El caso como singularidad

Autor: Prola, Juan I.

Fecha: 31-ago-2018

Cita: MJ-DOC-13668-AR | MJD13668

Doctrina:

Por Juan I. Prola (*)

I. Este ensayo no tiene aspiraciones teóricas o académicas, sino prácticas. Busca pensar lo concreto de la dinámica jurídica, aquello con que nos encontramos en tribunales a diario: el «caso». Algo que se parece en mucho a la carta robada de Poe, está tan a la vista de todo el mundo que pasa inadvertido.

Empecé a pensar en el tema a raíz de una conversación con un colega de Rosario en relación con un fallo que debíamos dictar y en el que su sugerencia sobre mi primer voto era, por supuesto, acertada. En dicha ocasión, me dijo que él juzgaba casos; de ahí su preferencia por observar las particularidades que de cada uno presenta, pues lo que jurídicamente es útil para resolver uno no lo es para otro en apariencia igual. Sus palabras quedaron dando vueltas en mi cabeza y me dispuse a tomarme un tiempo para examinar en la práctica el concreto alcance de ellas, pues era notorio que la dirección que sugería el planteo estaba claramente orientada a la actividad concreta de la judicatura: el juez juzga casos.

Siguiendo este método, observé que, aún en supuestos que a primera vista son idénticos existen diferencias, a veces tan sutiles que no alcanzan a variar el resultado final, pero que llevan a particularizar los fundamentos de la decisión y permiten un ajuste concreto a la individualidad del conflicto que se nos presenta, a lo propio de la cuestión traída a juicio. Y puesto que por el CCivCom, art. 3 , los jueces tienen el deber de fundar razonablemente sus decisiones, tal ajuste argumental con base en las diferencias o particularidades del «caso», tiende a satisfacer con mejor precisión la directiva de la norma. Comencé a pensar en qué es lo propio de cada caso, notando que eso es algo que debe prevalecer en el reparto que se hace en la sentencia.En otras palabras, si la justicia consiste en dar a cada uno lo suyo, aquello que es propio del caso es lo que hace a la justicia del mismo. Eso que corresponde al «caso» y sólo al «caso».

Esta observación me llevó a una segunda, cada vez que aludía al «caso» venía ineludiblemente vinculada la noción de particularidad, de características propias, de especificidad. Es decir había algo del orden de lo singular, de lo propio que distinguía ese «caso» de cualquier otro. Algo difícil o imposible de clasificar, ya que toda clasificación implica la existencia de características comunes entre los objetos que la integran, y lo que tiene de propio el «caso» no admite categorización, en tanto que por definición carece de rasgos comunes con el resto de los casos. Según el «caso», su «particular», su «propio», puede ser más de una característica, más de una circunstancia fáctica o jurídica que hace al «caso» en cuanto tal. Para nombrar todo ese conjunto idiosincrásico, me serví de la voz «singularidad».

La singularidad no admite categorización, justamente su fuerza de individuación impide su clasificación científica, solo admite sobre ella puntos de vista. Podemos observar una singularidad si renunciamos a clasificarla, pues según el punto de vista jurídico en que nos coloquemos será lo que veremos de ella. De manera que siempre es un buen recurso práctico observarla desde distintos enfoques jurídicos, sociológicos y axiológicos. Sucede que el punto concreto que estamos analizando es el lugar donde el Derecho se separa de la ciencia convencional, o al menos, del discurso científico tradicional. Es decir, cuando estamos ante el «caso», los recursos científicos son insuficientes para la operación concreta de juzgamiento, pues al repeler cualquier forma de clasificación (que es la operación científica por antonomasia), desaparece la «episteme» que los fundamenta.De modo que la existencia del «caso» corre a la labor judicial del discurso científico o, al menos, del discurso científico tradicional.

Ahora bien, tampoco es útil a nuestros propósitos una casuística desesperada que impida cualquier conclusión sensata sobre el objeto de nuestra observación, cayendo de este modo en un relativismo extremo que valide o invalide caprichosamente cualquier cosa. Podemos renunciar a clasificar la singularidad, pero también podemos posar nuestra atención a los modos en los que puede emerger una singularidad a fin de aprender a detectarla. Para ello, es útil pensar en la «hora cero». Así, la «hora cero» es el conflicto en el momento antes de entrar al tribunal. En esta «proto-instancia» -utilizo la voz «instancia» en su sentido técnico jurídico-, el conflicto existe, pero todavía no adquirió la condición de «caso»; en los lugares como Santa Fe, donde existe la instancia de mediación previa obligatoria, es esta etapa. Aquí el conflicto ya existe, alcanza cierta forma larval, y hasta puede ocurrir que sufra alguna variación respecto de su forma original, pero todavía no es el «caso» que deberá resolver el juez. Sucede que si la mediación es exitosa puede solucionar el conflicto en su totalidad, en cuyo caso no habrá nunca «caso»; o bien puede suceder que, en la mediación, se consigan acuerdos parciales, quedando reducida la jurisdicción a los tópicos no acordados, reduciendo el «caso» a ellos. En estas situaciones, una primera singularidad aparece en los puntos sobre los que las partes no se pusieron de acuerdo.

La singularidad puede presentarse tanto en el plano del discurso fáctico o del discurso jurídico de cada una de las partes. En este sentido, se debe tener presente que el valor de las palabras de la contestación de la demandada es igual al valor de las manifestaciones del actor en esta. Esa equiparación es un terreno fértil para encontrar la singularidad del «caso». Trataré de explicarlo con un caso concreto que me tocó fallar, y más concretamente, con un agravio en particular.Se trataba de un juicio laboral por el cual el trabajador intentaba dos acciones, una derivada del contrato de trabajo (despido sin causa) y otra acción por un accidente laboral, en la que reclamaba la reparación integral. Si bien la acción sistémica no surgía con claridad en la pretensión -al punto de que había provocado una excepción de defecto legal en el modo de proponer la demanda-, el demandado había opuesto también excepción de prescripción de la acción por accidente y pedía la citación en garantía de la ART. Tras un traslado sobre tales postulaciones del demandado, el actor presenta un memorial aclarando la situación y señalando su inequívoca voluntad de demandar a la aseguradora; de donde ya se había despejado toda duda sobre la acción intentada. Se convocó a la ART, y esta contestó demanda. Se probó (pericia médica), y todas las partes alegaron sobre el mérito de su prueba. El juez de grado ignoró explícitamente -si se me permite el oxímoron- la acción por accidente, por lo que no se expidió sobre la prescripción y rechazó la convocatoria de la ART en la sentencia definitiva. Solo apeló la empleadora demandada y, en lo que aquí interesa, se quejó de que no se hubiese tratado su excepción de prescripción de la acción por accidente de trabajo, ya que el «a quo» no había dado los motivos por los que consideraba que no se había postulado dicha pretensión. El actor se defendió señalando que él no había apelado, y que por lo tanto no tenía nada que reclamar por esa sentencia.Ahora bien, si la parte sugiere en la demanda que pretende una reparación integral por el accidente de trabajo; si se llama a la aseguradora; si tras un requerimiento del juzgado, el propio actor señalaba su propósito de dirigir su acción contra la aseguradora; si la aseguradora compareció y contestó demanda; si todos los interesados ofrecieron y produjeron prueba específica sobre el accidente laboral -pericia médica incluida-; y si las partes alegaron sobre dicha prueba: ¿de qué modo es posible concluir que no hubo acción sistémica? Incluso cuando el actor no recurrió, dado que la sentencia decía expresamente -aunque sin explicar por qué- que no había existido acción por accidente laboral, bien podía ocurrir que el trabajador volviera a intentar un nuevo juicio para dirimir la acción que no fue considerada por el magistrado de grado. Por lo tanto, si las postulaciones de las partes tienen idéntico valor por su carácter de términos opuestos de una misma ecuación, le asistía derecho a la patronal a una solución expresa y motivada del objeto de la convocatoria. La razón es que el derecho a la jurisdicción no le corresponde exclusivamente al actor, también el demandado tiene derecho a que se consideren sus defensas, ya que estas forman la materia litigiosa al constituirse en los motivos que tiene para repeler la pretensión del actor. Esta era la singularidad del caso, y había aparecido desde un primer momento en el discurso jurídico del demandado, solo que no fue advertida en la vorágine de la primera instancia.

II. La noción de «caso» tiene rango dogmático, con ella comienza el CCivCom, art. 1 , cuando dispone sobre fuentes y aplicación:«Los “casos” que este Código rige deben ser resueltos». De manera que me pareció lícito preguntarme sobre «qué es un “caso”». El punto vino porque recordé, a raíz de su publicación en Microjuris (1) de un fallo de la Sala que integro, en el que se da como uno de los fundamentos de la sentencia un acto fallido, una especie de lapsus de un demandado, quien en su absolución de posiciones contestó algo opuesto a lo que le convenía a su posición procesal. Esta circunstancia, esta nota saliente caracterizaba al «caso» de tal modo que definía su solución; si la confesional es la reina de las pruebas, lo que hacía a la singularidad del «caso» en cuanto tal era el modo indirecto o sesgado en que la confesión surgía para traer la solución. Aquí la singularidad aparece en la etapa probatoria, en lo que podríamos considerar como una falla en el discurso fáctico del sujeto procesal. La idea de singularidad refiere a la instancia en la cual el «caso» alcanza toda su individuación, la circunstancia que lo hace ser lo que es, el momento en que aquello que lo cara cteriza alcanza su máxima expresión. Esto es, el «caso» judicial como singularidad creadora o productora del objeto procesal sentencia, en su condición de decisión fundada y razonada respecto de aquello que ha sido materia de litigio.

Advierto también que si se entiende al poder judicial desde su función pacificadora, no solo la solución sentencia es producida por el «caso», sino que este puede alcanzar una solución propia y consensuada que satisfaga los intereses jurídicos concretos de las partes y que también se expresan en esa singularidad. Esta otra posibilidad -la de solución acordada de los conflictos- es incluso una categoría dogmática en las reglas procesales de los conflictos domésticos, recibida en el art. 706, inc. a , del CCivCom, en cuanto manda a aplicar las normas de enjuiciamiento de modo que tiendan a su solución pacífica.En el sentido en que venimos hablando, por «solución pacífica de los conflictos» debe entenderse aquella que no viene impuesta coercitivamente por la sentencia judicial, sino esas otras soluciones que los propios litigantes encuentran por sí mismos de manera consensuada. En estos casos, cuando el juez advierte dónde está la singularidad del caso, parece ser una técnica aconsejable dejarla fluir y solo controlarla para evitar los desbordes, ya que naturalmente tenderá a la solución del conflicto.

Este disparador abrió un sinnúmero de reflexiones, pues sentí que tenía frente a mí un campo de investigación en relación con la estrategia judicial, que podía ser particularmente fructífero. Aquí podría abordar la actividad jurisdiccional desde un campo concreto y efectivo, una especie de clínica de la judicatura que hiciera base en el fenómeno concreto con que se enfrenta el juez. Bosquejar los trazos de esa observación, pensar cuál es la estrategia para arribar a una solución justa del «caso», es también uno de los propósitos de este trabajo.

En este orden de ideas, observo que si bien el «caso» habrá de instrumentarse a través de un expediente, no se identifica con él. El expediente es una historia del «caso», pero en modo alguno expresa la totalidad del drama; el «caso» es algo más del orden de lo vital que está arraigado en la atmósfera del conflicto que se nos presenta y que jamás debemos desestimar. En efecto, como lo he dicho en otra ocasión (2), no siempre la pretensión expuesta en la demanda refleja lo efectivamente querido por el litigante. Y mientras no se corra el velo y se permita salir a eso que es querido, pero está oculto o reprimido por la idea de pretensión jurídica, el conflicto no quedará resuelto. De modo que tampoco la pretensión expresa el conflicto, sino una de sus fases. El «caso» tampoco es el proceso, sino que este es la vía por la cual el «caso» se expresa.El proceso es el drenaje del «caso», por él supura la herida del conflicto. Pero si uno de los roles o funciones del Poder Judicial es el de proveer a la paz social, entonces debe arbitrar los medios para la solución real y efectiva de los conflictos, ya que mientras menos conflictos -individuales o colectivos- existan, mayor será el bienestar de los ciudadanos.

El «caso» alude siempre al conjunto de circunstancias que hacen a la singularidad del conflicto que se nos presenta. Lo más parecido a lo que acabo de decir que he encontrado en el plano científico es el psicoanálisis, en tanto que trabaja con aquello que define al sujeto como tal y que es único e irrepetible (3). En el plano procesal, una primera forma de singularidad se presenta una vez trabada la litis, donde ya podemos hacer una evaluación de qué cosas son aquellas que serán materia de alegación de las partes. Se trata de conducta puesta en relación. A partir de aquí, los síntomas que anuncian la solución del conflicto se dispersan y se vuelven más sutiles, se requiere de mayor atención para observar el despliegue de los signos que anuncian en qué momento puede aparecer la bifurcación hacia su solución pacífica, consensuada. Recordemos, de paso, que estamos operando aquí en el campo del derecho privado, donde lo que se aspira a la conciliación, a la pacificación y a la satisfacción de intereses que (en la mayoría de los casos) son disponibles por sus titulares, desconozco si esto se puede llevar a otras áreas jurídicas.

Por otro lado, esta idea de «caso» como singularidad, aunque suene paradójico, indica que tal singularidad -es decir, el conjunto de elementos que surgen del «caso» y que lo hacen ser lo que es (en otras palabras, la aplicación práctica del principio lógico de razón suficiente)- es lo que permite su puesta en vinculación con el estándar normativo que lo atrapa.De algún modo, la singularidad es lo que habilita el «iura novit curiae». Paradójicamente, porque esas circunstancias que lo hacen único, por un lado lo especifican, pero por otro marcan los hitos que llevan a la norma que lo atrapa; regla cuya condición, por definición, es general y abstracta. Toda esta operación jurídica debe ser hecha por el magistrado, porque establecerá los límites dentro de los cuales habrá de moverse, ya no solo en función de la consecución de una sentencia, sino también -y como principal prioridad- de alcanzar en concreto la solución del conflicto, lo que en modo alguno se identifica con el fallo.

En efecto, si entendemos a la función judicial por su fin de pacificadora social, tal pacificación puede ser lograda por modos distintos de la forma dispositiva de una sentencia. Es más, he observado que, en ciertos casos, la sentencia puede tener el efecto contrario al esperado, y lejos de pacificar, exacerba los ánimos de los litigantes. Esto puede advertirse en algunos casos de derecho de familia, en los cuales, tras un largo período de altísima litigiosidad, se consigue que la situación en los hechos vaya fluyendo, mientras queda pendiente el dictado de resoluciones en los distintos juicios promovidos y litigados durante el período de mayor ebullición del conflicto en el núcleo familiar. Esta precaria estabilidad, que suele ser útil para aplacar los espíritus y evitar daños mayores a los más vulnerables de la situación, puede verse afectada al dictarse una sentencia que dirima una de esas cuestiones de manera contraria o inconveniente -aunque ajustada a derecho- obligando a variar el modo natural en que se fueron ajustando las relaciones entre los miembros de la familia.No estoy diciendo que esto pase siempre, ni siquiera que pase seguido, tampoco que por esta prevención se admita cualquier cosa; digo que en una visión de la judicatura que se enfoca en la singularidad «caso», se deben tener estrategias para captar qué es lo propio de la causa que debemos resolver y, así, conseguir clausurar o cerrar el conflicto.

Advertido esto, y poniendo la mirada en la práctica concreta de los tribunales, pude observar que esto de lo que estamos hablando, esta condición de singularidad que viene impresa en el noción de «caso», suele diluirse un poco en los juzgados de primera instancia, pues la cantidad de expedientes en trámite tiende a la estandarización de las decisiones. Las presentes reflexiones parecieran más útiles para las Cámaras de Apelación, donde el «caso» alcanza su máximo grado de singularidad, ya que la Sala no habrá de expedirse sobre lo que no ha sido materia de agravio. En la segunda instancia, es la substancia del reproche lo que agudiza la singularidad del «caso», lo que lleva a que solo la prueba colectada en relación con tales tópicos -los agravios- sea relevante para su solución. Lo que hace, en fin, que solo los puntos que se cuestionan sean los que se diriman en la sentencia de alzada.

III. Tengo la venturosa suerte de ser vocal de una Cámara de Apelación que tiene una amplia competencia material -civil, comercial, laboral- lo que me ha permitido tener una visión panorámica del derecho en su complejo dinamismo. Quizá por eso no sea muy amigo de la especialización de los juzgados, porque el derecho es un sistema, y dicho sistema aspira a operar en armonía. Enseñan Enrique Marí (4) y Tercio Sampaio Ferraz Jr. (5) que la noción de sistema en el derecho viene de la música y de la astronomía, de manera que cuando se aplica el derecho en una sentencia, se está ejecutando una partitura en la que deben respetarse el ritmo, la armonía y la melodía.En mi opinión, la especialización propende a olvidar que forma parte de un sistema más vasto y complejo, pero otros que saben más que yo creen lo contrario. Dicho esto, quiero señalar que la especialidad de la materia de que trate el «caso», si bien forma parte de su singularidad, no es su singularidad, no la agota. Es decir, en modo alguno podemos identificar el «caso» con la materia sobre la que versa. Esto se ve claramente en el campo del derecho de daños, cuya vinculación con el caso excede con creces lo que habitualmente entendemos por «rama del derecho» -noción clásica y del todo ineficiente-, pues dada su complejidad, suele tener relación con más de una de tales especialidades. Esto puede inferirse también de la necesidad de legislar en materia de acciones civiles y penales -arts. 1774 a 1780 del CCivCom-; o cuando se regulan las satisfacciones sustitutivas» en el último párrafo del art. 1740 del CCivCom. Donde claramente el Código dirime cuestiones de efectos procesales en su función de reparto de jurisdicción, en el primer ejemplo; como también aspectos concretos tendientes a restaurar y mantener la armonía interna del sujeto de derecho, en el segundo ejemplo. Claramente, las satisfacciones sustitutivas tienden a cubrir necesidades subjetivas, propias de ese damnificado y no de otro. Solo quien pide la sustitución de la reparación económica por otro tipo de satisfacción que lo colma en igual medida, puede establecer la equivalencia entre esta satisfacción sustitutiva y la valoración económica de la reparación de una consecuencia no patrimonial del daño. De manera que aquí el CCivCom quiere que atendamos a la singularidad de la situación, quiere que le prestem os atención a esta característica propia del sujeto que viene a pedir justicia.Aquí también la norma nos convoca a considerar la singularidad, solo poniendo el foco en ella, habremos de encaminarnos a la solución del «caso».

Ahora bien, este trabajo se refiere al «caso» como objeto concreto de observación y comprobación de los síntomas que lo manifiestan, a los que acabamos de llamar «singularidad» o «singularidades». Los síntomas, a su vez, se presentan como los fenómenos a través de los cuales se expresa el conflicto, y sucede en el concreto plano sociológico de la relación jurídica que el juez tiene frente a sí. No son el conflicto, sino sus manifestaciones, lo que aparece de él. Donde es más fácil de advertir esto es en la reconstrucción que hace el juez al momento de evaluar la cuestión que se le presenta con la prueba colectada en la causa. Sin importar el medio de que se trate, observaremos que la prueba ha sido dispuesta por las partes en pos de darnos pistas, señalar hitos, para que lleguemos a una visualización intelectual del conflicto más aproximada a la versión que cada uno de los litigantes ha descrito en su pretensión. (Esta, por su parte, no solo nos dice qué quiere el sujeto, sino cómo lo quiere). Tras la evaluación de este conjunto de elementos -al que se suele llamar «corpus probatorio»-, el juez se hace una composición de lugar sobre si tal articulación sugiere una situación más aproximada a la versión del actor o a la del demandado. Una forma de singularidad del «caso» que se expresa a través de ciertas reglas de experiencia en la evaluación de ese conjunto de hitos.Vale trasladar esto a otras áreas del «caso», ya que su singularidad no solo puede presentarse en la prueba, sino también -como se dijo más arriba-, en los discursos de las partes -por ejemplo, en el alegato o en la relación de los hechos en la demanda-, en la conducta procesal -por ejemplo, en el constante entorpecimiento del avance del proceso a través de articulaciones de incidentes-, etcétera.

En el origen del «caso», en su base, hay siempre un conflicto que las partes no pueden resolver por sí, pero este conflicto, si bien es la fuente larval del «caso», como se dijo, no se identifica con él. El conflicto no es el «caso», ya que para que un conflicto alcance la jerarquía de tal, debe haber puesto en funcionamiento el mecanismo jurisdiccional (recuérdese lo que se dijo sobre la «hora cero»). Mientras esto no ocurra, aunque suene a perogrullada, no hay «caso» en sentido judicial. De modo que algo de lo procesal jurídico interviene en su constitución, algo que lo hace de interés jurídico. Esto no es simplemente la circunstancia de presentar una demanda ante el juez; también interviene en esta formación una primera forma de singularidad que viene expresada en la pretensión. Digo, la pretensión es la solución a que la parte aspira para el conflicto, aunque con mayor precisión deberíamos decir que es la solución que alcanza a ver la parte. Es que puede ocurrir que la solución pretendida no sea la adecuada para la solución, en atención a la singularidad con que se expresa el «caso». Tengamos siempre presente que la singularidad del caso habilita al «iura novit curiae». Pero lo que importa es que aquí ya tenemos un «caso» en pleno dinamismo, ha puesto en marcha la maquinaria jurisdiccional y aspira no solo a que se le solucione el conflicto, sino que -como dijimos más arriba- se le solucione del modo en que él lo pide.En la medida en que este modo de solución sea compatible con el ordenamiento jurídico, el juez debe hacer todo lo que esté a su alcance para respetarlo, es el modo en que debe realizar el reparto.

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(1) «Peney, Juan José c/ Pedro Hnos. de Fabián Ramón Pedro s/ demanda laboral», 22/11/17. Cita: MJ-JU-M-111183-AR-MJJ111183 .

(2) Lo pretendido y lo querido en los procesos de familia. Cita: MJ-DOC-10388-AR – MJD10388 .

(3) Es interesante, en este aspecto, el pensamiento de Jacques Alain Miller en, por ejemplo, Cosas de finura en psicoanálisis, VI, Curso del 17 de diciembre de 2008. Disponible en el siguiente enlace web: http://www.wapol.org/es/orientacion/TemplateImpresion.asp?intPublicacion=13&intEdicion=5&intIdiomaPublicacion
1&intArticulo=1739&intIdiomaArticulo=1.

(4) MARÍ, Enrique: La interpretación de la ley. S. l., Eudeba, 1.ª ed., 2014.

(5) SAMPAIO FERRAZ, Tercio (jr.): Funçâo sodial da dogmática jurídica, 2.a ed. San Pablo, Atlas, 2015.

(*) Juez de la Cámara de Apelación en lo Civil, Comercial y Laboral de Venado Tuerto.