
Investigador CIJS / UNC
El día 4 de noviembre ppdo. entró en vigencia el Acuerdo Ambiental de Paris, con
un alerta de Naciones Unidas donde se nos advierte sobre una “tragedia humana”
si no se baja contundentemente la emisión de gases.
A esta conclusión arribó un estudio de Naciones Unidas Ambiente: “Informe sobre
disparidad de emisiones”, el cual revela: “entre los incumplimientos de
compromisos políticos y la realidad de los gases que se acumulan en la atmósfera,
se incrementa una brecha enorme, que no alcanza para sostener la vida tal y cual
la conocemos en la tierra hasta ahora”.
Efectivamente, ante el fracaso por inejecutoriedad de acuerdos –arduamente
logrados- en sucesivos eventos de Naciones Unidas para recomponer un
ambiente sano, se viene poniendo en jaque, no solo a la diversidad de especies
vitales vegetales y animales, sino a la propia raza humana.
En septiembre de 2015, después de la encíclica papal Laudato si´, la Asamblea
General aprobó La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. Sus objetivos
reemplazan los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) a partir de 2016 y
orientarán el trabajo de Naciones Unidas en los próximos 15 años. Según la
Cepal, esta Agenda 2030 es civilizatoria porque pone a las personas en el centro,
tiene un enfoque de derechos y busca un desarrollo sostenible global dentro de los
límites planetarios. Es universal ya que busca una alianza renovada donde todos
los países participan por igual. Es indivisible ya que integra los tres pilares del
desarrollo sostenible (económico, social y medioambiental), presentando así una
visión holística del desarrollo. La erradicación de la pobreza y la reducción de
desigualdades son temas centrales en la nueva agenda, y prioritarias para
América Latina y el Caribe.
La Agenda implica un compromiso común y universal. No obstante y puesto que
cada país enfrenta retos específicos en su búsqueda del desarrollo sostenible, los
Estados tienen soberanía plena sobre su riqueza, recursos y actividad económica,
y cada uno fijará entonces, sus propias metas nacionales, subordinándose a estos
Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), dispone el texto aprobado por la
Asamblea General.
Los ODS incluyen, entre otros puntos, erradicar el hambre y lograr la seguridad
alimentaria; garantizar una vida sana, una educación de calidad -ambiental y para
el consumo-; asegurar el acceso al agua potable, al saneamiento, a energías
verdes y al trabajo decente; adoptar medidas urgentes contra el cambio climático;
promover la paz y facilitar el acceso a la justicia, mediante fiscalías ambientales y
la ejecutoriedad de dichos ODS.
Satisfacer estos últimos, exigirá superar mezquindades asumiendo una
determinada voluntad ético-moral y la adhesión activa de organizaciones pro
ambiente sano, de comunidades científicas, culturales y espirituales vg., “el
aporte” del Papa Francisco: “Laudato si”; los del Consejo Mundial de Iglesias
´Justicia, Paz e Integridad de la Creación´, etc.
Cuidado, si no somos capaces de escuchar el alerta máximo de la ONU,
observando neciamente sin discernir “señales simultáneas en los signos de los
tiempos”; si no reducimos hasta revertir de manera urgente y radical las
emisiones de gases con efecto invernadero; seremos hombres insensatos que
haremos padecer a la humanidad una inédita tragedia, cuya alta ruina que supone
reflejará más una estúpida matemática humana que algún devenir escatológico.
Sin más patéticas miserabilidades, es hora de gestos cooperativos globales
comenzando con declarar una “Emergencia ecológica planetaria” e incentivando una
nueva economía e infraestructura verdes, basadas en la sustentabilidad sin
externalidades negativas; impulsando un rotundo cambio en la mentalidad para
transformar los modos actuales de producción, industrialización, comercialización,
servicios y consumos, etc.; todo ello mediante un hacer-haciendo personal,
comunitario y organizacional, institucionalizando ecológicamente principios y
valores humanos, como liturgia =operativa, precautoria y remediatoria= de
aplicación inmediata, para cohabitar finalmente una Casa común, más
hospitalaria, más verde y más vivible.
