M. y tan dirigida a desbaratar la relación entre E.y A.E., que, hacia el final de la audiencia, el juez tuvo que intervenir para señalarle a M. que tal relación le era ajena. A lo que M. respondió que ya lo sabía.

La audiencia terminó pasándose a un cuarto intermedio por diez días, para que las partes se crucen ofertas y contraofertas en pos de una conciliación de sus intereses.

III.d. LA EVALUACIÓN DEL CONFLICTO

El empoderamiento de E. tenía su reflejo en M., pues volvía visible la base misógina de su persona. En efecto, M. había repetido en más de una ocasión que si la justicia debía fallar, él sería beneficiado, aún cuando lo condenaran según la pretensión del litigio. Esto también era una manera de colocar la pretensión de E. en el terreno de la insensatez: era tan torpe la maniobra de E. de recurrir a la justicia, que aún ganando el pleito recibiría menos de lo que él le daba. Esto significaba que M. sólo tenía en cuenta la base cuantitativa de la obligación alimentaria, pero omitía considerar la base cualitativa, y ésta era el principal sustento argumental del reclamo de E. Estaba claro entonces que si de algo no carecía el reclamo de E. era de sensatez. Sin embargo, toda referencia de M. hacia E. era para poner de manifiesto sus incapacidades, sus torpezas, sus imposibilidades. La manera de ser callada y de bajo perfil, el hablar sereno y suave de E., por un lado, la voz potente y la verborragia y locuacidad de M., por otro, colaboraban en dar de ella esa primera imagen de alguien sumiso y poco hábil. Pero si se oía la articulación de su discurso y se tenía en cuenta que tenía trabajo estable, entonces era fácil advertir que ella podía ser frágil, pero no torpe ni incapaz de administrarse a sí misma y a sus hijos. M.no advertía nada de esto, se enfocaba en lo que él consideraba previamente que debía ser de sentido común. Para M., aprovechar la oferta del supermercado antes que recurrir al almacén del barrio, formaba parte de una estructura de sentido común que justificaba o daba motivo a que E. se sometiera a su voluntad. Se trata del sentido común del padre proveedor, que en su condición justifica la imposición de su voluntad. La irrupción de un reclamo concreto, real y con sustento argumental fuera del sentido común que manejaba M., había permitido que aflorara el núcleo del conflicto. Este reclamo era inclasificable para él, quedaba siempre fuera de su sentido común, por lo que M. no podía oírlo de manera directa. De ahí la necesaria presencia de A.E .y A,M. De ahí también el giro que dio el discurso de M. en la audiencia y que consistió en correrse del argumento del acuerdo frustrado por la abogada, para enfocarse en las imposibilidades de E. Mostrarla como alguien al borde de la estupidez, incapaz de saber apreciar una oferta de dos por uno en el supermercado. Sin embargo, aprovechar ofertas para llenar la casa de cajas de ravioles, no parece ser algo razonable ni desde punto de vista psicológico ni desde el punto de vista de la economía doméstica. Limitar la obligación alimentaria a la entrega en especie luce algo desmesurado, aunque tal conducta se vea atenuada por el pago de algún seguro médico o la provisión de efectivo para sus propios gastos al hijo mayor. La lógica y la sensatez inicial que imbuían el discurso de M. se estaban desmoronando. Circunstancia que se agravó con su apreciación sobre la cuestión de la niñera, ya que la madre trabaja fuera de casa y necesita tener quién cuide al más pequeño. La respuesta de M fue que esa niñera tenía que pagarla E porque había que contratarla para que ella pudiera ir a trabajar.Esta respuesta se sustenta en esa misma lógica de sentido común a la que estamos aludiendo y que establece roles para las personas. La respuesta de M estaba diciendo: «tu lugar es la casa y la crianza de los niños, si decidís trabajar tenés que hacerte cargo de las consecuencias». Es también una forma de ejercer el poder en la relación de pareja. Se me dirá que aquí ya no hay pareja, pero la presencia de los hijos establece un vínculo entre los progenitores que perdura más allá de la disolución de la vida en común. Este vínculo no se agota en el ejercicio de los derechos y deberes que les competen en relación a sus hijos. Esta es una visión un tanto sesgada de lo que sucede en la realidad, donde quedan resabios de pasiones, sentimientos, emociones, situaciones sociales, rasgos culturales, etcétera, que perviven o quedan en latencia tras la ruptura, y que suelen aflorar entre los progenitores a través de la tarea común de criar a los hijos más allá de la disolución del vínculo de pareja. En nuestro caso, era evidente que M., si bien ya no convivía con E. y los hijos de ambos, seguía rigiendo la vida cotidiana de su antiguo hogar. La regía a través de la desautorización de E., de la manera en que cumplía con su obligación alimentaria y por el hecho de que ellos siguieran viviendo en la casa. Ahí también jugaba la lógica de sentido común, en el rol de proveedor de M. El control de la economía hogareña le permitía controlar a E. Por eso no le reconocía el gasto de la niñera, si ella tenía sus propios ingresos, si ella se autoabastecía, él no podría seguir controlándola, esto atentaba contra su poder. El problema, en suma, no era de alimentos, sino de relaciones de poder.

Ahora bien, si lo que se trasluce es que el conflicto entre M.y E. se expresa en la díada poder/sumisión, ¿por qué debemos esperar que una decisión en torno a los alimentos provisorios pueda solucionarlo? Estoy señalando que el objeto del litigio no coincide aquí con el objeto de la disputa. Y que éste, al no poder salir a la superficie, es canalizado a través de vías que no son idóneas para resolverlo; luego, la solución jurisdiccional no resolverá el problema, y el conflicto seguirá vivo, mostrando el fracaso de una de las funciones estratégicas del poder judicial: la pacificación social. No debe extrañar entonces que se reincida en la violencia doméstica, ya que al quedar vivo el objeto de la disputa, los elementos psicológicos que impulsan al desborde intensifican su presencia en la patología del grupo. En el caso que nos ocupa, el sujeto poderoso se siente amparado por un sistema procesal que evalúa la situación sólo del lado económico, es decir, del lado del proveedor. Aquí aparece la figura del pater y muestra que el verdadero dilema es una cuestión con perspectiva de género. Pone en juego la pregunta: ¿qué poder judicial queremos? En este caso, en relación al conflicto doméstico. Si de una simple audiencia de alimentos provisorios, se divisa que el objeto del litigio no coincide -o sólo coincide en parte- con el objeto real de la disputa, difícilmente podremos activar la fase estratégica del poder judicial como pacificador social. La razón es simple, en el mejor de los casos se está resolviendo una parte del conflicto, la más sencilla -que es la económica, generalmente- pero queda vivo el objeto real de la disputa.Si entendemos al derecho como una ciencia relacional, es decir, una ciencia enfocada en las relaciones, en lo dinámico, puede ser que tengamos una mejor visión del conflicto y podamos dar una respuesta más acorde a esa función de pacificación social.

Las posibilidades del ejercicio del derecho a la acción no guardan una relación con los con los conflictos que se presentan en el aspecto social. Como pudo verse en la audiencia de alimentos provisorios, no había un problema real de orden económico, o en todo caso, el problema económico no era central, sino que el litigio enfocado en una obligación dineraria -la obligación por alimentos- no respondía al verdadero motivo de la disputa, ocultaba el conflicto real. Lo que se disputa en este conflicto es una relación de poder entre los ex-cónyuges, relación de poder que se expresa en la díada poder/sumisión. Una de las características de esta clase de relaciones es que produce la anulación de uno de los sujetos, quien no tiene la posibilidad de expresarse ya que, o ha sido denigrado previamente -esta denigración generalmente es moral, pero también puede ser física-, o sencillamente no es oído porque su discurso está fuera del rango de sentido común del destinatario del mensaje. Para la parte sumisa de la relación esto es gritar en una isla desierta perdida en el océano. En el caso concreto de la audiencia de alimentos provisorios se agregaba otro aditamento: el discurso del poderoso, o la estrategia del sentido común. El discurso del ex-marido aparecía siempre teñido de una apariencia lógica, alusiones a su preocupación por los hijos y a las imposibilidades de la ex-esposa. Imposibilidades estas que sugería, pero que demoraba en revelar. Siempre ponía en ella el auto-reconocimiento de esa imposibilidad: «Vos sabes por qué voy yo al supermercado». Una pregunta, pero también una afirmación.Una disputa de poder, él no pasaba una cuota alimentaria, sino que pasaba alimentos en especie. Hay una forma muy común de pensamiento entre los hombres de clase media, quienes suelen caer en la «inocente» convicción de que la plata que depositan todos los meses es para que su ex-pareja se compre vestidos nuevos y vaya a la peluquería. Éste, para evitar tal dispendio, llevaba comida a su casa y pagaba el seguro médico de uno de los hijos. Y, al parecer, según lo repitió más de una vez, había un motivo que ambos conocían, pero que él no estaba dispuesto a sacar a la luz, aunque seguía pidiéndole a ella que lo hiciera, ya que el «vos sabes por qué» se repetía.

Si en los procesos de familia, desde el punto de vista subjetivo, no suele coincidir lo pretendido con lo querido; desde el punto de vista objetivo, puede no coincidir el objeto del litigio con el objeto de la disputa. Esto es lo que se ve en esta audiencia. El objeto real de la disputa, no radica en el proceso de alimentos en sí. Éste es una excusa o una vía indirecta a través de la cual aflora la parte de la voluntad sometida que no puede salir en la relación directa entre los progenitores. Es decir, lo que se discute es la permanencia de la relación poder/sumisión. M. se fue de la casa, pero siguió controlando todo a través de la administración de la vida cotidiana -comida-, e impuso su voluntad al punto en que prefería darle dinero en efectivo al menor de catorce años, antes que a E. Para M., para el sentido común en que se sostenía, E no era idónea en la administración del hogar, un menor de catorce años tenía más sensatez que ella a la hora de organizar sus recursos.Era tal el grado de sentido común que para M había en cómo estaban las cosas, que ni si quiera se percataba de la racionalidad que traía el reclamo de E. Al pasarle inadvertida esta circunstancia, M se puso muy locuaz y esto permitió que salieran a la luz rasgos como los que estamos describiendo. Era notorio, en el peso de sus palabras, que la construcción de sentido común en la que M. establecía sus relaciones, le impedía escuchar a su ex-cónyuge. Obsérvese que ni siquiera llegaba a advertir que el pago de la niñera se vinculaba con la posibilidad de que E., quien de otro modo no podría tener trabajo rentado, aportara al sostén de los menores. Más aún, jamás se le cruzó por la cabeza que E. podía pedir que, como la niñera era muy cara, los menores quedaran al cuidado del padre cuando ella trabajaba. En el sentido común de M., quien tenía que cuidar a los niños era la madre y si ella quería trabajar tenía que arreglárselas. Este sentido común lo conformaba porque, desde ese lugar, aportaba buena fe a sus intenciones. M. no parecía ser un padre que se desentendiera de sus hijos al punto de olvidarse de los alimentos. Desde su lógica de padre proveedor, él cumplía siempre con sus deberes. Les dio a sus hijos un techo – M enarbolaba la bandera del sacrificio al señalar en reiteradas oportunidades que estuvieron de acuerdo en poner la casa a nombre de los chicos, otro rasgo de sentido común- y no les hacía faltar comida. Esta lógica contractual o funcional de M., le daba la tranquilidad de no tener que oír a nadie más, además de colocarlo en posición de exigirle a E. el cumplimiento del rol que le tenía asignado a la progenitora en el esquema de sentido común del que venimos hablando. En el entramado de relaciones que representa una estructura familiar, M.se imponía porque era sordo a cualquier premisa o voz que viniera de fuera de ese sentido común -jamás cuestionado- en el que se encontraba cómodamente instalado. La pelea con A.E. se debió, justamente, a que ella era la voz de la parte E. que él no quería oír. M. decía que él y E. se ponían siempre de acuerdo, pero bastaba la intervención de A.E. para desbaratar lo acordado. Esto era rigurosamente cierto, pero el problema consistía en que a ese acuerdo directo entre M. y E. se llegaba por avasallamiento, era siempre un acuerdo logrado en los términos de la díada poder/sumisión. E no podía no estar de acuerdo, su disconformidad no era oída por M. No existía desacuerdo posible toda vez que M. prescindía de la voluntad de E. El mecanismo a través del cual M. desoía a E. consistía en dejar fuera del esquema de sentido común cualquier pretensión o cuestionamiento de E., al poner énfasis en su incapacidad -no estoy usando el término en sentido jurídico- para la administración del hogar, es decir, la imposibilidad de E. de cumplir con el rol que el sentido común de M. le tenía asignado por su condición de madre y mujer. De ahí su velada imputación a E., que tanto suspenso puso a lo largo de la audiencia, sobre las razones por las cuales él traía comida en especie a la casa: ella compraba en el almacén del barrio y él aprovechaba ofertas del supermercado, aunque esa oferta consistiera en diez cajas de ravioles o seis kilos de pata muslo y no hubiera dónde guardarlos. Por lo tanto, silenciada de este modo la voz de E. en la relación, difícilmente no pudiera existir un acuerdo, ya que, en los hechos, M. estaba oyendo siempre sus propias palabras, su propia voz. La forma que encontró E. para ser oída, fue a través de A.E.Por eso, su intervención desbarataba los acuerdos. A.E. venía a traer aquello de lo que M había prescindido en la relación directa: la voz de E. En realidad, los acuerdos no se desbarataban, sino que nunca habían existido, eran un espejismo. Lo que M. llamaba «acuerdos» no eran más que la prescindencia lisa y llana de la voluntad de E. Sin A.E. que hablara por ella, jamás se habría puesto en crisis la díada poder/sumisión en el grupo, y en particular, entre los progenitores. La importancia del abogado de parte, que se convierte en el canal por el que puede oírse la voz del sometido. En una relación patológica, y esta lo era, la actitud de conseguir una vía para expresar su pensamiento, sus emociones, sus dudas, suele ser el primer acto terapéutico. El problema es que la vía elegida no tiene por fin restaurar el equilibrio quebrado por la díada, sino cautelar alimentos. No obstante ello, en el caso puntual la intervención cautelar parece justificarse para evitar la acumulación innecesaria de alimentos de la misma especie.

Puede suceder, es cierto, que el equilibrio en la relación se restaure con una sentencia judicial en la que se ponga tope al dominio de M., por la vía indirecta de no permitirle que cumpla la obligación alimentaria en especie, al menos en parte. Incluso, de las palabras de A.M. se podía inferir que su cliente estaba dispuesto a que una proporción sea saldada en dinero. Pero aún así, no había dicho en qué proporción ni tampoco resolvía el problema de los alimentos de la misma especie comprados al por mayor para aprovechar las ofertas. Sin embargo, de lo referido hasta aquí puede inferirse que el conflicto doméstico o de familia excede en complejidad a la pretensión alimentaria esgrimida.Y lo torna más notorio la circunstancia del encono con que se dirime una situación de alimentos provisorios, que se vienen cumpliendo desde hace más de un año. Lo que significa también que E. ha conseguido salvar la situación durante ese lapso de tiempo. Luego, una vez más, no se están discutiendo alimentos, sino que el proceso de alimentos es la vía para poner en crisis otros aspectos de la relación entre los progenitores. Ahora bien, aquí surge un punto de contacto entre el esquema judicial de solución de conflictos domésticos y el sentido común que tanta seguridad le da a M., al punto de llevarlo a prescindir de la voluntad de E. Este punto de contacto es la convicción de M. de que la justicia le dará la razón y hasta habrá de beneficiarlo haciéndole pagar menos de lo que entrega en mercadería. Lo que tiene varios significados, entre otros: (a) Consciente o inconscientemente M. sabe que no puede pagar el 100% de la obligación alimentaria en especie; (b) Pero sólo dejará de hacerlo si se lo ordena un juez; (c) Por lo tanto, lo hace para seguir sosteniendo la díada poder/sumisión en su relación con E.; (e) Aún en la condena la justicia lo beneficiará, porque él está cumpliendo con su rol de proveedor; (f) La justicia también opera sobre la base del sentido común que sostiene el pensamiento de M.

El atropellado ataque de M. hacia la relación entre E. y A.E. era indicio de que quería seguir ejerciendo su dominio en el conjunto, y en particular en la interacción con E. Si A.E. era la voz de la parte insumisa de E., entonces la estrategia de M. era operar sobre esa relación de modo que, separada A.E., la parte «rebelde» de E. volvería a silenciarse. Y el silencio es una forma de no-ser. De ahí su respuesta al juez, cuando éste subrayó que la relación entre E. y A.E.le era ajena a M. Éste lo sabía, por eso operaba concretamente para desbaratar esa relación, por eso atacó el vínculo desde un primer momento señalando que la abogada impedía los acuerdos. Aunque un poco torpe, había un despliegue estratégico en la conducta de M. No atacaba la relación porque efectivamente creía que A.E. impedía los acuerdos, él sabía que no era así. La atacaba por una estrategia de dominación, para seguir sosteniendo su poder en el grupo y, en particular, en su relación con E. Por otra vía llegamos al mismo punto en el que la puja familiar parece concentrarse: la relación de poder/sumisión.

Desde el punto de vista del tribunal de alzada, el problema consiste en que, advertido de la real patología que trasluce el conflicto de familia, su jurisdicción se limita a la materia litigiosa -alimentos provisorios- y sólo en la medida del agravio. Como consecuencia, la sentencia que se dicte estará lejos de resolver el conflicto, ya que, según el diseño procesal actual y la jurisprudencia de la CSJN, sólo habrá de operar efectos sobre un tema incidental, los alimentos provisorios. Si se quiere cumplir con esa función pacificadora del poder judicial a la que ya hemos aludido, e intentar acortar en el tiempo el inicio de la terapéutica sobre el conflicto, dadas las mentadas limitaciones del tribunal, no queda otra alternativa que echar mano a las audiencias previstas en las legislaciones procesales. Pero, aun así, la cuestión supera la discusión de lo debido por alimentos, aunque el caso concreto que nos ocupa puede ser una buena oportunidad para que M. comience a oír a E.

IV. EPÍLOGO

Si bien el resultado de la gestión es lo menos importante de esta nota, seguiré el consejo de una colega y contaré cómo terminó. Unos días después de cumplirse el mes desde la audiencia, y ante la falta de noticias, el tribunal hizo uso de las facultades oficiosas que le otorga la ley (art. 706, CCCN) e intimó a las partes a que manifestaran cuál había sido el resultado de las tratativas. Al día siguiente de la notificación las abogadas acompañaron un acuerdo al que había arribado ambos litigantes, que no sólo resolvía la cuestión de los alimentos provisionales, sino que también conciliaba la acción principal.

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