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«Bullying» y autoridad.

BULLYINGFecha: 12/6/2015

Por Tomás I. González Pondal (*)

Referirse al acoso escolar (también llamado «bullying») diciendo que es una tortura silenciada, resultará a muchos una provocación. En tiempos en los que se habla bastante de «bullying» y en la actual circunstancia en la que ya se cuenta con una ley nacional e, incluso, con leyes provinciales, parece que el título elegido para este breve artículo no solo es polémico, sino errado.

No obstante lo anterior, pienso que no yerro. El desinterés, la desidia, la pereza, la indiferencia o como quiera llamárselo, con la que muchísimas autoridades de instituciones proceden a la hora de tener que poner un freno a comportamientos que evidencian el acoso escolar, implica, ni más ni menos, un peligrosísimo intento de silenciar una espantosa tortura, a la vez que un dejar -casi cómplice- que pueda suceder lo peor.

El maltrato escolar, en donde uno o más alumnos atacan a otro u otros, es, en líneas generales, a lo que se denomina «bullying». Hay quienes afirman que solo queda constituido el acoso cuando al que se ataca es a uno solo y no a un grupo; pues se dice, en este último caso, que se trataría de una pelea de pandillas. Tal idea tomada en forma absoluta es falsa: no se tiene en cuenta que un grupo atacado que no responde con actitudes vengativas o de replique en iguales términos que los atacantes no es una pandilla, ni son agresores, ni son acosadores. Bien puede haber un grupo de cinco chicos, tranquilos, aplicados, pacíficos y excelentes alumnos, que sean víctimas del acoso escolar, sin que, por su parte, descubramos el más mínimo atisbo de violencia. Tal vez haya que definir bien qué se entiende por «grupo».

Comportamientos extraños en chicos que siempre actuaron con normalidad y en el marco de la sana alegría, útiles que desaparecen, guardapolvos rayados o destruidos, malas notas, inscripciones ofensivas y humillaciones extendidas como plagas impresionantes valiéndose de medios tecnológicos… son todas cosas que pueden implicar «un alerta», «un estar» frente a un caso de víctima de acoso escolar. Hay que estar atentos, pues las «huellas» anteriormente referidas, muchas veces, son las voces que hablan por la víctima, que por miedo ha decidido callar y sufrir todo en silencio. Una especialista ha dicho que ni el tres por ciento (3 %) de los acosados se atreve a contar algo. Y al propio temor, hemos de sumarle la astucia de quien acosa, que, por lo general, sabe manipular bien las situaciones y utiliza de modo común y habitual «la intimidación». Se intenta destruir la autoestima, el psiquismo de la víctima: se le quieren introducir ideas de culpa; ideas de que está siendo abandonada; ideas de que el problema lo tiene ella; ideas de que es un estorbo y mala persona; ideas de que no tiene que contar a nadie lo que sucede y de que debe encarar el asunto sola, pues eso es como una actitud madura; ideas de que es una tonta, pues contar a los papás lo que acontece es no saber defenderse.

El camino más corto -que muchas autoridades eligen- consiste en decir que se puede hacer poco, puesto que «los chicos ya traen la violencia de la casa». Y así, mientras se asume con tranquilidad la premisa, la violencia medra y gana terreno. No faltará oportunidad en donde, finalmente, quienes así piensan, terminen colgando un afiche con una frase que diga: «Bienvenida violencia». Donde hay un niño violentado, se deben agotar todos los medios posibles para así lograr evitar que siga padeciendo el mal.

Es muy triste enterarse de que, ante la inactividad y falta total de solución por parte de las autoridades de alguna institución, los padres de la persona acosada tengan que recurrir a cambiar a su hijo o hija de colegio, pues no les queda otra opción. El mensaje que esas autoridades decadentes terminan dando es que, al parecer, el acosado fue el malo que ahora se tiene que ir, y el acosador es el bueno que se queda tras cumplir con su objetivo.

¿Qué nos pasa? ¿Se estará sintiendo goce por la violencia? ¿Se la estará viendo ya como algo de lo más común y natural? ¿Se habrá hecho carne la frase de Hobbes, de que el hombre es el lobo del hombre? ¿Qué pasa que está fallando la empatía, con una gravedad que se aumenta cuando la falla es respecto de los más pequeños? ¿Qué sucede que hay inacción, silencio y «dejar hacer»?

Me temo que hemos entrado en una época en donde el principio «no hagas con tu prójimo lo que no quisieras que hagan contigo» se está viendo quebrado en la práctica de la manera más atroz e impensada.

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(*) Abogado, UCA San Luis. Posgrado de Epistemología, UNSL. Profesor de Lógica y Epistemología. Profesor a cargo del seminario de Mobbing (acoso psicológico laboral), UNSL. Profesor a cargo del ciclo de conferencias Filosofía de El Principito, UNSL. Ensayista.

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