El consentimiento informado autoriza la acción del médico con carácter restringido

Autor: López Miró, Horacio G.

Fecha: 9-oct-2018

Cita: MJ-DOC-13704-AR | MJD13704

Sumario:

I. Presentación. II. La extensión del consentimiento. III. La lesión y el daño causados al paciente.

Doctrina:

Por Horacio G. López Miró (*)

I. PRESENTACIÓN

Como regla general, el documento conocido como «consentimiento informado», es la autorización que el paciente otorga al médico, estando bien informado acerca de las alternativas, complicaciones, riesgos y naturaleza científica inherentes al tratamiento o realización de estudio diagnóstico que le ha sido propuesto, para que lo lleve adelante.

Ello así, es dable enunciar, «lato sensus», que toda conducta médica que tenga lugar dentro del ámbito conceptual de la autorización concedida, es jurídicamente válida, cuando -por el contrario- la conducta médica obrada se extendiera más allá (excediera) la ordinaria interpretación del permiso otorgado, es desautorizada sin que haya existido, a su respecto, consentimiento del paciente.

Por ejemplo, si la enferma ha otorgado su consentimiento para ser operada de apendicitis, también lo ha dado para que personal médico auxiliar proceda a rasurar la zona quirúrgica, por amplia que ella fuera y según el criterio del cirujano. Generalmente, lo segundo va de la mano de lo primero, en calidad de práctica casi general e indiscutida.

Por el contrario, si en el ejemplo anterior, además de resecar el apéndice, el cirujano decidiera, en el mismo acto quirúrgico, extirpar dos lunares ubicados en la zona inguinal del mismo lado derecho del cuerpo de la paciente, sólo por razones estéticas y sin que existiera una suficiente razón médica que justificara dicha conducta, e inclusive cuando el resultado de esta segunda cirugía fuera estéticamente beneficiosa para la paciente, porque luciera mejor sin los lunares que con ellos, dicha conducta estaría fuera de la autorización por ella concedida, y quedaría responsable por la lesión y el daño causados.

II. LA EXTENSIÓN DEL CONSENTIMIENTO

Podría decirse que todo consentimiento informado refiere a dos tipos de actividades que el médico queda autorizado a ejecutar: las que son específicamente necesarias para llevar adelante el acto médico programado, y las que son comunes a la mayoría de los tratamientos, invasivos o no.En el ejemplo dado, generalmente sería necesaria una incisión quirúrgica para alcanzar la zona del apéndice, y -como comunes a toda cirugía del tipo- la actividad destinada a lograr la asepsia de la zona a operar, rasurarla, etc.

Ni las primeras ni las segundas clase de actividades pueden ser exhaustivamente enumeradas, una por una, pues para que ello ocurriera el «consentimiento» quizás debiera constar de varias páginas. Lo que ocurre es que, ante la imposibilidad de enumerar taxativamente cada una de las conductas científicas que el médico puede obrar, como contenidas en el «consentimiento», es dable recurrir a las leyes del arte que contienen protocolos acerca de que ha de hacerse frente a cada situación.

Sin embargo, la imposibilidad de enumerar taxativamente todas las facultades que el paciente confiere al médico, no ha de significar que el galeno queda autorizado a hacer lo que le parezca, sin más límite que su propia determinación o imaginación.

Aquellas conductas que claramente están divorciadas del objeto principal de la atención médica, y que no guardan -con el objetivo principal- una adecuada relación de necesidad, conveniencia o utilidad, quedan absolutamente desautorizadas y fuera del ámbito conceptual de lo que comprende y excluye el consentimiento otorgado.

De la extensión del consentimiento informado podría decirse que nos hace recordar a aquél país sin límites precisamente identificados, pero acerca de los cuales todos los interesados conocen dónde comienzan y dónde terminan.

III. LA LESIÓN Y EL DAÑO CAUSADOS AL PACIENTE

En el ejemplo imaginado, hemos anticipado que la paciente, después de la intervención quirúrgica que removió sus lunares, ha de lucir mejor sin ellos, hasta el punto de poder usar trajes de baño distintos a los que se veía obligada a usar hasta ese momento.

Sin embargo, ella ha de tener derecho a lograr una reparación económica por la lesión y el daño sufridos en su persona, cuando el cirujano actuó sin su consentimiento.En primer lugar, ha existido una violación al derecho personalísimo de la paciente, constitucionalmente protegido y garantizado, a decidir qué ha de hacerse (y, a «contrario sensus», que no ha de hacerse) con y sobre su propio cuerpo. Esta intrusión paternalista lesiona, en la víctima, su derecho personalísimo a decidir por sí misma, generando el ahora denominado daño inmaterial.

Si la intromisión del galeno en la vida privada de la paciente, lesiona la incolumidad de sus garantías constitucionales, la forma, la magnitud y la extensión en que esta violación se proyecta sobre la totalidad de la vida de la víctima, constituye el daño que ella sufre. No existe sinonimia alguna entre los conceptos de lesión y daño.

En segundo término, la conducta culposa obrada por el médico ha generado una segunda lesión, ahora, a la integridad física de la víctima. No ha de importar si el resultado estético de la resección de los lunares beneficia o perjudica estéticamente a la paciente, sólo ha de tomarse en consideración que -de manera arbitraria, inconsulta, no autorizada e imprudente- el cirujano cortó tejidos del cuerpo de la enferma, alteró su unidad orgánica y cambió su aspecto exterior.

«Integridad» proviene del latín «integritas» que significa: intocado, intacto, íntegro. La integridad física es un derecho fundamental que protege a las personas como unidad, frente al atentado o la amenaza de agresiones corporales; para su definición seguiremos al DR. EDMUND PELLEGRINO(1):

«La integridad corporal implica un organismo fisiológicamente normal, un cuerpo apto para lograr los fines y objetivos de la persona de manera eficiente y eficaz, con un mínimo de incomodidad o discapacidad.

La enfermedad física rompe la unidad corporal. El cuerpo (o uno de sus órganos) se convierte en el centro de atención y pierde parte o la totalidad de su capacidad para trabajar, recrearse o entablar relaciones humanas.la integridad funcional de todo el organismo se desvirtúa al afectarse un órgano, un sistema orgánico o un proceso metabólico.»

Este rubro deberá indemnizarse con independencia del daño inmaterial, tal como lo asevera la siguiente jurisprudencia:

«Cuando la víctima resulta disminuida en sus aptitudes físicas o psíquicas en forma permanente, esta incapacidad debe ser objeto de reparación al margen de los que puede corresponder por el menoscabo de la actividad productiva y por el daño moral, pues la integridad física tiene por sí misma un valor indemnizable y su lesión comprende a más de aquella actividad económica, diversos aspectos de la personalidad que hacen al ámbito doméstico, cultural o social, con la consiguiente frustración del desarrollo pleno de la vida (Zeus R. 11, pág. 413).» (Trib. Coleg. de Responsab. Extracontr. Nº 1 de Rosario (S.F.). 15.11.95. Benzaquén, Leonor c/Supermercado Trivisonno (Vicente Trivisonno y Cía. S.R.L.) s/Cese de Molestias -Daños y perj. Zeus T. 72, J-449. Nuestro énfasis).

«.esta Corte ha sostenido que cuando la víctima resulta disminuida en sus aptitudes físicas o psíquicas de manera permanente, esta incapacidad debe ser objeto de reparación al margen de que desempeñe o no una actividad productiva, pues la integridad física tiene en sí misma un valor indemnizable y su lesión afecta diversos aspectos de la personalidad que hacen al ámbito doméstico social, cultural y deportivo, con la consiguiente frustración del desarrollo pleno de su vida (Fallos:308:1109; 312:2412; 315:2834; 321:1124; 322:2002 y 326:1673).» (CORTE SUPREMA DE JUSTICIA DE LA NACIÓN, 11/07/2006, Bustos, Ramón c/ Provincia de La Pampa y otro s/ Daños y Perjuicios, ).

«El derecho a la integridad física tiene raigambre constitucional y debe ser interpretado con sentido amplio, por lo cual, toda lesión física de entidad, ocasione o no un daño económico, debe ser indemnizada, no sólo en función del aspecto laborativo, sino del conjunto de las actividades habituales de la víctima y de la proyección que las secuelas del accidente tiene sobre la personalidad integral de esta última. Siendo indiscutible que el actor sufrió lesiones a consecuencia del hecho ilícito de que es responsable el demandado, corresponde que aquél sea razonablemente resarcido del daño sufrido, aun cuando no hubiese quedado secuela alguna de incapacidad.» (Cám. Apel. Civ. y Com. La Plata, Sala II, 10/02/1998, Salvatori, Decio c/ Piro, Carmelo s/ Daños y Perjuicios, ED, 181-821.).

El «manoseo quirúrgico» del cuerpo de la paciente, obligándola a pasar por sucesivas cirugías, y sus consecuencias: cicatrices antiestéticas y demás alteraciones, constituyen un daño físico y estético que deberá ser debidamente resarcido, bajo los rubros que correspondan.

En cualquiera de los casos, debe recordarse que «la lesión» es lo que ha sido infligido al cuerpo de la persona, la alteración de su equilibro orgánico y estético, distinguible del daño, que es la particular forma en que ella sufre las consecuencias disvaliosas de la primera.La reparación económica de la lesión a la integridad física, bajo el rubro de «daño orgánico», nunca es la misma para todos, pues cada persona «sufre» la «lesión» y experimenta el «daño» de una manera distinta, propia y personal.

Recordemos, pues viene al caso, el ejemplo de la actriz y modelo estadounidense Cindy Crawford, quien ha construido su exitosísima carrera cinematográfica a partir de su imagen facial, reconocible por tener un notable lunar sobre el labio superior izquierdo. Basta imaginar el «daño» que pudiera causarle a dicha actriz, un cirujano que, de manera inconsulta, resecara dicho lunar en ocasión de realizar otra terapia distinta sobre la cara de Cindy. Ella, a no dudarlo, sufriría el «daño» de una manera muy distinta a como lo haría casi cualquier otra persona del mundo, ba jo la misma circunstancia de cirugía inconsulta.

Ello, por cuanto si bien la lesión es objetiva, el «daño» es subjetivo y cada quien lo sufre desde su epidermis y psiquis para adentro; bien pudiera darse el caso de una paciente que, feliz y contenta con su nueva imagen, no deseara accionar contra el médico responsable.

Quedaría por ver si en este último caso, podría el cirujano cobrar sus honorarios por una labor bien realizada que, si bien no autorizada, ha dejado satisfecha a la paciente.

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(1) PELLEGRINO, Edmund D.: La relación entre la autonomía y la integridad en la ética médica. Bioética. Temas y perspectivas. Organización Panamericana de la Salud. Washington, 1990

(*) Abogado litigante. Se dedica exclusivamente a casos de responsabilidad civil médica, por la actora. Abogado argentino con título revalidado ante la Corte Suprema de Justicia del Estado de California, de los Estados Unidos.